Miré a Javier.
Su expresión ya no era la misma.
No parecía furioso.
Parecía agotado.
Terriblemente agotado.
—Adriana —dije, cuidando la voz—, Javier es un hombre adulto.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué hablas de él como si no fuera capaz de tomar sus propias decisiones?
—Porque antes de conocerte sí era capaz.
Después de esa frase, el comedor quedó en un silencio absoluto durante unos segundos.
Adriana se recargó contra el respaldo de su silla.
—Bueno, vamos a hacerlo fácil. Después de esta noche, tú ya no formas parte de nuestra familia.
Me quedé helada.
No porque me doliera.
Sino porque no podía creer que se atreviera a decirlo delante de doce personas.
Fernando, el papá de Javier, levantó la mirada.
—Adriana…
—No te metas —lo cortó ella de inmediato.
Yo ya tenía una mano apoyada en el respaldo de mi silla.
Había decidido levantarme, dar las gracias por la cena e irme a mi casa.
No quería hacer un escándalo.
No quería ponerme a llorar.
No quería rogarle a nadie que me considerara parte de la familia.
Pero antes de que pudiera moverme, la silla de junto rechinó contra el piso.
Javier se había puesto de pie.
No fui yo.
Fue él.
Tomó su saco del respaldo.
—Está bien —dijo.
Por un instante, en la cara de Adriana apareció una sombra de satisfacción.
Creyó que Javier iba a acompañarme hasta la puerta.
Quizá también pensó que luego regresaría a la mesa.
—Javier —empezó ella.
—Si Rocío no pertenece a tu familia, entonces yo tampoco.
El rostro de Adriana se endureció.
—No digas estupideces.
—No estoy diciendo ninguna estupidez.
—Ella es tu esposa. Yo soy tu madre.
—Exactamente.
Javier recorrió la mesa con la mirada.
—Y aun así, ella es la única persona aquí a la que tú crees que puedes humillar sin pagar ninguna consecuencia.
—Yo no estoy humillando a nadie.
Javier soltó una risa breve.
Seca.
Amarga.
—Acabas de decirle, delante de doce personas, que ya no es parte de la familia.
—Porque tengo motivos.
—¿Los cien mil pesos?
Varias cabezas se levantaron de golpe.
Adriana se puso pálida.
—Eso no le importa a nadie.
—Hace un minuto querías hablar de todo frente a todos.
Itzel intervino en voz baja:
—¿Cuáles cien mil pesos?
Adriana volteó rápido hacia ella.
—No estamos hablando de eso.
—Yo creo que estamos hablando exactamente de eso —respondió Javier.
Le toqué el brazo.
—Vámonos.
Pero él negó con la cabeza.
No lo hizo por rabia.
Era algo mucho más viejo lo que acababa de salirle de adentro.
—Mi mamá nos pidió cien mil pesos para arreglar la casa de Sayulita —dijo—. Yo le dije que no. Yo. No Rocío.
Itzel dejó la cuchara sobre la mesa.
—A mí me dijiste que ustedes no daban dinero porque Rocío no te dejaba.
—Yo no dije eso.
—Claro que sí lo dijiste.
Los ojos de Adriana brillaron con enojo.
—Itzel, no te metas en esto.
—Ya estoy metida. Yo le di cuarenta mil pesos.
Entonces Fernando giró lentamente hacia Adriana.
—¿Cuarenta mil?
Su voz ya no sonaba igual.
—Me dijiste que Itzel había dado quince mil.
Adriana no contestó.
Y en ese momento ocurrió algo rarísimo.
La dirección de la discusión cambió por completo.
Hasta entonces, todas las miradas habían estado encima de mí.
Ahora todos miraban a Adriana.
—¿Por qué le dijiste a papá que yo había dado quince mil? —preguntó Itzel.
—No me acuerdo qué dije.
—Yo sí —contestó Fernando.
Hablaba en voz baja.
—Me acuerdo perfectamente.
Adriana se levantó de golpe, irritada.
—Es ridículo que estén haciendo un problema de esto.
—¿Dónde está el dinero? —preguntó Fernando.
—¿Qué dinero?
—Los cuarenta mil de Itzel.
—Para la remodelación.
—¿Cuál remodelación?
Adriana guardó silencio.
Fernando se echó hacia atrás en la silla.
—Adriana, el contratista me dijo la semana pasada que todavía no ha recibido ni un solo peso de anticipo de nuestra parte.
Sentí que el estómago se me apretaba.
Yo tampoco sabía nada de eso.
Adriana miró alrededor.
Su seguridad empezó a desmoronarse.
—Todavía no lo he transferido.
—Entonces, ¿dónde está?
—En mi cuenta.
—Enséñamela.
—Fernando, no armes un circo.
—Tú reuniste a doce personas para hacer un circo con Rocío.
Nadie se movió.
