En lo de que últimamente te has descuidado. Siempre andas cansada, amargada, como si hubieras envejecido antes de tiempo. ¿Quién crees que te va a aguantar con ese carácter, aparte de mí?
Javier Montes alcanzó a darse cuenta de que se le había ido la boca, pero el orgullo le impidió echarse para atrás.
—Perfecto —dijo Gabriela Ochoa, con una calma que sonaba más dura que un grito—. Por fin lo dijiste con tu propia voz, no repitiendo la de tu mamá.
—¿Y qué? ¿Acaso es mentira? —se encendió él todavía más—. ¿De verdad crees que allá afuera hay una fila de hombres esperando por ti? ¿Con tus berrinches y con esa cara? Si sigues aquí es porque yo te sostengo.
—¿Me sostienes? —repitió Gabriela, mirándolo fijo—. Entonces explícame para qué demonios te casaste conmigo. ¿Para que trabajara, pagara mi parte de los gastos y encima los fines de semana fuera a servirle a tu familia?
—Cállate —escupió él entre dientes.
—¿O qué? ¿Vas a correr con Teresa Mejía a quejarte? ¿O vas a repetir otra vez lo que ella dice, que soy una malagradecida?
Javier cerró los puños.
—Cada vez que quieres imponer tu voluntad me sales con el dinero —continuó Gabriela—. Pero cuando tu mamá me humilla frente a todos, ahí sí te quedas calladito. Ese es el problema completo.
Él se le fue encima tan rápido que ella no alcanzó a apartarse. La sujetó del codo y apretó con una fuerza que le sacó un gesto de dolor.
—¡Te dije que te calles!
—¡Suéltame!
Gabriela intentó zafarse, pero Javier, ya sin escucharla a ella ni escucharse a sí mismo, la empujó con todas sus fuerzas hacia el sillón. Ella perdió el equilibrio, se golpeó el hombro contra el descansabrazos y cayó sobre el asiento. Durante unos segundos se le cortó la respiración.
—Si te pones rebelde, te voy a quitar esas ideas a la mala —le gritó él desde arriba—. Si el sábado no vas, te bloqueo todas las tarjetas. ¿Me oíste? Todas. Y también dejo de pagar lo del coche. Te vas a quedar sin un peso y entonces vas a aprender cómo se habla.
Gabriela se llevó la mano al hombro lastimado y lo miró sin parpadear.
—Si así van a ser las cosas —dijo—, entonces puedes largarte con tu mamá para siempre.
El rostro de Javier se deformó de rabia. Dio media vuelta y descargó el puño contra la puerta del baño con tanta violencia que el esmalte blanco quedó hundido y, junto a la manija, se abrió una grieta en el recubrimiento. Después tomó sus llaves de un manotazo.
—¡De mí no vas a ver ni un peso! —gritó desde el recibidor—. Ya veremos cómo hablas dentro de una semana.
La puerta se azotó con tal fuerza que vibraron los vidrios del trinchador.
Gabriela permaneció varios minutos sentada en el sillón. El hombro le ardía y en el brazo ya empezaban a marcarse las huellas de los dedos. Luego entró al baño. En el espejo vio su cabello revuelto, la mancha azulada que comenzaba a formarse y, detrás de ella, la abolladura en la puerta.
Fotografió su brazo. También la puerta. Después buscó en el teléfono el número de Alicia Estrada, una amiga de su antiguo trabajo.
—¿Gaby? —contestó Alicia con voz adormilada—. ¿Por qué me llamas tan tarde?
Gabriela le contó de manera breve la pelea, el empujón, el golpe contra el sillón y las amenazas económicas.
—Voy para allá ahorita mismo —dijo Alicia, ya completamente despierta.
—No hace falta. Estoy bien.
—No estás bien. ¿Te pegó?
—Me empujó. Me agarró del brazo. Me amenazó con dejarme sin dinero.
Alicia guardó silencio unos instantes.
—Tómale fotos a tu brazo y a la puerta. Mañana ve a traumatología. Y revisa tus documentos, tus tarjetas y los accesos al banco. Después de algo así, no conviene confiar en que todo se va a arreglar solo.
—Yo pensaba que jamás pasaría de los gritos.
—Pues ahora ya sabes que sí puede pasar —respondió Alicia.
Esa noche, Gabriela entró a sus aplicaciones bancarias y cambió todas las contraseñas. En la cuenta común todavía había suficiente para no depender de Javier durante un tiempo. Luego sacó los papeles del coche, el calendario de pagos y estados de cuenta viejos. El vehículo estaba a su nombre y las mensualidades se descontaban de su cuenta de nómina. Era verdad que Javier había pagado algunas veces desde su propia tarjeta, pero eso no convertía el coche en propiedad exclusiva de él.
También encontró los comprobantes de transferencias hechas a los padres de Javier por el departamento. Los pagos se habían realizado durante varios años y el último abono había quedado liquidado hacía casi una década. En una conversación antigua, el propio Javier le había escrito a su madre: “Mamá, ya transferí el último pago. Gracias a todos. Ya no les debemos nada”. Gabriela guardó esos comprobantes por separado.
Javier regresó por la mañana. Olía a cigarro. Gabriela ya estaba sentada en la cocina, con una taza de café frente a ella.
Él miró el moretón de su brazo y enseguida desvió la vista.
—¿Hasta cuándo vas a seguir con esa cara? —preguntó con una falsa voz de cansancio—. Sí, ayer me pasé un poco.
—Me aventaste contra el sillón y me amenazaste con dejarme sin dinero.
—Ay, no exageres —dijo él con una mueca—. Nadie te golpeó. Los dos nos calentamos. Tú también me provocaste.
Gabriela dejó la taza sobre la mesa con mucha calma.
—Entonces, según tú, la culpa es mía.
—Culpa o no culpa… A veces una mujer tiene que aprender a cerrar la boca a tiempo.
Ella lo observó. Javier no solo intentaba justificarse; de verdad seguía convencido de que ella era responsable por haberlo hecho enfurecer.
—El sábado no voy a ir a ningún lado —dijo Gabriela.
Javier soltó el aire con fuerza, como si estuviera tratando con una niña necia.
—¿Te escuchas siquiera? Ya te dije que mi papá espera invitados. Pedir comida sale caro y además ya es tarde para organizarlo.
—Ese no es mi problema.
—Claro que es tu problema. Eres mi esposa.
—Ser tu esposa no me convierte en la criada gratis de tu mamá.
—Otra vez con lo mismo.
Cuando Javier se metió a bañar, Gabriela hizo una cita en traumatología, avisó en su trabajo que haría home office y le escribió a una abogada cuyo contacto le había pasado una compañera tiempo atrás.
Al mediodía llamó Teresa Mejía.
Gabriela dudó un segundo, pero contestó.
—¿Sí?
—Gabriela, ¿qué hiciste ahora? —arrancó Teresa, sin siquiera saludar—. Javier me dijo que otra vez estás con tus caprichos. Es el cumpleaños de su papá, vienen invitados y yo estoy sola con todo.
—No voy a ir, Teresa Mejía.
—¿Cómo que no vas a venir? —repitió la suegra con un tono de indignación, como si jamás hubiera escuchado una insolencia semejante—. ¿Y entonces quién me va a ayudar? Eres joven, tienes manos y pies.
—No es mi obligación.
—¡Obligación! —resopló Teresa—. ¿Vives en una familia o qué? Además, nosotros también los apoyamos cuando se casaron y con el departamento. Pero a ti ni siquiera se te puede pedir una tarde de ayuda.
—Ustedes no nos ayudaron gratis. Todo se les devolvió.
—Ah, conque así me hablas.
