Allí abrió una bolsa y comenzó a guardar lo imprescindible. No había vacilación en sus gestos: cada movimiento era firme, medido, casi frío. Hugo apareció sin decir nada, con la mochila del colegio y los cuadernos apretados contra el pecho.
—Mamá… ¿la abuela es mala? —preguntó en voz baja.
—No, cariño. No es eso. Simplemente no encajamos.
—¿Y Carlos?
Natalia se quedó inmóvil un instante. Sus ojos se posaron en la fotografía de boda que aún estaba sobre la mesilla.
—Carlos… tampoco es una mala persona —respondió al fin—. Solo está muy perdido.
Cuando ya estaban listos para marcharse, Carlos Iglesias apareció en el umbral.
—Natalia, no te vayas. Hablemos con calma, por favor.
—¿De qué quieres que hablemos, Carlos? Estabas dispuesto a vender lo que pertenece a mi hijo para comprarle un regalo a tu madre. ¿Qué explicación puede tener eso?
—¡Es mi madre! ¡Ha hecho muchísimo por mí!
—¿Y por eso yo tengo que quitarle a Hugo su futuro solo porque ella lo desea?
—¡No es un capricho! Esa casa de campo es su sueño.
Natalia lo miró largo rato, sin bajar la vista.
—Cuando yo era pequeña, mi madre también tenía sueños. Un vestido nuevo, un viaje, muchas cosas. Pero jamás me pidió que le entregara algo que era mío para cumplirlos. Porque entendía una cosa muy sencilla: un niño necesita tener algo propio, algo que nadie pueda arrebatarle.
—Natalia, espera…
Pero ella ya había tomado a Hugo de la mano y se dirigía hacia la puerta.
El piso al que se mudaron era pequeño, aunque acogedor. En apenas una semana Natalia Gil logró dejarlo en condiciones; ahora todo estaba limpio, ordenado y lleno de luz. Hugo se instaló un rincón de juegos en una esquina y colgó sus dibujos en la pared.
—Mamá, ¿estamos bien así, los dos solos? —le preguntó una noche mientras ponían la mesa.
—Estamos muy bien, mi vida.
Y era verdad. Ya no existía aquella tensión constante. No tenía que medir cada palabra, ni vigilar el humor de los demás, ni justificar cada paso que daba. Solo entonces Natalia comprendió hasta qué punto la había agotado aquella vida.
Durante las dos primeras semanas, Carlos aún la llamó varias veces. Le suplicó que volviera, prometió hablar con su madre, juró que nunca más mencionaría la habitación de Hugo. Pero Natalia no podía olvidar su mirada de aquella noche. Recordaba demasiado bien con qué facilidad había aceptado sacrificar los intereses del niño.
—¿Lo entiendes? —le dijo en la última conversación—. El problema no es la habitación. El problema es que nunca viste a Hugo como a tu hijo. Para ti siempre fue una carga, exactamente como dijo tu madre.
—¡Eso no es cierto!
—Sí lo es, Carlos. Si no, jamás habrías propuesto vender su herencia.
Después de aquello, él dejó de llamarla.
Un mes más tarde, Natalia presentó la demanda de divorcio. Dos semanas después conoció a Manuel Iglesias.
Vivía en el piso de al lado, trabajaba como programador y, desde la muerte de su esposa, criaba solo a su hijo de ocho años. Se conocieron de la forma más corriente posible: Hugo enfermó y Natalia necesitaba ir con urgencia a la farmacia. Manuel se ofreció a quedarse con el niño.
—Estoy acostumbrado —dijo con sencillez—. Yo también tengo en casa un pequeño terremoto de la misma edad.
El hijo de Manuel, Pablo Torres, era un niño tranquilo y aficionado a la lectura. Él y Hugo congeniaron enseguida: hacían los deberes juntos y, después, jugaban un rato con el ordenador.
—Mamá —comentó Hugo una vez—, Manuel nunca me pregunta por qué no tengo papá.
—¿Y Carlos te lo preguntaba?
—No, pero yo notaba que le incomodaba. Manuel, en cambio, dice que las familias pueden ser distintas y que eso está perfectamente bien.
Natalia estaba sentada en la cocina diminuta, bebiendo té, y pensaba en lo extraños que eran a veces los caminos de la vida. Medio año atrás era una mujer casada, vivía en un piso grande y soñaba con estabilidad.
