para disimularla.
Raquel Fuentes le lanzó una mirada capaz de cortar el aire.
—También he venido entre semana.
—Dos veces en todo el último año —le recordé—. Una a las siete de la tarde y otra en un día festivo.
Iván Sanz se pasó la mano por la frente.
Él sí entendía perfectamente hacia dónde iba aquello.
Raquel Fuentes, en cambio, no.
—Paula Molina, no intentes darle la vuelta a todo ahora.
—No estoy dándole la vuelta a nada. Solo le estoy preguntando por qué afirma delante de toda la familia que yo no trabajo.
—Porque mi hijo lo paga todo.
Esta vez Iván Sanz reaccionó al instante.
—¿Qué?
Raquel Fuentes lo miró como si no comprendiera su sorpresa.
—Iván, no tienes por qué defenderla.
—No la estoy defendiendo. Te estoy preguntando de dónde has sacado eso.
—¿Acaso tú no trabajas?
—Claro que trabajo.
—Pues ya está.
Iván soltó una risa breve, seca, incrédula.
—Mamá, Paula también trabaja.
Raquel Fuentes se quedó inmóvil.
—¿Cómo dices?
Yo no abrí la boca.
Preferí dejar que fuese Iván quien continuara.
—Trabaja desde casa.
—¿Y en qué trabaja?
—Asesoría financiera.
Raquel Fuentes me miró a mí.
Después miró a su hijo.
—¿Desde casa?
—Sí.
—Pero nunca habla de su trabajo.
Entonces sí respondí.
—Porque usted nunca me ha preguntado por él.
Aquello la dejó callada durante unos segundos.
Solo unos segundos.
—Bueno, trabajar desde casa tampoco es lo mismo que…
Iván apoyó la mano sobre la mesa.
No fue un golpe fuerte.
Pero sí lo bastante claro como para detenerla.
—Mamá.
Raquel Fuentes cerró la boca.
—Paula gana más que yo.
Nadie dijo nada.
Raquel Fuentes parpadeó.
Una vez.
Y luego otra.
—¿Qué?
—Que Paula gana más que yo —repitió Iván.
Sentí cómo todas las miradas se clavaban en mí.
Nunca me había gustado hablar de dinero.
Precisamente por eso Raquel Fuentes sabía tan poco sobre nuestras cuentas.
Iván siguió, sin apartar la vista de su madre:
—Y el piso tampoco lo pago yo solo.
Raquel Fuentes frunció el ceño.
—Pero tú dijiste que teníais una hipoteca.
—La tenemos. Eso no significa que la pague yo entero.
—Entonces la pagaréis entre los dos.
Iván negó despacio con la cabeza.
—Paula asume más o menos el sesenta por ciento.
El rostro de Raquel Fuentes cambió.
No de una forma exagerada.
Apenas un matiz.
Pero todos lo vimos.
La seguridad con la que había hablado hasta entonces se le esfumó.
Miró alrededor, buscando apoyo.
Nadie salió en su defensa.
—Bueno… yo no tenía manera de saber eso.
La miré sin pestañear.
—Exacto.
Raquel Fuentes apretó los labios.
—Pero eso no cambia lo otro.
Ahí estaba.
Se le había caído un argumento, así que se agarraba al siguiente.
—¿Qué es “lo otro”? —pregunté.
—Los hijos.
Iván cerró los ojos un instante.
—Mamá, ya basta.
—No. Quiero entenderlo. Si tiene un buen trabajo, si gana dinero, si tenéis un piso… ¿por qué no quiere formar una familia?
Esta vez fui yo quien frunció el ceño.
—Ya tengo una familia.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Sí. Por eso mismo lo digo.
Raquel Fuentes se inclinó hacia delante.
—Mi hijo siempre quiso tener hijos.
Miré a Iván.
Él se quedó muy quieto.
Aquella afirmación sí logró sorprenderme.
—¿Siempre?
Raquel Fuentes debió de notar que había tocado una zona delicada.
—Desde niño.
—Mamá… —advirtió Iván.
—¿Qué? Es la verdad. Siempre decía que de mayor tendría una familia grande.
Volví la vista hacia mi marido.
—¿Iván?
Él dejó escapar un suspiro.
—Quizá cuando tenía veinte años.
—¿Quizá?
—Paula, hemos hablado de esto muchísimas veces.
Y era cierto.
Durante años habíamos vuelto una y otra vez a esa conversación.
Cuando nos casamos, los dos dábamos por hecho que, probablemente, algún día tendríamos hijos.
Luego el tiempo pasó.
Nuestras prioridades fueron cambiando.
Y poco a poco comprendimos que ninguno de los dos sentía de verdad esa necesidad.
Recordé nuestra última conversación seria sobre el asunto.
