Lucía levantó la voz, ya incapaz de contenerse.
—¡Me educaste para ser cómoda! Para agradar a todo el mundo, para callarme, para aguantar sin rechistar. Pues se acabó. Ya no quiero vivir así.
—¡Histérica! —la tía Teresa se tambaleó, llevándose una mano al pecho—. Eso pasa cuando una se cree más de lo que es. Compráis una casa y ya os pensáis que sois alguien.
—¡Sí! —estalló Marcos—. ¡Nos lo hemos creído! ¿Os dais cuenta de la barbaridad? Queremos vivir en NUESTRA casa. Solos. Levantarnos a la hora que nos dé la gana. Desayunar en la terraza. Bañarnos desnudos en el mar. Hacer el amor donde nos apetezca. ¡En NUESTRA casa!
Los niños soltaron unas risitas. Paula se apresuró a taparles los oídos.
—¡Decir esas cosas delante de los críos!
—¡Yo no he invitado a los críos! —replicó Marcos—. ¡Ni a ellos ni a nadie!
Lucas Sanz se encogió de hombros, como si todo aquello le diera igual.
—Pues nada. Me iré a casa de Álvaro Torres. Él también tiene una casa cerca del mar. Y bastante mejor que la vuestra.
—¡Perfecto, pues vete!
Se hizo un silencio espeso. Todos miraban a Lucía y a Marcos. Ellos permanecían juntos, cogidos de la mano, firmes en medio del salón.
—Entonces nos estáis echando —dijo la madre de Lucía entre dientes.
—Os estamos pidiendo que dejéis libre nuestra casa —respondió Lucía con una calma dura.
—Esto no se me va a olvidar. Ya lo creo que no. Luego no vengáis a pedirme ayuda.
—No la esperamos.
Paula reunió a los niños con gesto ofendido.
—Vamos. Donde no nos quieren, sobramos.
—Paula, no hagas una tragedia —murmuró Lucía, agotada—. Simplemente hay límites.
—¡La familia no tiene límites!
—Sí los tiene. Y vosotros los habéis cruzado.
Al caer la tarde, la casa quedó por fin vacía. Se marcharon cargados de resentimiento, dando portazos y prometiendo que aquello “lo recordarían”. La madre de Lucía lloró, lamentándose por la hija ingrata que le había tocado. Paula juró que jamás se lo perdonaría. Lucas se fue sin decir adiós. La tía Teresa y su acompañante pidieron un taxi y, antes de salir, se llevaron “para el camino” una botella de vino.
Lucía y Marcos se quedaron sentados en la terraza. La casa parecía haber pasado por una tormenta: platos sucios, ropa tirada, manchas en los sofás, dibujos infantiles en las paredes. Pero estaba vacía. En calma. Solo se escuchaba el rumor del mar.
—¿Crees que hemos hecho lo correcto? —preguntó Lucía en voz baja.
—No lo sé —contestó Marcos—. Pero yo ya no podía seguir de otra manera.
—Mamá no me lo va a perdonar.
—Se le pasará. No tiene otra.
—¿Y Paula?
—También. Cuando tenga su propia casa, lo entenderá.
Guardaron silencio. El sol descendía sobre el mar y teñía el agua de un rosa suave.
—¿Sabes qué es lo que más duele? —Lucía se apoyó contra su marido—. Que nosotros queríamos compartir esto. Invitar gente. Celebrar cosas bonitas.
—Invitar, sí. Pero con invitación. Un fin de semana. No soportar una invasión familiar.
—¿Y si somos egoístas?
—Puede ser. ¿Y qué? Tenemos derecho. Es nuestra casa. Nuestro sueño.
El móvil de Lucía no dejaba de vibrar. Lo sacó, miró la pantalla. Mensajes de su madre, de Paula, de tías, de tíos: todos indignados, todos reprochando, todos exigiendo que entrara en razón.
—Escribámosles a todos —propuso Marcos.
