—Lo entiendo.
—Y una cosa más. Cuando regrese —porque volverá, ten fe—, no levantes la voz. No le eches nada en cara. Recíbelo, sin más. Como en la parábola del hijo pródigo. ¿La recuerdas?
—La recuerdo, padre.
—Entonces aférrate a eso. Ve con Dios.
Natalia le besó la mano al sacerdote, se santiguó y salió de aquella estancia pequeña. En el atrio permaneció unos minutos detenida, mirando el río. El agua corría gris, mansa. El viento, que antes silbaba entre los árboles, casi se había apagado.
Desde aquel día, Natalia Serrano empezó a vivir de otra manera.
Durante medio año pagó.
Se levantaba a las cinco de la mañana. Ordeñaba las cabras; ya no tenía dos, sino cuatro. Hervía la leche, preparaba requesón, nata agria, quesos sencillos. Dos veces por semana tomaba el viejo autobús hasta la cabecera comarcal para ir al mercado, cargada con cántaras, bolsas y unas manos entumecidas por el peso.
Aceptaba cualquier faena que apareciera. Fregaba los suelos del ayuntamiento del pueblo. Lavaba la ropa de una vecina anciana. Cavaba huertos para los veraneantes. La pensión se le iba casi entera. Para ella reservaba apenas lo justo: pan, algo de grano y lo imprescindible para no venirse abajo.
Los vecinos lo notaban. Estaba más hundida, más delgada; bajo los ojos se le habían marcado sombras oscuras. Pero nadie conocía la verdadera causa. Natalia callaba.
Le daba vergüenza.
Vergüenza por su hijo.
Una tarde, el padre Javier fue a verla sin que ella lo esperara. Llevaba pan bendecido y un poco de dinero. Natalia intentó negarse, pero él le cerró los dedos sobre los billetes y dijo con firmeza:
—Tómalo. Es de la parroquia. No es para ti: es para tu deuda.
Y se marchó sin volver la cabeza.
Aquella vez Natalia Serrano lloró por primera vez en todos esos meses. Pero se secó las lágrimas enseguida. No había tiempo para llorar. Había que seguir trabajando.
Mario apareció a finales de mayo.
Llegó en un coche viejo que ella no reconoció. Al bajar, parecía otro: más flaco, nervioso, sin afeitar. Natalia estaba tendiendo ropa en el patio. Al ver a su hijo, los brazos se le cayeron solos, como si de pronto le faltaran fuerzas.
—Hola, mamá —murmuró él, sin atreverse a mirarla.
—Hola, Mario.
Ella se limpió las manos en el delantal y entró en la casa. Él la siguió. Se sentó a la mesa y miró alrededor.
La vivienda estaba limpia, pero se veía pobre. Muebles antiguos. Papel pintado desteñido. Ni un objeto de más.
—¿Quieres té? —preguntó ella.
—Mamá, yo…
—Ahora lo pongo.
Encendió el fogón, llenó el hervidor, sacó dos tazas y cortó pan. Se movía con una calma casi extraña, sin apresurarse. Solo el corazón le golpeaba tan fuerte dentro del pecho que parecía a punto de rompérsele.
—Mamá, ya lo sé —dijo él con voz apagada—. Me lo contó la señora Zina. Que estás pagando. Por mí. Por aquel préstamo.
Natalia dejó el hervidor sobre la mesa y se sentó enfrente.
—Sí, pago —respondió con sencillez—. Tres mil euros. Ya he entregado mil doscientos. Quedan mil ochocientos.
—¿Por qué no fuiste a la policía? —preguntó él, alzando por fin los ojos.
Había algo pesado en aquella mirada: tal vez vergüenza, tal vez miedo, tal vez rabia contra sí mismo.
—¿Eso habrías querido?
Mario apartó la vista.
No dijo nada.
Y de pronto descargó el puño sobre la mesa con tanta fuerza que las tazas saltaron.
—¡Yo no te lo pedí! ¿Me oyes? ¡No te lo pedí! ¡Eran mis problemas! ¡Tenía que arreglarlo yo! Y tú… tú lo hiciste a propósito, ¿verdad? ¡Para que me sintiera como la peor basura del mundo!
Natalia Serrano lo miraba en silencio, serena.
Y callaba.
Aquel silencio resultó más terrible que cualquier grito.
—¡Di algo, aunque sea una palabra! —estalló Mario.
