Y mi marido, entretanto, estaba preocupado por el descuento de un paquete de arroz.
Apagué la pantalla sin contestar.
En la parada se apiñaba la gente. El viento de noviembre se colaba por el cuello de la chaqueta y mordía la piel. El autobús 43 se arrimó al bordillo con un gemido pesado.
Dentro olía a lana mojada, humedad vieja y alcohol rancio. Me abrí paso hasta la mitad del vehículo y me agarré a una barra pegajosa. El autobús arrancó de golpe.
Perdí el equilibrio y choqué de hombro contra un hombre enorme, embutido en una chaqueta de camuflaje sucia.
—¡Eh, vaca, mira por dónde vas! —bramó, apartándome de un codazo.
Me aferré al pasamanos mientras una náusea amarga me subía a la garganta.
—Perdón —murmuré, bajando la vista.
El hombre se volvió. Sus ojos pasaron por mi cara pálida, cubierta de sudor frío, por mis manos temblorosas apretando la correa del bolso. La rabia de su expresión se quebró de pronto.
Tiró con brusquedad de la capucha del adolescente que iba sentado delante, con los auriculares puestos.
—Levanta.
—¿Pero qué haces? —protestó el chico.
—Que te levantes, te digo —gruñó el hombre, inclinándose sobre él.
El muchacho saltó al pasillo. Entonces aquel desconocido giró hacia mí y señaló con un dedo el asiento de plástico que acababa de quedar libre.
—Siéntese, mamá.
Antes, esa palabra me habría atravesado como una ofensa. “Mamá”. A los treinta y un años. Me habría sonado a condena, a etiqueta capaz de borrar cualquier resto de feminidad.
Pero esta vez me dejé caer en el asiento. Algo dentro de mí se contrajo con fuerza y, enseguida, cedió.
—Gracias —susurré.
—Agárrese bien. Hoy el bus va dando tumbos —masculló él, y apartó la mirada.
Apoyé la palma sobre el vientre, encima de la chaqueta. “Mamá”. Por primera vez en mi vida, aquella palabra no me provocó rechazo. Sonó a reconocimiento. A una condición nueva. A una aprobación que jamás recibiría en mi propia casa.
En aquel autobús sucio, rodeada de desconocidos, me sentí madre por primera vez.
Al entrar en el portal, me llegó el olor a cebolla frita. Pilar Blanco ya estaba allí.
Mientras me quitaba las botas, contuve la respiración y escuché las voces que venían de la cocina. Ni siquiera habían cerrado la puerta.
—…su estudio de la avenida puede venderse ahora sin problemas por unos veintidós mil euros —decía mi suegra con tono práctico. Una cucharilla chocó contra una taza.
—Primero habrá que conseguir que firme un poder —respondió Pablo Ortega. Hablaba con la boca llena.
—¿Y adónde va a ir? —resopló Pilar Blanco—. No tiene hijos. ¿Para qué quiere esa vivienda? Ni siquiera sabéis alquilarla como es debido. En cambio, con ese dinero damos la entrada para un piso decente de tres habitaciones. Lo pondremos a mi nombre, por supuesto.
—¿A tu nombre por qué, mamá?
—Para que, si un día te divorcias, esa estéril no se lleve la mitad, hijo. La vida es larga. Las mujeres cambian. Los inmuebles tienen que quedarse en la familia.
Me quedé inmóvil, con la llave de casa apretada en el puño. Los dientes metálicos se me clavaron en la palma.
Aquel estudio lo había heredado de mi abuela. Era una habitación diminuta en las afueras, sí, pero constituía mi único bien propio, lo único que me pertenecía desde antes del matrimonio.
—Estoy de acuerdo —dijo Pablo Ortega, tranquilo.
