También traía su sillón preferido, que colocó como si ya le perteneciera aquel rincón de la casa. La búsqueda de una vivienda nueva avanzaba sin ninguna prisa: el agente inmobiliario “no devolvía las llamadas”, los barrios “no le convencían”, los precios “eran una barbaridad”. Las semanas se fueron estirando hasta convertirse en meses. Las maletas terminaron ocultas dentro de los armarios. El sillón se adueñó del mejor sitio junto a la ventana.
Claudia Benítez notaba cómo el aire de la casa cambiaba poco a poco, pero guardaba silencio. Se decía que, tarde o temprano, todo volvería a su cauce.
Las normas empezaron a modificarse casi sin ruido, una tras otra, como si alguien moviera los muebles de sitio mientras los demás dormían.
Primero le llamaron la atención a Lucas Vázquez por correr por el pasillo.
—Ese niño pisa como un caballo —comentó Pilar Ramos durante la cena, sin mirar a nadie en particular.
Sergio Espinosa levantó la vista hacia su hijo.
—Lucas, más despacio, por favor. A la abuela le cuesta soportar tanto ruido.
Claudia no dijo nada. Después llegaron otras prohibiciones: nada de dibujos animados sin auriculares, porque la televisión “le crispaba los nervios”; nada de llamadas con los amigos en manos libres; y, más adelante, tampoco amigos en casa, porque Pilar aseguró que los niños ajenos solo traían desorden. Lucas podía jugar únicamente en su habitación y solo hasta las siete de la tarde. Incluso una carcajada demasiado alegre bastaba para que desde el salón apareciera una mirada de reproche.
—Mi madre necesita tranquilidad —repetía Sergio cada vez que Claudia intentaba objetar algo—. Ponte en su lugar. Ya no es joven.
Y Claudia se ponía en su lugar. Una vez. Y otra. Y otra más.
Se obligaba a pensar que aquello era pasajero. Que su suegra se cansaba con facilidad. Que Sergio, en el fondo, solo quería evitar una discusión. Pero Lucas se iba apagando semana tras semana. Ya no entraba corriendo por las mañanas. Ya no dejaba piezas de construcción sobre la mesa del salón. Cada vez pasaba más tiempo encerrado en su cuarto, con la tableta o con un libro, como si salir de allí requiriera permiso.
Una noche, Claudia asomó la cabeza por la puerta de su habitación. Lucas estaba tumbado en la cama, con la mirada fija en el techo.
—¿Por qué no duermes? —le preguntó en voz baja.
Él tardó unos segundos en responder. Luego giró la cabeza hacia ella.
—Mamá… ¿os molesto?
Claudia se sentó a su lado y lo abrazó con más fuerza de la que había previsto. No encontró ninguna frase que pudiera reparar aquello. Y Lucas no volvió a preguntar.
El domingo salieron todos juntos a pasear: Claudia, Sergio, Lucas y Pilar. En la calle se estaba bien; el sol de otoño iluminaba las aceras y Lucas avanzaba dando patadas a las hojas secas, riéndose como hacía tiempo que no lo hacía. Claudia lo observaba y pensaba que así, exactamente así, debía sentirse una casa.
Al volver, se puso enseguida con la cena. Lucas rondaba cerca de ella, colocaba los platos sobre la mesa y preguntaba si podía poner el pan en la cesta.
