—Cada vez que repites que soy yo quien paga todo, sabes perfectamente que no es cierto —dijo Mario, con una calma tensa—. Y yo también he tenido culpa por callarme, solo para evitar una discusión.
El rostro de Pilar Castillo perdió color.
—Yo solo quería protegerte.
—¿Protegerme de quién?
Ella no respondió.
Mario sostuvo su mirada.
—Carmen Méndez es mi esposa, mamá. No necesito que nadie me defienda de ella.
La hermana de Mario bajó la vista, intentando disimular una sonrisa apenas visible.
De pronto, Pilar se levantó de la silla.
—Ya veo que aquí sobro.
No dije nada.
Mario tampoco.
Supongo que esperaba que alguien se pusiera en pie y fuera detrás de ella. Pero nadie se movió.
Agarró el bolso que había dejado colgado en el respaldo.
Antes de marcharse, se volvió una última vez hacia mí.
—No tenías por qué dejarme en ridículo delante de todos.
La miré unos segundos antes de contestar.
—Yo no la he dejado en ridículo, Pilar.
Señalé la carpeta cerrada sobre la mesa.
—Solo he puesto cifras al lado de sus palabras.
Ella se quedó rígida.
—Y si esas cifras le resultan incómodas, quizá el problema no esté en los extractos del banco.
Pilar Castillo se fue sin despedirse.
La puerta se cerró de un portazo a sus espaldas.
Durante unos instantes, nadie pronunció una sola palabra.
Entonces uno de los primos de Mario carraspeó y preguntó:
—Bueno… ¿queda tarta?
La risa estalló alrededor de la mesa.
Incluso yo me reí.
La presión que había llenado la habitación se deshizo de golpe, como si alguien hubiera abierto una ventana.
El único que no sonrió fue Mario.
Permanecía sentado, con la mirada fija en la carpeta.
Cuando los invitados se marcharon, se quedó conmigo en la cocina y empezó a ayudarme a recoger los platos.
—Perdóname —dijo en voz baja.
—¿Por qué exactamente?
—Porque tendría que haberle puesto freno hace años.
Seguí colocando platos en el lavavajillas.
—Sí.
No intenté suavizarlo.
Porque era la verdad.
Mario asintió despacio.
—Siempre pensé que, si no decía nada, mantenía la paz.
Cerré la puerta del lavavajillas y me volví hacia él.
—Tu silencio nunca mantuvo ninguna paz, Mario. Lo único que hizo fue dejarme a mí cargando con todo el problema.
Al principio no contestó.
Después volvió a asentir.
—No volverá a pasar.
No sabía si sería capaz de cumplir aquella promesa.
Eso solo podía demostrarlo el tiempo.
Pero ocurrió algo curioso.
Durante las tres semanas siguientes, Pilar Castillo no apareció por nuestra casa ni una sola vez.
Cuando por fin volvió para tomar un café, estaba extrañamente callada.
Observó las cortinas nuevas del salón.
Luego se fijó en mi vestido.
Incluso se quedó mirando durante varios segundos la lámpara que habíamos comprado hacía poco.
Yo esperé el comentario.
Esperé la frase afilada, la insinuación, el reproche disfrazado de consejo.
Pero no llegó.
Al final, mientras sostenía la taza entre las manos, Pilar se limitó a decir:
—Es bonita esa lámpara.
La miré.
—Gracias.
Y eso fue todo.
No necesitaba una disculpa perfecta.
Tampoco una reconciliación enorme, teatral, de esas que parecen hechas para que todos aplaudan.
Porque aquel domingo, entre Pilar Castillo y yo, había nacido algo mucho más importante que todos los extractos bancarios que había puesto sobre la mesa.
Un límite.
Un límite que durante once años no había existido.
Y desde ese domingo, nadie volvió a atreverse a cruzarlo.
