También ocultó, por supuesto, que Jorge Herrera prefería que yo le cubriera los gastos antes que hacerse cargo de las deudas que él mismo había contraído.
—No contestes —me pidió Carlos Ortega.
Pero después de once años organizando eventos, había aprendido una cosa: cuando un rumor empieza a correr entre doscientas personas, el silencio no siempre lo apaga. A veces, lo único que consigue es darle espacio para crecer.
Abrí el grupo familiar.
Treinta y ocho mensajes.
Catalina Aguado había escrito:
«En realidad no quería decir nada, porque sigo muy dolida. Pero Mónica Díaz hizo llorar a mi hija y nos trató como si fuéramos unas mendigas».
Respondí con una sola frase:
«Como veo que ya se está hablando del tema, voy a compartir la información completa para que no haya malentendidos».
Primero envié la captura del mensaje de Catalina, ese en el que anunciaba que yo pagaría la boda. Después mandé el correo del lugar de celebración, donde quedaba claro que la reserva se había hecho utilizando el nombre de mi empresa.
Y, por último, escribí:
«Yo jamás prometí pagar ninguna boda. Cuando se me pidió que organizara la boda gratis y asumiera todos los gastos, ofrecí preparar un presupuesto profesional como haría con cualquier cliente. Mi suegra decidió comunicar una versión distinta».
No envié el vídeo de la conversación con Salvador Fuentes.
Todavía no.
Durante cinco minutos, el grupo quedó en un silencio absoluto.
Entonces apareció mi suegro, Manuel Sanz. Llevaba años separado de Catalina, pero seguía dentro del chat familiar.
«¿Has reservado un espacio para la boda usando el nombre de la empresa de Mónica sin pedirle permiso?», preguntó.
Catalina contestó:
«Yo sabía que ella podía solucionarlo».
Mi suegro escribió de inmediato:
«Eso no responde a mi pregunta».
La prima que antes me había acusado borró su mensaje. Luego añadió:
«Vale… con este contexto, la cosa se ve bastante diferente».
Y entonces intervino Jorge Herrera.
«Yo no sabía que Catalina había hecho eso».
Nuria Sánchez respondió al instante:
«¡Jorge, cállate!».
Aquello fue mucho peor para ellas que cualquier cosa que yo hubiera podido planear.
Porque, de repente, empezaron a discutir entre ellos delante de toda la familia.
Jorge explicó que, al principio, él había propuesto casarse por lo civil y después invitar a comer a unas cuarenta personas. Nuria replicó que ella no iba a casarse «como si fuera pobre». Jorge le preguntó qué tenía de vergonzoso gastar únicamente aquello que podían permitirse de verdad.
Catalina se metió en medio y dijo que su hija merecía algo «a su altura».
Fue entonces cuando mi suegro formuló la pregunta perfecta:
«¿A qué altura, Catalina? ¿A la altura que pagan los demás?».
Carlos Ortega soltó una carcajada tan fuerte que casi derramó el café.
Esa misma noche, Nuria me llamó.
No respondí.
Volvió a llamar.
A la tercera, descolgué.
—¿Qué quieres?
—Borra las capturas.
—¿Por qué?
—Porque ahora todo el mundo se está riendo de nosotros.
—Yo no he inventado nada.
—¡Pero podrías haberlo hablado en privado!
—Eso intenté hacer cuando vinisteis a mi casa. Fuisteis vosotros quienes lo convertisteis en un asunto público antes siquiera de preguntarme.
Se quedó callada.
Después dijo algo que todavía recuerdo.
—Tú no entiendes lo que se siente cuando todas tus amigas han tenido bodas preciosas y tú sabes que no puedes permitirte algo así.
Por primera vez desde que había empezado todo aquel desastre, no escuché arrogancia en su voz.
Escuché vergüenza.
Y por eso mi tono también se suavizó.
—Nuria, no hay nada malo en querer una boda bonita. Lo que está mal es creer que otra persona tiene la obligación de pagarla para que tú no tengas que aceptar lo que realmente puedes permitirte.
—Pero tú podrías pagarla.
—Sí.
—Entonces no entiendo por qué no quieres hacerlo.
Esa frase lo resumía todo.
—Porque poder pagar algo no significa estar obligada a hacerlo.
No respondió.
Yo seguí hablando.
—Cuando Carlos y yo nos casamos, también quise cosas que no podíamos permitirnos. Nuestra boda tuvo cincuenta y ocho invitados. No hubo ningún jardín de lujo. Compré mi vestido en rebajas. El fotógrafo era un amigo de la universidad de una amiga. Ahorramos durante casi un año.
—Pero ahora tienes dinero.
—Porque he pasado once años trabajando los fines de semana mientras otros se iban de fiesta. Porque he desmontado escenarios en Nochebuena. Porque he negociado con proveedores a las tres de la madrugada. Porque durante cinco años reinvertí en mi empresa casi cada euro que ganaba.
Nuria respiró hondo.
—Mamá dijo que 35.000 € para ti no eran gran cosa.
Solté una risa amarga.
—Tu madre no tiene ni idea de cuánto dinero tengo.
Después de eso, se quedó en silencio.
Y en ese instante comprendí algo todavía más inquietante: Catalina no solo había prometido mi dinero. Durante años le había hecho creer a su hija que yo era una especie de cajero automático de la familia.
Tres días más tarde, Nuria apareció en mi oficina.
Esta vez venía sola.
Sin Catalina.
Se sentó frente a mí y dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—Jorge quiere cancelar la boda grande.
—Me parece sensato.
—Yo no quería eso.
—Lo imaginaba.
—Hemos discutido muchísimo.
Dentro de la carpeta había presupuestos.
Espacio de celebración: 14.000 €.
Catering: 9.500 €.
Decoración: 4.250 €.
Fotografía y vídeo: 2.400 €.
Vestido: 3.100 €.
Música y animación: 3.750 €.
Más de 35.000 €, y eso sin contar todavía otros gastos que ni siquiera habían incluido.
—¿Sabes cuánto hemos ahorrado? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
—1.700 €.
No dije nada.
Nuria bajó la mirada.
—Cuando veo los números así, delante de mí, suena completamente absurdo.
—Porque lo es.
—Mamá dijo que tú conseguirías descuentos y que al final casi todo podría salir gratis.
—No existe eso de “gratis”. Si un proveedor me hace un descuento, renuncia a una parte de su beneficio. Si yo pido veinte favores para tu boda, alguien termina pagando igualmente.
Ella se quedó mirando las cifras.
—Jorge quiere algo sencillo. Registro civil, comida, música. Nada más.
—¿Y tú?
Tardó bastante en contestar.
—Yo quería demostrar que también podía tener algo espectacular.
Ahí estaba.
La verdad.
No quería una boda.
Quería una fotografía capaz de convencer a los demás de que su vida era más exitosa de lo que era en realidad.
