…Pero, en el fondo, Natalia sabía que intentaba engañarse. El Año Nuevo no iba a traer ningún milagro. Nada cambiaría por arte de magia; al contrario, tenía la sensación de que todo podía ponerse todavía más cuesta arriba.
En la oficina, el trabajo la absorbió como una máquina. Tecleó documentos, ordenó carpetas, contestó llamadas, revisó papeles… hacía cada cosa casi sin pensar, como si alguien la hubiera puesto en modo automático. Aun así, en alguna parte de su pecho seguía clavada la amargura de aquella mirada apagada de la mañana.
Cuando por fin llegó la pausa para comer, Natalia se permitió sentarse un momento, abrir el recipiente con pasta y soltar el aire que llevaba reteniendo desde hacía horas. Pero apenas había tomado el tenedor, el móvil vibró sobre la mesa. Era Martina.
—Mamá… —su voz sonó bajita, cuidadosa, como si antes de pedir nada ya estuviera preparada para escuchar un no—. Quería preguntarte si…
—Claro, mi vida —la interrumpió Natalia, más rápido de lo que la niña alcanzó a terminar la frase—. Ahora mismo te paso el dinero. Para la entrada y también para las palomitas. Ve con tus amigas, pásalo bien.
Al otro lado se hizo un silencio brevísimo, pero tan intenso que pareció llenar toda la habitación. Martina no debía de creer lo que acababa de oír.
—¡Mamá! ¡Mami, gracias! Yo… ¡te lo voy a contar todo, todo!
Natalia notó cómo regresaba a la voz de su hija aquella nota alegre, ligera, casi transparente, que hacía demasiado tiempo no escuchaba.
—Que lo disfrutes, mi conejita.
Colgó y abrió de inmediato la aplicación del banco. En la cuenta quedaba una cantidad ridícula, casi nada. Aun así, no dudó ni un segundo: escribió el número de Martina y envió la transferencia. Lo que le quedaba. Lo último.
Después miró su pasta, triste y seca, sin albóndigas, sin ensalada, y de pronto sintió una paz inesperada. Como si al comprarle a su hija una entrada de cine le hubiera comprado también un pedacito de infancia normal.
Al caer la tarde, la ciudad quedó cubierta por la nieve. Los copos descendían en grandes mechones blancos, como en esas películas españolas de otra época, aunque allí no había nada de encanto ni de alegría. El transporte iba con retraso, y los autobuses avanzaban por las calles a paso de caracol.
Natalia llevaba ya veinte minutos en la parada, empapada y helada hasta los huesos. Cuando por fin apareció el autobús, la gente se lanzó hacia las puertas. Ella logró entrar con esfuerzo, apretada entre abrigos, bolsos y codos, tan pegada a la barra que apenas podía mover los dedos.
Justo entonces sonó su teléfono. Era su suegra, Susana, que parecía tener un talento especial para llamar siempre en el peor momento. Natalia cerró los ojos un instante y dejó escapar un suspiro. No podía haber elegido una ocasión más inoportuna.
—¿Sí? —contestó, intentando sostener el móvil sin que se le resbalara y acabara bajo los pies de la multitud.
—Natalia, seré breve —anunció Susana sin saludar siquiera—. Antes de las fiestas hay que hacer una limpieza a fondo. Necesito que vengas a limpiar nuestro piso. Javier me dijo que este fin de semana lo tienes libre.
Natalia estuvo a punto de soltar el teléfono, pero lo apretó con más fuerza.
Se quedó paralizada.
Era el último fin de semana antes de Año Nuevo. Le había prometido a Martina que decorarían la casa, pondrían el árbol y hornearían galletas caseras, aunque solo fuera para inventarse un poco de ambiente festivo dentro de aquella vida tan gris.
—Susana, yo… ya tenía planes. Martina y yo íbamos a…
—¡Tus cosas pueden esperar! —la cortó su suegra con sequedad—. Yo ya soy mayor, no puedo con todo eso. Es tu obligación ayudarnos.
Natalia se mordió la lengua para no responderle como le habría gustado. Sabía perfectamente que el problema no era la edad de Susana, sino aquella dependencia interminable del tabaco que la dejaba sin aliento incluso después de cruzar el salón.
—Hablamos luego, ¿de acuerdo? Ahora no puedo…
—No hay nada más que hablar. Queda decidido. Te espero el sábado.
La llamada se cortó antes de que Natalia pudiera decir una sola palabra más. Atrapada en el autobús, apenas conseguía mantenerse en pie y conservar el equilibrio. Devolver la llamada era imposible: estaba medio apoyada sobre una pierna, comprimida por la gente como si la hubieran metido en una prensa.
Llegó a casa tarde, agotada, helada y con la sensación de que le habían exprimido hasta la última gota de energía. Pero, en cuanto abrió la puerta, Martina corrió hacia ella. Tenía los ojos brillantes, las mejillas encendidas y una felicidad que le iluminaba toda la cara.
—¡Mamá! ¡Ha sido increíble! Y había una parte súper graciosa… —la niña hablaba sin parar mientras la arrastraba hacia la cocina—. ¡Te he calentado la cena! Mira, siéntate aquí. Te he puesto tu taza. Mamá, de verdad, ¡ha sido genial!
Natalia la miró con los ojos cansados, pero sintió que algo tibio le aflojaba el nudo del pecho. Martina estaba contenta, y eso valía más que cualquier otra cosa. Le acarició el hombro, escuchó sus relatos atropellados y sonrió, aunque apenas le quedaban fuerzas para mantenerse despierta.
Javier no estaba en casa, pese a que el reloj de la pared marcaba ya las ocho. Natalia ni siquiera se sorprendió. Hacía tiempo que aquello formaba parte de la normalidad de su vida.
Solo le dijo a su hija, en voz baja:
—Lo importante es que has tenido un buen día, cariño.
Martina salió corriendo hacia su habitación para llamar a una amiga. Incluso a través de la pared, Natalia podía oír su risa clara, esa risa que últimamente aparecía cada vez con menos frecuencia.
Con movimientos lentos, Natalia recogió los platos de la cena, enjuagó las tazas y pasó un paño por la mesa. Cada gesto le costaba un esfuerzo enorme; el cansancio se le había instalado sobre los hombros como una losa de plomo.
