Funcionaba sin una sola falla. El volcán estaba a nada de reventar.
Pasó una semana. Siete días enteros, y cada uno pareció más largo y más pesado que el anterior. Miguel Herrera adelgazó, se le hundió la cara y bajo los ojos se le marcaron unas ojeras oscuras, casi moradas. El tic del párpado izquierdo dejó de ser un episodio nervioso para convertirse en parte de su expresión habitual. Ya ni siquiera intentaba mediar. Se movía por su propia casa como un fantasma, procurando no hacer ruido, no atravesarse, no respirar demasiado fuerte, con tal de no despertar otra guerra silenciosa.
Pero aquella noche el choque ya no podía evitarse.
Volvió del trabajo completamente drenado. Desde el pasillo del edificio le llegó una mezcla de olores: carne dorándose, verduras cocidas, ajo, vapor caliente. El estómago se le apretó de inmediato, no por hambre, sino por una corazonada terrible. Metió la llave, abrió la puerta y se quedó inmóvil.
En la entrada lo esperaban las dos madres. Una a cada lado del recibidor, firmes, como si custodiaran una ceremonia solemne. Tenían el rostro rígido, serio, con esa expresión de quien trae preparada una batalla y además pretende llamarla cariño.
—Miguelito, pasa, lávate las manos. Te hice tus milanesas de cerdo con ajito, como te gustan —anunció Norma Álvarez con una alegría demasiado fuerte, demasiado ensayada.
—Miguel, yo preparé pescado al vapor con espárragos —intervino Josefina Castillo, en voz baja, pero con una firmeza cortante—. No puedes seguir comiendo tanta fritanga. Eso le hace daño a la circulación.
Él no dijo nada. Pasó entre las dos como pudo, dejó el portafolio sobre una silla y se encerró en el baño.
Diez minutos después apareció en la cocina y se sentó a la mesa. Apenas apoyó los brazos, dos platos fueron colocados frente a él, casi al mismo tiempo, como si obedecieran una orden invisible.
En uno humeaba una pieza de carne rojiza, grasosa, crujiente en las orillas, acompañada por una montaña de puré de papa. En el otro descansaba un trozo pálido de pescado blanco sobre unas varas verdes de espárrago, tan ordenadas que parecían decoración de revista.
Aquello no era una cena. Era una prueba. Una sentencia. La obligación de escoger entre el pasado y el futuro, entre la costumbre y la supuesta salud, entre dos mujeres que habían convertido su vida diaria en un infierno doméstico.
—Ándale, hijo, cómetela antes de que se enfríe —dijo Norma, empujando su plato un poco más cerca.
—Miguel, empieza por el pescado. Después de una jornada tan pesada, al estómago le conviene algo ligero —respondió Josefina, acercándole también el suyo.
Las dos lo miraban. Sus ojos se cruzaban por encima de la cabeza de él, afilados, desafiantes. Miguel permaneció sentado, con la vista clavada en el pequeño espacio vacío que quedaba entre ambos platos. No podía comer. Ni siquiera podía respirar bien. Sintió con una claridad brutal que lo estaban asfixiando con cuidados, que lo apretaban despacio, con sonrisas, recomendaciones y platos servidos.
—Va a comer carne —sentenció Norma Álvarez—. Un hombre necesita comida de verdad, no pasto hervido.
—Usted no decide lo que él necesita —contestó Josefina Castillo con una frialdad impecable—. La salud está por encima de los caprichos de momento.
Entonces se rompió el último hilo que sostenía su autocontrol.
Miguel no gritó al principio. De su garganta salió un sonido raro, ronco, casi animal, como el bramido de alguien herido. Se levantó de golpe, y la silla se fue hacia atrás con un estrépito seco.
—¡FUERA!
La voz que salió de él ni siquiera parecía suya. Era baja, dura, desconocida. Daba miedo.
Las dos mujeres se quedaron mudas. Lo miraron con los ojos abiertos, incapaces de entender que aquella palabra iba dirigida a ellas.
—¿Qué dices, hijo? —balbuceó Norma, desconcertada.
—Fuera. Las dos. Ahora mismo —pronunció Miguel, separando cada palabra como si las escupiera una por una. No las miraba exactamente; parecía mirar a través de ellas. Tenía la cara blanca y el párpado le temblaba con una violencia casi grotesca—. Agarren sus cosas. Y lárguense de mi casa. En este instante.
—Miguel, por favor, piensa lo que estás diciendo —intentó intervenir Josefina, apelando a la calma, a la razón, a cualquier resto de control.
—¡Dije que se larguen!
Golpeó la mesa con el puño. Los platos brincaron y los cubiertos chocaron con un tintineo nervioso. Sin esperar respuesta, caminó hasta la entrada, abrió la puerta de par en par y dejó que el aire frío del pasillo se metiera a la cocina, cortando de tajo la atmósfera cargada.
—Tienen cinco minutos.
Había algo en su mirada y en el tono de su voz que cancelaba cualquier discusión. No era simple enojo. Era agotamiento puro. Un colapso total. El punto final de un hombre vaciado por dentro, más allá del cual ya no quedaban reproches, ni explicaciones, ni paciencia.
Las madres se miraron entre sí. En ese intercambio breve comprendieron que no había vuelta atrás. Con la dignidad herida y la boca apretada, se fueron en silencio al cuarto donde habían dejado sus cosas. Tomaron bolsas, abrigos, lo indispensable.
Tres minutos después estaban de nuevo en el recibidor.
Miguel seguía junto a la puerta abierta, rígido como una estatua. No les ofreció ayuda. No pidió perdón. No dijo una sola palabra de despedida. Solamente esperó.
Cuando por fin salieron y la puerta se cerró tras ellas, él permaneció quieto unos minutos más, como si no pudiera creer que el aire del departamento le perteneciera otra vez. Luego giró despacio la cerradura.
Por primera vez en días, la casa quedó hundida en un silencio absoluto. Un silencio tan deseado que casi lastimaba los oídos. No había pasos, ni suspiros dramáticos, ni murmullos en la cocina, ni roces de tela en el pasillo. Sólo quietud. Sólo paz.
Valentina Ortiz, que había permanecido todo el tiempo en la sala, se levantó con calma. Caminó hacia la cocina sin prisa, tomó los dos platos intactos y los guardó en el refrigerador. Después fue al mueble bar, sacó una botella de vino tinto caro y eligió una copa alta, de tallo delgado.
Se sirvió con cuidado. Luego se acercó a la ventana y dio un sorbo pequeño mientras contemplaba las luces de la ciudad extendidas en la noche.
En sus labios apareció una sonrisa limpia, perfecta, sin una sombra de culpa.
Había conseguido exactamente lo que quería.
El teléfono sonó.
Era su madre.
—¿Y bien? —preguntó Josefina Castillo al otro lado de la línea, con esa voz baja y práctica de quien sólo espera un reporte.
—Todo salió conforme al plan, mamá —respondió Valentina Ortiz en el mismo tono discreto, mientras bebía otro trago de vino—. Absolutamente todo. Ya puedes volver a tu casa. Estuviste brillante.
—Lo sé, hija —contestó Josefina, satisfecha—. Lo sé…
