«¿Tenemos? ¿O tengo?» preguntó Gabriela, reclamando que siempre le toca hacer todo

Injusto, humillante y agotador que decidan por ti.
Historias

—Ah, conque así me hablas. Entonces, ¿ya no somos familia? ¿Devolviste el dinero y con eso basta para olvidarte del respeto a los mayores? No me sorprende que saques de quicio a Javier Montes. Contigo no se puede tratar por las buenas.

—Por las buenas nunca han intentado hablar conmigo.

—Porque tienes el ego hasta el cielo —soltó Teresa, con desprecio—. No sabes hacer nada bien y aun así te crees reina. En mis tiempos una trabajaba, llevaba la casa, criaba hijos y todavía escuchaba a los mayores.

Antes, Gabriela Ochoa habría empezado a justificarse, a explicar, a pedir que la entendieran. Esta vez no lo hizo.

—El sábado no voy a ir. Y les pido que dejen de arreglar las cosas con Javier como si a mí pudieran apuntarme en la cocina cuando se les antoje.

—¿Quién te está apuntando a nada? —chilló la suegra—. Tú solita deberías saber cuál es tu lugar.

Gabriela cortó la llamada.

Diez minutos después, Javier Montes entró hecho una furia al cuarto, con el celular todavía en la mano.

—¿Qué te pasa? —gritó—. ¿Por qué le hablas así a mi mamá?

—No le hablé mal.

—¡La hiciste llorar!

—Lo lamento mucho. Yo ayer, por tu culpa, acabé aventada contra el sillón.

Javier se quedó inmóvil un segundo.

—Tú siempre exageras todo a propósito. Lo que quieres es provocarme para que me pelee con mis papás.

—No. Lo que quiero es que dejes de fingir que soy yo la responsable de cómo se portan ellos.

Él puso los ojos en blanco.

—Mira, ya me tiene harto tu drama. El sábado preparas tus cosas y vamos. Punto. Si no puedes hacerlo por mí, hazlo aunque sea por mi papá. Es su aniversario.

—Por tu papá pueden pedir comida hecha. No hace falta humillarme a mí.

—No tenemos dinero de sobra para tonterías.

A Gabriela le vinieron a la mente los rines nuevos del coche, el celular que él se había comprado el otoño pasado y sus reuniones constantes con los amigos. Para eso sí aparecía el dinero. Para la comida del aniversario, en cambio, resultaba indispensable disponer gratis de su tiempo.

—Tienes dinero para los rines del carro, para salir con tus amigos y para cambiar de teléfono cuando se te ocurre —dijo con calma—. Pero no para evitar llevarme a una casa donde me tratan como sirvienta y me insultan. Ya entendí.

Javier se acercó a la mesa y apoyó las palmas sobre la superficie.

—Escúchame bien. Si sigues necia, de verdad voy a dejar de cubrir todos los gastos compartidos. A ver cómo le haces.

—O sea que, si no voy a casa de tu mamá, vas a dejar de poner dinero para los gastos de los dos.

—No tuerzas mis palabras. Solo digo que todo debe ser justo. Si tú no consideras importante apoyarme, ¿por qué tendría yo que financiar tus caprichitos?

Gabriela lo observó durante unos segundos.

—Lo que estás haciendo es usar el dinero para obligarme a ir.

En urgencias le registraron la contusión del hombro y los raspones. Gabriela guardó el informe médico junto con las fotografías.

Después de salir de la clínica, se encontró con Alicia Estrada cerca del Metro.

—¿De verdad piensas quedarte con él? —le preguntó Alicia.

Gabriela revolvió el café con la cucharita, sin beberlo.

—Hace una semana te habría dicho que no sabía. Pero ahora lo tengo claro: si vuelvo a tapar esto, nada va a cambiar.

—Entonces decide qué vas a hacer.

—Ya fui al médico, reuní los documentos y le escribí a un abogado.

Alicia asintió despacio.

—¿A dónde te irías si te sales?

—Mi tía Carmen Núñez tiene un cuarto libre. Me voy a quedar con ella. Desde ahí puedo ir a trabajar sin problema.

Gabriela, aun así, no había olvidado las cosas buenas. Javier, al principio, iba a esperarla a la terminal, salía de noche a comprarle medicinas, la ayudaba a terminar reportes cuando ella se enfermaba. En los primeros años pintaron juntos las paredes, eligieron el coche, contaron los pesos que les quedaban hasta la quincena y se reían de que la mitad de sus noches se fueran en hablar de la remodelación. Precisamente por eso era tan difícil tomar una decisión. Pero, con el paso del tiempo, cada conflicto con Teresa Mejía terminaba casi siempre igual: Javier le pedía a su esposa que cediera. Primero era “solo por una tarde”, después “por mi papá”, luego “porque mi mamá es mayor”. Y en cada ocasión la historia se acomodaba de tal manera que sus parientes pedían y Gabriela tenía que aceptar.

El sábado, desde temprano, Javier se estuvo arreglando para ir con sus padres. Llamó varias veces a su mamá y cerró de golpe las puertas del clóset. Gabriela salió de la recámara ya vestida. Junto al ropero estaba su maleta.

Él no la vio de inmediato.

—¿Por qué empacaste? —preguntó al fin.

—Porque después de hoy no me voy a quedar aquí.

Javier se quedó congelado con la corbata en la mano.

—¿Y este circo ahora de qué se trata?

—No es un circo. Me voy.

Él sonrió con burla.

—¿A dónde vas a ir? ¿Con qué cuentas, según tú?

—Conmigo.

—Qué chistosa. —Arrojó la corbata sobre el sillón—. Esto es puro chantaje. ¿Crees que voy a correr a pedirte perdón?

—Ya no necesito tus disculpas, no de la manera en que tú las entiendes.

—¿Ah, no? ¿Y cómo tendrían que ser? —preguntó, retador.

Gabriela lo miró de frente.

—Necesitaba que reconocieras algo muy sencillo: que me agarraste, me empujaste y me amenazaste con dinero porque no quise ir a casa de tu mamá. Pero llevas dos días repitiendo que yo te obligué a reaccionar así. Por eso me voy.

—No vengas a hacerte la mártir golpeada. Nadie te golpeó.

Gabriela sacó de una carpeta el documento de la clínica y lo puso sobre la mesa.

—Guardé todo: el informe, las fotos y los mensajes. Ya no hace falta que sigas diciendo que no pasó nada.

Javier se quedó mirando el papel.

—¿Estás completamente loca? ¿Me vas a denunciar?

Hasta ese momento, Gabriela solo quería irse.

Él dio un paso hacia ella de pronto.

—Ya deja el teatro. Vamos con mis papás, regresamos y lo hablamos tranquilos.

—No —respondió Gabriela.

—¿Por qué tienes que arruinarlo todo?! —rugió él—. ¡Por tu necedad le vas a echar a perder el día a mi papá! Mi mamá está llorando, la comida no alcanza, los invitados llegan en tres horas y tú aquí armando un escándalo de divorcio por nada.

—No es por nada —contestó ella—. Lo que pasa es que hasta el último momento esperaste que volviera a tragármelo.

Javier volvió a acercarse.

—No te acerques. Y no me vuelvas a tocar. Alicia sabe a dónde voy, Carmen Núñez me está esperando. El informe y las fotos están guardados.

Javier se detuvo.

—¿Y ya? ¿Así se acaba todo? —preguntó con la voz opaca—. ¿Por una sola pelea?

—No por una sola. Son muchas cosas.

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