Con esa “pérdida”, pensó Claudia, su hija saldría adelante. Al fin y al cabo, Jorge Ochoa jamás se había ocupado realmente de ella.
Él se quedó parado con la boca entreabierta, sin encontrar una sola frase para defenderse. La verdad le había pegado justo donde dolía. Con rabia empezó a aventar su ropa dentro de una maleta; jalaba las prendas de los cajones como si quisiera arrancar también la madera. Cada tirón al cierre sonaba a berrinche, como si la culpa fuera de la tela y no de él.
Sus resoplidos, sus movimientos bruscos, esa manera de azotar las cosas, parecían una provocación. Pero Claudia ya no mordió el anzuelo. Permaneció sentada, quieta, observándolo revisar los estantes y barrer con todo lo que encontraba a su paso.
—Vas a ver… te vas a arrepentir… —masculló entre dientes—. De todos modos vas a regresar…
Un minuto después, la puerta principal se cerró de golpe.
El departamento quedó sumido en un silencio extraño, profundo. Y por primera vez en muchos años, Claudia sintió que el aire le entraba completo al pecho. Silvia Lara seguía sentada frente a ella, con los ojos muy abiertos, todavía incapaz de asimilar lo que acababa de presenciar.
—Clau… ¿qué fue todo esto? —preguntó en voz baja cuando Claudia volvió a sentarse.
Claudia soltó un suspiro largo. Y entonces se lo contó todo. Le habló de cómo Jorge llevaba meses diciendo que “buscaba trabajo”, aunque en realidad pasaba los días tirado en el sillón; de cómo se había gastado el último dinero en cerveza en vez de comprar comida; de sus salidas nocturnas y sus regresos de madrugada; de esa convivencia fría en la que ya no parecían familia, sino simples vecinos obligados a compartir techo. Le confesó también que cada día hacía cuentas para ver si alcanzaba hasta el fin de semana; que Camila se avergonzaba de ver a su mamá tan descuidada, tan cansada. Y lo más doloroso: que hacía mucho tiempo Claudia evitaba mirarse al espejo, no por las arrugas, sino por la desesperación que se le había instalado en la cara.
Silvia la escuchó sin interrumpirla ni una vez. Su expresión se fue endureciendo; apretó la mandíbula, y la mirada se le volvió más seria. De pronto, cuando Claudia todavía hablaba, la cortó con una frase inesperada:
—Vente a vivir conmigo.
Claudia parpadeó, confundida.
—¿A… dónde?
—Conmigo —repitió Silvia—. A mi ciudad. Rafael Domínguez justo está buscando una contadora. Pero no cualquiera: necesita a alguien que sepa, que tenga experiencia, que sea responsable. Y tú eres exactamente eso. Le haces falta.
—Silvia… —Claudia bajó la vista, incómoda—. Pero ¿cómo voy a…? Yo aquí tengo…
—¿Qué tienes aquí? —la interrumpió Silvia con suavidad—. ¿A Jorge? Ya no. ¿A tus papás? Tampoco. ¿Tu trabajo? Tú misma dijiste que ahí no hay futuro.
—Pero Camila… su escuela está aquí, sus amigas…
Silvia le tomó la mano con firmeza.
—Hablas con ella. Le explicas. Eres una buena mamá, Claudia. Camila confía en ti. Si tú le haces entender que mudarse puede ser una oportunidad, lo va a aceptar. A veces los niños se adaptan más rápido que nosotros.
Claudia volvió a suspirar. En el fondo, la pregunta era inevitable: ¿qué la retenía realmente en ese lugar?
El sábado por la mañana, el teléfono de Norma Contreras no dejó de sonar, aunque esta vez fue ella quien llamó una y otra vez hasta que Claudia contestó.
—¡Claudia! ¿Qué le hiciste a Jorge? —gritó apenas escuchó su voz—. ¡Llegó conmigo diciendo que lo corriste! ¡Lo vas a dejar entrar ahora mismo! ¡Es tu marido! ¿Me oíste? ¡Tu marido!
Claudia estaba sentada en la cocina, tranquila, con una taza de café entre las manos. Dejó que la avalancha de acusaciones pasara sin moverse.
—¡Y además! —chilló su exsuegra, subiendo todavía más el tono—. ¡Les vamos a pelear el departamento! ¡A Jorge le corresponde!
Una sonrisa apenas visible apareció en los labios de Claudia. Justo esa amenaza la esperaba.
—Señora Norma, el departamento es mío. Era de mi papá. Le convendría revisar bien las leyes antes de ponerse a amenazar.
—Pero… pero… —Norma se atoró con sus propias palabras.
—Así que no pierda el tiempo tratando de asustarme. Y mucha suerte con Jorge.
El Año Nuevo lo celebraron Claudia y Camila en silencio, solo ellas dos; pero por primera vez en mucho tiempo, fueron felices. Compraron una botella pequeña de sidra, uvas, pan dulce y un postre caro que Claudia jamás se permitía. Camila estrenó una blusa nueva, corrió de un lado a otro por el departamento, se rió, prendió luces de bengala en la terraza y no dejó de abrazar a su mamá.
—¡Mamá, mamá, vamos a ver los cohetes! —insistió, jalándola de la mano.
Salieron al aire frío de la noche. El cielo se encendía con colores sobre los edificios, y Camila miraba los fuegos artificiales con una alegría tan limpia que a Claudia se le hizo un nudo en la garganta. Parecía que, por fin, el mundo se acordaba de ellas.
Miró a su hija y pensó:
“Por ella valió la pena aguantar. Y por ella también es hora de cambiarlo todo.”
Después de las fiestas de enero, Claudia entró a la oficina de su jefa sin darle más vueltas y dejó su renuncia sobre el escritorio.
—¿Estás segura? —le preguntaron.
—Completamente —respondió ella.
Y al decirlo sintió una libertad enorme, como si después de caminar kilómetros con una carga encima, por fin pudiera soltarla.
El divorcio con Jorge Ochoa salió más rápido de lo que imaginó. Él intentó hacer escándalo, exigió dinero, lanzó amenazas y quiso hacerse la víctima. Pero esta vez la ley estaba del lado de Claudia.
En primavera vendió el departamento. Ella y Camila subieron a un autobús de larga distancia y se fueron a una ciudad grande, llena de ruido, movimiento y posibilidades. Silvia Lara las recibió y ayudó a Claudia a encontrar un lugar bonito en una zona nueva, tranquila, donde podían empezar de cero. También la conectó con un buen empleo, con un sueldo que antes le habría parecido imposible.
Camila entró a una escuela distinta y sorprendió a su mamá: se adaptó con facilidad, hizo amigas en poco tiempo y, al mes, ya se reía por teléfono mucho más de lo que antes se reía en casa.
Claudia, por su parte, dejó de contar cada peso como si fuera el último. Ya no esperaba la quincena como quien espera un milagro, ni se le helaba la sangre cada vez que sonaba el celular, porque ya no había suegra que la intimidara.
Después de muchos años, se compró una chamarra acolchada nueva, un gorro bonito y unas botas calientitas. Por las tardes, Claudia y Camila caminaban tomadas de la mano por las calles de su nueva ciudad. Y las dos sentían lo mismo, aunque no siempre lo dijeran en voz alta: la vida, por fin, empezaba a verse clara. Y también empezaba a sentirse verdadera.
