«¿Qué es él para usted? ¿Su hijo o un pariente decorativo?» dijo Lucía, acusando a su suegra de regalar el piso a Rebeca y negarle a Javier su lugar en la familia

Qué mundo tan injusto y dolorosamente egoísta.
Historias

Javier se acercó a su mujer y le rodeó los hombros con un brazo.

—Gracias —murmuró, casi sin voz.

—No me las des —respondió Lucía Navarro en el mismo tono bajo—. No lo hago por ella. Lo hago por ti.

Aquella noche, Lucía no consiguió pegar ojo. Permaneció tumbada, oyendo la respiración pausada de Javier, mientras las ideas se le enredaban una tras otra. Le venían a la mente las frases de Mercè Benítez, sus lamentos, aquella sumisión tan repentina. Sin embargo, algo no encajaba. Mercè había aceptado demasiado deprisa las condiciones. Se había ido a dormir con una docilidad impropia de ella. Había tragado la humillación con una calma sospechosa. Una mujer acostumbrada a imponer su voluntad no se rendía así, sin plantar cara.

Al final, Lucía se levantó. Se echó una bata por encima y salió hacia la cocina. En el pasillo quedaba encendida una lamparita tenue. Junto a la maleta de su suegra estaba su bolso. Lucía sabía perfectamente que revisar las cosas de otra persona era una falta de respeto. Aun así, su instinto le decía que allí había algo importante. Se agachó, abrió la cremallera con cuidado y miró dentro. Había una cartera, un pañuelo, medicamentos y varios papeles. Sacó una hoja doblada. Era una copia del contrato de donación. Recorrió las líneas deprisa con la mirada.

Entonces se quedó helada.

En el apartado de obligaciones de la persona beneficiaria figuraba una cláusula clara: la receptora se comprometía a garantizar a la donante el derecho de residencia vitalicia en la vivienda transmitida. Debajo aparecía la firma de Rebeca Ibáñez. Lucía dio la vuelta al documento. En el reverso había una anotación escrita a mano: la donante renunciaba a ese derecho de forma voluntaria y sin reclamaciones. Al pie estaba la firma de Mercè Benítez. Pero aquella firma resultaba extraña. Las letras temblaban, los trazos se cortaban. Parecía hecha por una mano guiada a la fuerza, o por alguien en un momento en que no podía oponerse.

Lucía tragó saliva. Eso cambiaba por completo la situación. Mercè no se había limitado a entregar el piso. También había firmado la renuncia a vivir allí. ¿Voluntariamente? Difícil de creer. Rebeca la había engañado de una manera mucho más retorcida de lo que parecía al principio. Y ahora su suegra sabía que no podía recuperar nada con facilidad. Pero ¿por qué le había ocultado ese documento a su hijo? ¿Por qué no se lo enseñó?

Un ruido leve llegó desde la habitación. Lucía metió los papeles de nuevo en el bolso a toda prisa y regresó al dormitorio. Javier seguía dormido. Ella se acostó a su lado y clavó los ojos en el techo. Las ideas no dejaban de dar vueltas. Si Mercè escondía aquel contrato, era porque se avergonzaba. O quizá porque planeaba algo. O, simplemente, porque no quería que Javier supiera hasta qué punto se había dejado manipular.

Pero Lucía había entendido una cosa esencial: ahora tenía una carta fuerte en la mano. Y no pensaba desperdiciarla.

Al día siguiente, mientras Javier estaba en el trabajo, decidió enfrentarse a su suegra sin rodeos. Mercè permanecía sentada en el sofá, repasando unas fotografías antiguas que había traído consigo. Lucía se colocó frente a ella.

—Mercè Benítez, he visto su contrato de donación.

La mujer dio un respingo y levantó la vista.

—¿Has hurgado en mis cosas?

—Sí. Y no me arrepiento. Ahí dice que usted conservaba el derecho a vivir en ese piso de por vida. Y en el reverso renunció a ese derecho. ¿Por qué?

Mercè se puso pálida.

—Eso no te incumbe.

—Claro que me incumbe. Está viviendo en mi casa y necesito saber con quién estoy tratando. Usted renunció a residir en la vivienda de su hija. ¿Para qué? ¿La obligó ella?

Durante un buen rato, Mercè guardó silencio. Después soltó un suspiro cansado.

—Rebeca me dijo que era una formalidad. Que, de todos modos, yo seguiría viviendo con ella. Según ella, hacía falta ese papel para que el piso quedara limpio si algún día se vendía. Yo firmé. No imaginé que fuera a engañarme.

—Es su hija. ¿Cómo no se le ocurrió dudar?

—Es sangre de mi sangre —la voz de Mercè se quebró—. Confiaba en ella más que en mí misma.

Lucía negó despacio con la cabeza.

—¿Y ahora qué? ¿Pensaba callarse? ¿Instalarse aquí y fingir que no pasa nada?

—¿Y qué quieres que haga? —Mercè alzó la voz—. ¿Ir a los tribunales? ¿Quitarle el piso? ¡Rebeca se hundiría! Tiene préstamos, tiene planes, no saldría adelante.

—¿Y usted sí? —Lucía se inclinó hacia ella—. Se ha quedado sin vivienda, sin ahorros y sin domicilio estable. Su pensión será de unos cien euros, si llega. Ha vivido toda la vida sacrificándose por su hija, y ella la ha echado como si fuera un trasto inútil. ¿Y todavía la defiende?

Mercè se cubrió la cara con ambas manos.

—No sé vivir de otra manera. Siempre la quise más. Javier es fuerte, se las arregla solo. Rebeca es más débil. Ella necesita ayuda.

Lucía se puso en pie.

—¿Tiene siquiera idea del daño que le hace a su hijo? Él trabaja sin descanso para pagar este piso en el que usted está sentada ahora mismo. En cambio, su hermana recibió todo sin mover un dedo. Y aun así usted encuentra la forma de justificarla.

Mercè no contestó. Se giró hacia la ventana y permaneció callada. Lucía comprendió que por ese camino no iba a obtener nada más. Cogió el móvil y se marchó a la cocina. Marcó el número de Rebeca Ibáñez. Sonó una vez. Luego otra. Y otra.

—¿Sí? —respondió al fin una voz irritada.

—Rebeca, soy Lucía. Tu madre está en nuestra casa. Tenemos que hablar.

—¿Hablar de qué? —la voz de su cuñada se volvió fría—. ¿De que no fue capaz de hacer algo tan sencillo? Le di un piso, lo arreglé, y luego decidió que no quería vivir conmigo.

—¿Que ella no quiso? —Lucía soltó una risa seca—. Tú cambiaste la cerradura. Tú la hiciste firmar la renuncia a su derecho de vivienda. La echaste a la calle, sin más.

—Eso es cosa de nuestra familia. No te metas.

—Ya me he metido. Y escucha bien: tu madre puede demandarte. Puede pedir que se anule la operación si demuestra que firmó engañada. Y tenemos pruebas.

Al otro lado se hizo un silencio denso. Después Rebeca se echó a reír.

—Que lo intente. No irá contra mí. Soy su hija. Me quiere.

—Ya veremos —dijo Lucía, y cortó la llamada.

Por la tarde regresó Javier. Se le veía agotado.

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