—Solo habrá que planteárselo con cabeza. Le diré que es una inversión para nuestro negocio común. De economía no entiende absolutamente nada; se lo tragará sin hacer preguntas.
Entré en la cocina.
Ni siquiera se sobresaltaron. Pilar Blanco ocupaba mi sitio a la mesa y removía el té con una de mis cucharillas. Delante de Pablo Ortega había un plato con los macarrones del día anterior.
—Vaya, por fin apareces —dijo mi suegra, repasándome de arriba abajo con una mirada seca—. ¿Por qué estás tan blanca? ¿Otra vez gastando el dinero de Pablo en médicos?
—Es mi dinero —respondí, dejando el bolso sobre una silla.
—En un matrimonio no existe eso de “lo mío”, Marina Gallego —intervino Pablo Ortega con tono de lección aprendida. Apartó el tenedor y entrelazó los dedos sobre la mesa—. Tenemos una economía compartida. Y, por cierto, mi madre y yo hemos estado hablando.
—Ya lo he oído.
No se inmutó lo más mínimo.
—Mejor. Así nos ahorramos explicaciones. Mañana iremos al notario. La inflación está devorando el valor de tu estudio. Si lo vendemos ahora, protegemos ese capital. Necesitamos crecer.
—¿Quiénes “necesitamos”? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
—La familia, por supuesto. Para el trabajo necesito un coche con presencia, algo que haga que los socios me tomen en serio. Y lo que sobre lo meteremos en un piso más grande.
Lo observé en silencio, intentando comprender cómo había podido aguantar cinco años a aquel hombre. Cómo había llegado a creer en sus hojas de cálculo, en sus normas, en esa austeridad que solo se aplicaba a mis compresas, a mis revisiones dentales, a cualquier cosa que tuviera que ver conmigo.
—Ese estudio era de mi abuela —dije, procurando que la voz no me temblara—. Es mi única salida de emergencia.
Pablo Ortega soltó un suspiro pesado y puso los ojos en blanco. Era su gesto habitual cuando quería hacerme sentir pequeña.
—¿Salida de emergencia de qué, Marina Gallego? ¿De quién piensas escapar? Eso es traicionar a la familia. Si estamos juntos, tenemos que confiar el uno en el otro. Aferrarte a un trozo de cemento demuestra que no imaginas un futuro conmigo.
—Lo que pasa es que es una avariciosa —añadió Pilar Blanco—. Se agarra a su cuchitril como si fuera un palacio. Y le da igual que su marido vaya sufriendo con un coche viejo.
Por un segundo imaginé que sacaba la ecografía del bolso. Que les enseñaba aquella manchita gris, diminuta, casi irreal.
¿Y después qué? ¿Se alegrarían? No. Pablo Ortega empezaría a calcular cuánto costaban el parto, el carrito, la cuna. Luego diría que, precisamente ahora, yo tenía más obligación que nunca de vender el estudio, porque un niño necesitaba espacio. Y Pilar Blanco se encargaría de que el piso nuevo quedara a su nombre, claro, porque una mujer de baja maternal no tenía derecho a opinar. El bebé se convertiría en su palanca perfecta. Me encerrarían entre los dos, y de aquella trampa ya no saldría.
—Está bien —dije.
Pablo Ortega entrecerró los ojos, desconfiado.
—¿Qué está bien?
—Acepto —contesté, apartando la silla—. El estudio está vacío. Mañana iremos al notario. Te firmaré un poder general.
El rostro de mi suegra se alisó al instante. Miró a su hijo con una satisfacción descarada.
—¿Lo ves? Cuando usas la cabeza, eres capaz de tomar decisiones sensatas —se burló Pablo Ortega—. Caliéntame la sopa.
Luego volvió la cara hacia el móvil, como si yo hubiera dejado de existir.
