«¿El alioli este se te ha puesto malo o era parte de la receta?» dijo Lucía con asco, y la velada familiar se tensó

La noche resultó vergonzosa y dolorosamente hipócrita.
Historias

—¿La verdad? Que cocinar nunca ha sido lo tuyo. No tienes mano para esto.

—¿Y lo mío, entonces, es pagar la hipoteca? —preguntó Claudia Lozano.

Alejandro Molina se removió en la silla, incómodo.

—Clau… Claudia, no empieces. Es una celebración.

—¿Celebración? —Ella recorrió la mesa con la mirada—. Estáis todos sentados con unas caras como si os hubiera servido veneno para ratas.

—¿Y ahora la culpa es nuestra si la comida está mala? —resopló Lucía Delgado—. Yo he venido de invitada, ¿sabes? Tengo derecho a un servicio decente.

Un servicio decente.

Lucía tenía veintiséis años. No trabajaba en ninguna parte. Seis meses atrás, Claudia Lozano le había liquidado un microcrédito. Cuatrocientos cincuenta euros. Lucía los había pedido para comprarse un iPhone nuevo, y al final hubo que devolverlos con el dinero de la casa de Alejandro Molina y Claudia. Más exactamente, con los ahorros escondidos de Claudia, porque por entonces Alejandro se había quedado sin paga extra.

—¿Quieres servicio? —Claudia dio un paso hacia la mesa—. Vete a un restaurante.

—Dame dinero y me voy encantada —replicó Lucía con una sonrisa torcida—. Total, Alejandrito te entrega todo el sueldo.

—Lucía, hija, no seas mordaz —la reprendió Montserrat Díaz con falsa suavidad. Y enseguida clavó los ojos en Claudia—. Aunque la chica no va desencaminada. Vivís como si os sobrara el dinero. Mira, comprando salmón. Y mi hijo lleva una chaqueta de hace dos temporadas.

Claudia miró a su marido.

—Alejandro. Dile a tu madre de quién es ese salmón.

Alejandro bajó la vista hacia el plato vacío.

—Mamá, habíamos quedado en que no íbamos a meternos con nuestro dinero.

—¡Yo no cuento vuestro dinero, me preocupo por mi hijo! —la voz de la suegra subió de tono—. Él se deja la piel trabajando y tú le pones mayonesa agria. ¡Y encima vas por ahí cargada de oro!

Claudia solo llevaba unos pendientes diminutos de plata.

En la cocina sonó el temporizador del horno. El pato ya estaba hecho.

Claudia se dio la vuelta y salió del comedor. Sacó la bandeja pesada con cuidado. El ave lucía una costra dorada; alrededor chisporroteaban las manzanas. Olía a romero y a miel.

Tomó una fuente grande, trasladó el pato con esmero y lo bañó con la salsa.

Se quedó mirándolo.

Perfecto.

Volvió hacia el salón con la fuente entre las manos. En la cabeza le golpeaba una sola pregunta: ¿para qué estoy haciendo todo esto?

—Ah, por fin algo caliente —se animó Lucía—. A ver si esto al menos se puede comer.

Claudia dejó el pato en el centro de la mesa.

Montserrat Díaz entornó los ojos.

—Te has pasado de horno. Mira las alas, casi negras. Va a estar seco como una suela.

Lucía pinchó la pechuga con el tenedor.

—Uf, está duro. Pero duro de verdad. Claudia, ¿miraste la receta por internet? En todas partes dicen que hay que hacerlo en bolsa de asar.

Alejandro agarró el cuchillo, cortó un trozo y empezó a masticar.

—El pato está normal. Un poco correoso, sí, pero se puede comer. Claudia, tráeme kétchup.

—¿Kétchup? ¿Para un pato con salsa de miel? —Claudia lo miró fijamente.

—Es que está seco de verdad, raspa la garganta. Trae el kétchup.

Aquello fue el final.

Ni siquiera un punto final. Fue como chocar contra un muro de hormigón.

Claudia observó la mesa. Los ciento ochenta euros desperdigados y aplastados en los platos. Su suegra hurgándose entre los dientes con un palillo mientras miraba el salmón. Su cuñada torciendo la boca con desprecio. Su marido pidiendo kétchup.

—No —dijo Claudia Lozano.

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