«¡Cúbranle la cara de inmediato! ¡Nadie debe verla!» — ordenó su padre al nacer, sellando su destino tras vendas

Aquella prohibición cruel marcó mi destino.
Historias

Nadie me habló jamás de sueños propios, de estudiar una carrera o de dedicarme a algo que de verdad me apasionara.

A veces sentía que mi destino ya estaba escrito desde antes de que yo naciera, como si alguien hubiera decidido por mí cada paso de mi vida sin preguntarme nada.

Pero había una duda que me atormentaba más que todas las demás.

¿Cómo era mi rostro?

Cuando tenía nueve años, encontré por accidente un espejo grande en una de las habitaciones vacías de la casa. Entré despacio, cerré la puerta con mucho cuidado y, con los dedos temblándome, empecé a desenvolver las vendas que cubrían mi cara.

Apenas había logrado quitarme unas cuantas capas.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

Varios guardaespaldas entraron como si hubieran estado esperando ese momento.

—¡Detente ahora mismo!

Me cubrieron de nuevo el rostro a toda prisa y después me llevaron ante mi padre.

Estaba fuera de sí.

—Te prohibí hacer eso —dijo con una furia que me heló la sangre.

Como castigo, me dejaron dos días completos sin comida y sin agua.

Después de aquello, el miedo fue más fuerte que mi curiosidad. Sin embargo, algunos años más tarde, volví a sentir que ya no podía soportarlo.

Esperé a que todos durmieran, saqué un espejito de bolsillo que una de las empleadas había metido a escondidas para mí y traté otra vez de retirarme las vendas.

Los guardias aparecieron de nuevo, como salidos de la nada.

Me dio la impresión de que me vigilaban a todas horas, de día y de noche, sin apartar jamás los ojos de mí.

Desde entonces, mi padre mandó colocar todavía más hombres cerca de mi habitación. Con el tiempo, dejé de luchar.

Solo de vez en cuando me atrevía a suplicarle.

—Por favor, si mi cara es tan horrible como dices, al menos deja que me hagan una cirugía plástica.

Cada vez que escuchaba eso, su mirada se volvía dura y fría como el hielo.

—No. Ese tema no se vuelve a tocar.

—¿Pero por qué?

—Porque yo lo digo.

Nunca me dio una explicación.

Los años fueron pasando uno detrás de otro. Me acostumbré tanto a vivir detrás de aquellas vendas que, por momentos, ya ni siquiera podía imaginarme sin ellas.

El día que cumplí dieciocho años, mi padre organizó una recepción lujosa.

Después de la cena, me mandó llamar.

—Felicidades. Desde hoy eres una mujer adulta.

Sonreí con timidez.

—Gracias, padre.

Él continuó con una calma inquietante:

—Ya encontré un esposo para ti. La boda será dentro de un mes.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Pero… si ni siquiera lo conozco.

Vivencia