—¿Pero tú estás bien de la cabeza? —estalló mi suegra, Raquel Fuentes, gritándome al otro lado de la mesa—. ¡No traes dinero a casa, no trabajas y, para colmo, ni siquiera quieres tener hijos!
El tenedor se me quedó suspendido a medio camino. Durante unos segundos nadie dijo nada. Mi marido, Iván Sanz, dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud casi cuidadosa. Su hermana, Teresa Castro, abrió los ojos de par en par.
Mario Méndez, el esposo de Teresa, bajó la mirada hacia su plato, como si de repente aquella ensalada se hubiera convertido en lo más fascinante del mundo. Incluso Juan Prieto, el hermano mayor de Raquel Fuentes, dejó de masticar.
Miré a mi suegra. Tenía la cara encendida por la indignación.
No era la primera vez que se permitía opinar sobre mi vida. Pero jamás había cruzado una línea semejante.

Y mucho menos delante de toda la familia.
—Mamá… —intentó intervenir Iván Sanz.
—No, Iván. Hoy no pienso callarme.
Raquel Fuentes levantó una mano para frenarlo.
—Alguien tiene que decir las cosas como son.
Dejé el tenedor despacio sobre el plato.
Era domingo.
Iván Sanz y yo habíamos invitado a comer a su familia en nuestro piso. Me había pasado buena parte de la mañana preparando carne al horno, patatas, verduras, una ensalada y una tarta de manzana.
Hasta hacía apenas cinco minutos, la comida había transcurrido con una calma razonable.
Entonces Teresa Castro comentó que una compañera de trabajo estaba embarazada.
Una conversación corriente. Sin más.
Hasta que Raquel Fuentes volvió los ojos hacia mí.
—¿Y vosotros para cuándo?
Esbocé una sonrisa tenue.
—Ahora mismo no tenemos previsto tener hijos.
Debí imaginar que esa respuesta no iba a bastarle.
—¿Ahora mismo?
Raquel Fuentes dejó su cubierto sobre la mesa.
—Lleváis once años casados.
—Lo sé.
—¿Y entonces qué estáis esperando?
Iván Sanz se metió en la conversación.
—Mamá, eso es asunto nuestro.
Pero ella ni siquiera le dirigió la mirada.
Seguía clavándome los ojos a mí.
—¿O es que no quieres tenerlos?
No contesté al instante.
Porque aquella no era una conversación que me apeteciera mantener delante de otras seis personas.
—Raquel Fuentes, no creo que este sea un tema para tratar durante la comida.
Ella soltó una risa seca, sin alegría.
—O sea que sí.
—Significa exactamente lo que acabo de decir.
—Siempre tienes una respuesta preparada.
Inspiré hondo.
Iván Sanz volvió a intentarlo.
—Mamá, déjalo ya.
Pero entonces Raquel Fuentes explotó.
—¿Pero tú estás bien de la cabeza? ¡No traes dinero a casa, no trabajas y encima ni quieres tener hijos!
El silencio que cayó después fue distinto al anterior.
Ya no era solo incómodo.
Pesaba.
Casi podía sentirse sobre la piel.
Miré a Iván Sanz.
Parecía tan desconcertado como yo.
Luego volví a mirar a Raquel Fuentes.
—¿Qué acaba de decir?
—Lo que pensamos todos.
Teresa Castro levantó la cabeza de golpe.
—Mamá, yo no pienso eso.
—No te metas.
—Pero acabas de decir “todos”.
—Ha sido una forma de hablar.
—Entonces no hables por mí —replicó Teresa Castro.
Raquel Fuentes hizo un gesto impaciente con la mano.
—No estoy hablando contigo. Estoy hablando con Paula Molina.
Me recosté apenas en la silla.
De una manera extraña, ya no me sentía tan furiosa.
Al menos no de la forma en que Raquel Fuentes seguramente esperaba.
Solo quería comprender una cosa.
—¿Por qué está tan convencida de que no trabajo?
Raquel Fuentes parpadeó.
—Porque no trabajas.
—¿Quién se lo ha dicho?
—No hace falta que me lo diga nadie.
—Entonces lo decidió usted sola.
—Cada vez que vengo, estás en casa.
Casi se me escapó una sonrisa.
—Normalmente viene usted los fines de semana.
Juan Prieto carraspeó, intentando contener la risa.
