—Claro que sí —respondió Claudia, y le acarició el pelo con una ternura distraída.
La mesa quedó casi festiva. Había colocado hasta unas velas pequeñas, metidas en portavelas de cristal, porque deseaba que aquella cena tuviera algo de hogar, de calma, de noche amable.
Pilar Ramos apareció en el salón y se dejó caer en un sillón como si acabara de cruzar media ciudad a pie.
—Estoy agotadísima —dijo, alargando el suspiro—. Lucas Vázquez, hijo, ¿podrías no hacer tanto ruido con los platos?
El niño se quedó quieto al instante. Dejó la última pieza de la vajilla con un cuidado exagerado y se apartó un paso.
Entonces Sergio Espinosa miró a Claudia con gesto impaciente.
—Llévatelo a la cocina. Que cene allí. Nosotros queremos comer tranquilos.
El silencio cayó de golpe, pesado, absoluto. Lucas no protestó. Ni siquiera levantó la voz para preguntar por qué. Simplemente cogió su plato con las dos manos y empezó a caminar despacio hacia la cocina, como si aquello fuera lo normal, como si ya hubiera aprendido que su sitio podía desaparecer de la mesa sin explicación.
Claudia lo siguió con la mirada. Vio su espalda pequeña, los hombros hundidos, el plato sujeto entre los dedos.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó justificar nada. No le dijo a Sergio que estaba bien. No le pidió a Lucas que aguantara un poco más. Se quedó inmóvil, mirando cómo su hijo se marchaba a cenar solo a la cocina dentro de un piso que también era suyo.
Apenas pasó un segundo. Claudia avanzó en silencio, alcanzó al niño, le retiró con suavidad el plato de las manos y lo devolvió a la mesa, exactamente al lugar que le correspondía.
—Siéntate —le dijo a Lucas, en voz baja, acercándole la silla.
El pequeño obedeció, confundido, sin comprender del todo qué estaba ocurriendo. Claudia se sentó a su lado.
Sergio la observó primero con sorpresa; enseguida, esa expresión se convirtió en enfado.
—Claudia, ¿a qué viene este numerito? Mi madre está cansada y yo solo he pedido algo básico…
—Este piso es mío —lo interrumpió ella, con una serenidad que no tembló—. Y también es el hogar de mi hijo. Si a alguien le molesta compartir mesa con un niño, o le parece que aquí hay demasiado ruido, puede irse a cenar a la cocina por su cuenta.
Pilar soltó un gemido teatral y se llevó una mano al pecho.
—Ya veo, ya veo. Echan de la mesa a una persona mayor. Lo que me faltaba por vivir.
—Nadie la está echando —contestó Claudia sin alterar el tono—. Usted está sentada a la mesa. Mi hijo también. Y así va a ser.
Sergio alzó la voz. Empezó a hablar de respeto, de consideración, de ingratitud. Claudia no lo cortó. Se levantó despacio, fue hasta la estantería, abrió un cajón y sacó la carpeta donde guardaba los documentos del piso. Luego la dejó delante de su marido.
—Si hace falta, te recuerdo de quién es esta vivienda.
