—¿Cuánto piensa aportar usted, de su propio bolsillo, para esa boda?
Catalina Aguado se atragantó con su propia saliva.
—Bueno… yo le doy apoyo moral.
—Me refería a dinero.
—No tengo por qué explicarle a usted mi situación económica.
—Pero sí considera razonable que su nuera entregue 35.000 €.
La expresión de Catalina cambió de golpe.
Carlos Ortega, sentado a mi lado, bajó la mirada para que nadie notara la sonrisa que estaba intentando contener.
Pero Salvador Fuentes todavía no había terminado.
Le pidió a Nuria Sánchez que llamara a Jorge Herrera y pusiera el móvil en manos libres.
—Dígale que la ayuda solo se aprobará si los dos aceptan comprometerse durante un año a pagar primero sus propias deudas, antes de recibir un solo euro para la celebración.
Nuria marcó el número.
Cuando Jorge escuchó la condición, ni siquiera dudó.
—¿Un año? Venga ya, cariño. Entonces que tu cuñada lo pague, como se había dicho al principio.
Salvador cortó el altavoz.
Catalina estaba roja como un tomate.
—¿Van a decirnos de una vez si nos dan el dinero o no?
Salvador abrió una carpeta, sacó un documento y lo dejó sobre la mesa.
—Sí. Ya he tomado una decisión.
Nuria alargó la mano de inmediato.
Pero antes de que sus dedos tocaran el papel, Salvador pronunció una frase que dejó a Catalina completamente inmóvil.
—Antes quiero que Mónica les explique quién soy en realidad.
Lo que escucharon después convirtió su boda soñada en una vergüenza familiar que nadie olvidaría fácilmente.
Nuria me miró, desconcertada.
—¿Qué significa eso de “quién es en realidad”?
Catalina giró la cabeza hacia mí muy despacio.
Vi cómo le cambiaba la cara.
Primero apareció la curiosidad.
Después, la desconfianza.
Y al final, esa mirada que yo conocía demasiado bien: la que ponía cada vez que entendía que algo se le estaba escapando de las manos.
Salvador se reclinó en su silla.
—Adelante, Mónica.
Inspiré hondo.
—No existe ningún programa que financie bodas.
Nuria parpadeó.
—¿Qué?
—Salvador es amigo mío y cliente de mi agencia. Le conté lo que habíais hecho.
Catalina se levantó de golpe.
—¿Nos habéis tendido una trampa?
—No. Os he ofrecido exactamente lo mismo que vosotros me exigíais a mí: dinero ajeno, dinero por el que no habíais trabajado ni asumido ninguna responsabilidad. La única diferencia es que Salvador quiso saber antes si de verdad lo necesitabais y qué estabais dispuestos a poner de vuestra parte.
—¡Nos has humillado!
Salvador dio un golpecito suave sobre la mesa con su bolígrafo.
—Perdone, señora Aguado, pero nadie la obligó a venir.
—¡Nos han engañado!
—Yo no les prometí ni un euro. Su nuera solo dijo que conocía a alguien que tal vez podría orientarlos o ayudarlos. Ustedes oyeron “dinero gratis” y salieron corriendo.
Nuria empezó a llorar.
—Esto es cruel.
Carlos, que hasta ese momento había guardado silencio, habló por fin.
—Cruel fue anunciar delante de cuarenta familiares que Mónica pagaría 35.000 € sin haberle preguntado antes.
Nuria lo miró fijamente.
—¡Soy tu hermana!
—Precisamente. Eres mi hermana. No mi hija.
—¿Y eso qué quiere decir? ¿Que no puedes ayudarme?
—Ayudar a alguien y financiarle la vida entera no son la misma cosa.
Catalina soltó una risa seca.
—Míralo. Ahora ya habla como ella.
Aquella frase encendió algo en Carlos.
Se puso de pie.
—No, mamá. Hablo como un adulto.
El silencio cayó de inmediato.
Yo conocía a mi marido.
Carlos era tranquilo. Evitaba los enfrentamientos familiares. Durante años había cedido en mil pequeñas cosas solo para no discutir con su madre.
Pero esa vez no retrocedió ni un milímetro.
—Llevas años pidiéndole dinero a Mónica y llamándolo “apoyo familiar”. Ella pagó los medicamentos de papá cuando estuvo enfermo. Organizó gratis tu fiesta de sesenta cumpleaños. Consiguió proveedores para la fiesta de los dieciocho de Beatriz Guerrero. Le prestamos dinero a Nuria para que cambiara de coche y jamás lo devolvió. Y ahora, de pronto, también se supone que Mónica tiene la obligación de pagar una boda solo porque gana bien.
Nuria bajó la vista.
Catalina respondió:
—Esas cosas se hacen por la familia.
—Entonces dime cuánto vas a pagar tú.
—Ya he dicho que no tengo dinero.
—¿Y Nuria?
Mi cuñada se cruzó de brazos.
—Jorge y yo estamos empezando nuestra vida juntos.
—¿Y Jorge?
—Tiene sus proyectos.
—O sea, que tres adultos juntos tienen exactamente cero euros para una boda, pero han decidido que una cuarta adulta debe poner 35.000.
Nadie contestó.
Salvador sonrió apenas.
—Por eso hago preguntas antes de invertir en un negocio. La gente revela mucho de sí misma cuando tiene que explicar qué piensa hacer con el dinero de otros.
Catalina agarró el bolso.
—Vamos, Nuria. No tenemos nada más que hablar con esta gente.
Pero, justo antes de cruzar la puerta, me señaló con el dedo.
—Te diré una cosa, Mónica. Después de esto, para mí ya no formas parte de la familia.
No sé qué reacción esperaba de mí.
Quizá pensaba que iba a llorar.
O a suplicarle.
O a disculparme por defender mi propio dinero.
En lugar de eso, dije:
—Entonces espero que, a partir de ahora, tampoco me lleguen más facturas familiares.
Salvador soltó una carcajada.
Catalina abrió la puerta de un tirón.
—Eres fría y calculadora.
—Soy organizadora de eventos. Calcular forma literalmente parte de mi trabajo.
Se marcharon.
Yo creí que el asunto había terminado ahí.
Me equivocaba.
Dos horas más tarde empezaron a llegar los primeros mensajes.
El primero fue de Esther Romero, la tía de Carlos:
“¿Es verdad que prometiste pagar la boda y luego humillaste a Nuria a propósito?”
Después escribió Mateo Morales, un primo:
“Dicen que llevaste a tu suegra a ver a un hombre rico para reíros de ella.”
Luego apareció el mensaje de otra prima de Carlos:
“¿Por qué tuviste que hacer algo así? Si tienes dinero, podrías haber ayudado.”
Entonces comprendí la segunda parte del plan de Catalina.
Ya había contado su propia versión de la historia.
Según ella, yo me había ofrecido voluntariamente a organizar y costear la boda, después me había echado atrás y, por último, había contratado a un hombre adinerado para montar una falsa entrevista y burlarse de Catalina y de Nuria.
En su relato, por supuesto, no aparecía la reserva que habían hecho utilizando el nombre de mi empresa.
Tampoco mencionaba los 35.000 € que habían prometido sin mi consentimiento.
Y, claro, dejó fuera algo todavía más revelador.
