Había sido dos años atrás.
Los dos habíamos llegado al mismo punto.
No queríamos tener hijos.
No era una desgracia.
Tampoco un conflicto.
Era, simplemente, una decisión.
Nuestra decisión.
—Entonces díselo tú —le pedí.
Iván Sanz me miró, desconcertado.
—¿Qué?
—Dile a tu madre quién decidió que no íbamos a ser padres.
Raquel Fuentes volvió la vista hacia su hijo al instante.
—¿Cómo que “quién”?
Iván guardó silencio durante unos segundos.
Después apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Los dos.
—Eso no es lo que he preguntado.
—Pero esa es la respuesta.
—Iván…
—Lo decidimos los dos. Ninguno de los dos quiere hijos.
Raquel movió la cabeza despacio, como si aquello no pudiera entrarle.
—No.
La negativa fue tan absurda que Teresa Castro reaccionó enseguida:
—¿Cómo que no, mamá?
—Mi hijo sí quería tener niños.
Iván clavó la mirada en ella.
—Mamá, tengo cuarenta años. Creo que a estas alturas sé bastante bien lo que quiero.
—Eso lo dices ahora.
—Lo digo porque es verdad.
—Desde que estás con ella, has cambiado muchísimo.
En ese instante algo se endureció en el rostro de Iván.
Hasta entonces había intentado conservar la calma.
Ya no.
—¿Otra vez con eso?
Raquel no contestó.
—¿Vas a convertir otra vez cada decisión mía que no te gusta en culpa de Paula?
—Yo no he dicho eso.
—Lo acabas de insinuar.
—Solo digo que antes eras distinto.
—Claro que era distinto. Tenía veintinueve años.
Raquel cruzó los brazos.
—Yo conozco a mi hijo.
—No, mamá. Conoces la versión de mí que a ti te resulta cómoda.
La frase cayó sobre la mesa como una piedra.
Miré a Iván.
Nunca lo había oído hablarle así a su madre.
Por la expresión de Raquel, ella tampoco.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que cada vez que hago algo que no encaja con lo que tú esperas, dices que Paula me ha cambiado. Cuando dejamos de venir a tu casa todos los sábados, la culpa era de Paula. Cuando compramos este piso en vez de vivir cerca de ti, también era culpa de Paula. Cuando dejé de contarte cuánto gano, volvió a ser culpa de Paula. Y ahora resulta que si no tenemos hijos, la responsable también es Paula.
—Yo solo me preocupo por ti.
—Entonces empieza a preocuparte por cómo la tratas a ella.
Raquel palideció.
—¿Ahora resulta que la culpable soy yo?
—Te estoy diciendo que acabas de dejar mal a mi mujer delante de toda la familia, basándote en cosas de las que no sabías absolutamente nada.
—Yo no la he dejado mal.
Teresa dejó el tenedor sobre el plato.
—Mamá, has dicho que no trabaja, que no aporta dinero a la casa y que ni siquiera quiere tener hijos.
—No he dicho que se niegue a darme nietos.
—No hacía falta que lo dijeras con esas palabras.
Raquel miró a su hija como si acabara de traicionarla.
Yo seguía sentada, callada.
Hasta que Raquel volvió a fijarse en mí.
—Bueno, si ganas tanto dinero, podrías haberlo dicho antes.
Entonces me reí.
No pude evitarlo.
—¿Perdón?
—Si yo lo hubiera sabido…
—¿Me habría respetado más?
Raquel abrió la boca.
Pero no respondió.
—Ese es exactamente el problema —dije—. Usted cree que necesita saber cuánto gano para decidir si merezco respeto o no.
—No pongas palabras en mi boca.
—No hace falta. Acaba de decirlo usted sola.
El silencio regresó.
Esta vez intervino Juan Prieto.
—Raquel, creo que deberías disculparte.
Ella giró la cabeza hacia él.
—¿Tú también?
—No se trata de ponerse de un lado o de otro.
—Pues lo parece.
—No. Se trata de que has hablado de asuntos que desconocías.
Raquel se levantó.
