—Antes de las fiestas hay que hacer una limpieza a fondo. Ven a limpiar nuestro piso. Javier me ha dicho que este fin de semana estás libre.
—Susana, yo… tenía otros planes. Martina y yo…
—¡Tus planes pueden esperar! —la interrumpió con sequedad—. Yo ya soy mayor y estas cosas me cuestan. Es tu obligación echarnos una mano.
Natalia se levantó a las seis, como todos los días. Salió de la habitación casi sin hacer ruido, de puntillas, para no despertar a su hija Martina, fue a la cocina, puso el hervidor en marcha y, mientras el agua empezaba a calentarse, cogió el móvil.
Desde hacía tres meses, sus mañanas comenzaban exactamente igual: abría la aplicación del banco y calculaba cuántos días faltaban para cobrar. En la tarjeta apenas quedaba nada, y el sueldo no llegaría hasta la semana siguiente.

Dejó el teléfono sobre la mesa, soltó el aire con cansancio y apoyó las palmas en el alféizar. En una silla seguía tirada, desde la noche anterior, la vieja chaqueta escolar de Martina, aquella a la que Natalia había remendado con cuidado una manga. A la niña ya le quedaba casi pequeña, pero comprar una nueva era un sueño imposible.
El día anterior, al volver del colegio, a Martina se le había roto una bota de invierno: la suela se abrió de golpe, como si ya no pudiera resistir más. Natalia había visto cómo su hija intentaba ocultar el desperfecto para no entristecerla.
Aquella misma tarde, madre e hija estaban en la zapatería más cercana, buscando las botas más baratas que, al menos, fueran nuevas y abrigaran.
—Mamá, ¿para qué? Todavía puedo ir con estas…
—No, cariño. El invierno acaba de empezar. No vas a andar con los zapatos agujereados. Te vas a poner enferma…
Y otra vez el presupuesto, que ya casi no existía, quedó aún más hundido.
Cuando regresaron a casa, desde la habitación llegó un suspiro pesado y el arrastre perezoso de unas zapatillas. Era Javier. Se había levantado tarde porque se había acostado casi al amanecer, después de interminables directos con sus amigos. El resto del día solía pasarlo tumbado en la cama, sin prisa por nada.
—¿Por qué habéis tardado tanto? —masculló al pasar junto a ellas, sin mirar siquiera a su esposa.
—Hemos comprado unas botas de invierno para Martina.
—¿No tenías otra cosa mejor en la que gastar? ¿Te sobra el dinero? —saltó él.
—¡No! Precisamente el problema es que no sobra nada. Pero nuestra hija tenía las botas rotas. ¡Ya va siendo hora de que espabiles, Javier! —le respondió Natalia, incapaz de contenerse.
—¿Y ahora por qué te pones así? —gruñó él—. Ya te dije que encontraré trabajo. Pero no puedo aceptar cualquier cosa. Soy un hombre, ¿o qué?
Natalia apretó los labios. Durante los últimos tres meses había escuchado esa frase tantas veces que ya le resultaba insoportable. Al principio, Javier anunció que trabajaría como repartidor.
—¡Eso sí que es un buen curro! ¡Los repartidores ganan bastante!
Pero después de que en tres ocasiones no le confirmaran los pedidos y, para colmo, le descontaran dinero de la cuenta, Javier cambió de opinión.
—¡Son unos estafadores! —gritaba—. ¡No ha sido culpa mía! ¡Me tendieron una trampa!
El resultado fue que no ganó nada y, además, terminó perdiendo dinero. Luego intentó conducir para una plataforma de taxis. Tampoco salió bien: no le asignaban trayectos buenos y mejor pagados porque su coche era de una categoría económica, y a los conductores nuevos casi nunca les tocaban pedidos rentables. Así que acabó encerrado en casa, ofendido con el mundo entero.
Mientras tanto, Natalia cargaba sola con todos los gastos de la familia: comida, ropa, colegio, facturas, medicinas.
A la mañana siguiente, cuando Martina apenas empezaba a despertarse para prepararse e ir a clase, Natalia ya estaba a punto de salir al trabajo. Como siempre, la niña se acercó para darle un beso en la mejilla, pero sus ojos recorrieron de forma rápida el aspecto de su madre: el anorak viejo, gastado hasta el cansancio, y el gorro de siempre, los mismos desde hacía unos cinco años.
Natalia captó aquella mirada y se le encogió el corazón. Su hija se avergonzaba.
—Mamá, hoy después del cole Paloma y Sofía van al cine a ver una película de Año Nuevo. ¿Podría… ir con ellas?
Se le quebró la voz. Ni siquiera quería pedirlo.
—Llámame cuando salgas de clase. A lo mejor podemos arreglarlo y encuentro algo de dinero.
Pero Martina ya conocía la respuesta. Ir al cine era un lujo para su familia. Siempre lo había sido, aunque ahora la falta de dinero dolía con más fuerza que nunca. La niña asintió, fingiendo creer en aquella posibilidad, y se fue a vestirse.
Cuando Natalia llegó a la oficina, se sentó en su mesa y hundió la cara entre las manos. Estaba a punto de cumplir cuarenta. Llevaba diez años en el mismo puesto, ahorraba siempre en sí misma, usaba desde hacía cinco inviernos el mismo abrigo, que ni siquiera después de lavarlo parecía más decente.
Y todos los meses hacía cuentas: cuántos días faltaban para el sueldo, para el anticipo, para ese instante en que por fin pudiera comprarle algo nuevo a Martina y evitar que la niña mirara a las demás con una envidia silenciosa.
Natalia no se quejaba. Simplemente seguía adelante. Pero aquel día… aquel día todo pesaba más de lo habitual. De pronto imaginó a Martina frente al cine, viendo cómo sus compañeras compraban palomitas, mientras ella decía: “Yo no quiero”. Natalia se limpió una lágrima, suspiró y murmuró la frase que se repetía cada mañana:
—Un poco más. Aguantaremos. Todo se arreglará… ya falta muy poco.
