«Lo grave será que no podamos pagar la tarjeta por culpa de tus ataques» dijo Pablo Ortega, dejándola sola y aterrada con el dolor

Es injusto y cruel seguir callando el miedo.
Historias

—Cuarenta y ocho euros por una consulta de un cuarto de hora —dijo Pablo Ortega, golpeando con la uña la pantalla del móvil mientras comprobaba el cargo—. Podías haberte tomado una pastilla, Marina Gallego.

—Llevo tres días con un dolor sordo en el bajo vientre —respondí, apoyando la espalda contra los azulejos fríos de la pared—. Las pastillas de siempre no me hacen nada.

—Eso es porque te sugestiones.

Pablo Ortega pasó la esponja húmeda por la mesa con una precisión casi irritante, reuniendo las migas de pan en la palma de la mano. Después las tiró al fregadero. En aquella casa, hasta el gesto más insignificante obedecía a sus normas exactas.

—Has vuelto a tocar el fondo común —añadió con esa voz plana que usaba para reprochar sin levantar el tono—. Te dije que cualquier gasto de más de diez euros había que consultarlo antes.

—No podía ni levantarme de la cama.

—En el centro de salud público no te cobran. Lo único que hace falta es saber esperar.

Apretó el botón de la cafetera. La máquina gruñó con esfuerzo y dejó caer un hilo oscuro dentro de la taza. Sobre la mesa, la jarra filtrante tenía ya una capa verdosa en el plástico; a Pablo Ortega le dolía comprar recambios nuevos.

—Tengo miedo, Pablo Ortega —murmuré—. ¿Y si es algo grave?

—Lo grave será que no podamos pagar la tarjeta por culpa de tus ataques.

Probó el café y torció la boca.

—Prepárate para ir al trabajo. Esta tarde vendrá mi madre. Tenemos que hablar de lo del coche.

La puerta de entrada se cerró de golpe. Me quedé sola con el olor a café barato y aquel dolor que seguía tirando por dentro.

En la sala de ecografías flotaba una mezcla de alcohol sanitario y talco de guantes médicos.

—Quítese la ropa de cintura para abajo y túmbese en la camilla —ordenó la doctora.

Me bajé los vaqueros y me acosté sobre una sábana de papel áspera. Un pegote de gel helado me cayó en el abdomen. Luego el transductor empezó a deslizarse por mi piel, presionando.

—¿Qué síntomas tiene? —preguntó la médica, sin apartar los ojos de la pantalla en blanco y negro.

—Dolores como de tirón. Y por las mañanas me dan náuseas.

Ella guardó silencio durante casi un minuto. Yo miraba al techo, siguiendo con la vista una grieta en la pintura. Al mismo tiempo calculaba cuánto me descontaría Pablo Ortega de mi siguiente sueldo de profesora particular por aquella visita.

—Bueno —dijo al fin, girando el monitor hacia mí—. Lo que le duele son los ligamentos, entra dentro de lo normal. El saco gestacional está en el útero. Siete semanas.

Se me cortó la respiración.

—¿Qué?

—Que está embarazada. Mire ahí, late.

Señaló con el bolígrafo un puntito gris diminuto.

—El latido es claro. Hay algo de tono, pero no veo amenaza. ¿Va a seguir adelante?

La pregunta sonó seca, rutinaria, como si en recepción me hubieran pedido el número de la tarjeta sanitaria.

—Sí —contesté con la voz rota.

—Límpiese.

Arrugué la servilleta de papel, rígida entre los dedos. El gel se me pegaba a la piel. En el pecho se me abría un vacío ardiente, palpitante. Durante cinco años de matrimonio, Pablo Ortega había repetido que tener hijos era un lujo inadmisible. “Una inversión con rentabilidad negativa”, decía.

El teléfono vibró dentro del bolso.

Compra el arroz en táper que está de oferta. Solo el de 0,99 €. No te equivoques. —13:14

Me quedé mirando la pantalla iluminada. Dentro de mí latía un segundo corazón.

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