—Eso no tiene la menor importancia.
—¿Y si yo no quiero? —me atreví a preguntar.
Mi padre clavó la mirada en mí, sin parpadear.
—A ti nadie te está pidiendo permiso.
El hombre con quien pretendían casarme era hijo de un empresario inmensamente rico. Se comportaba con educación, sí, pero había en él una frialdad que me mantenía a distancia. En las pocas ocasiones en que nos vimos antes de la boda, casi nunca me dirigió la vista. Prefería hablar con mi padre de acciones, propiedades y contratos que firmarían más adelante.
Un día, por pura casualidad, escuché una conversación suya con uno de sus amigos.
—Lo importante es que, después de la boda, mi suegro firme los documentos. Lo demás me da exactamente igual.
En ese instante entendí mi verdadero papel: para él, yo no era una esposa, sino una pieza más dentro de un negocio enorme.
Finalmente llegó el día de la ceremonia.
Mi padre me llevó del brazo hasta el altar. Los invitados fingían discreción, pero sus ojos se iban una y otra vez hacia las vendas que cubrían mi rostro. Murmuraban entre ellos, bajito, como si yo no pudiera escucharlos.
Nadie, por supuesto, se atrevió a preguntar nada.
Horas después, todo había terminado.
Esa misma noche mi esposo y yo viajamos a una enorme mansión en las afueras, una propiedad que mi padre nos había entregado como regalo de bodas.
Por primera vez en mi vida no había guardaespaldas vigilándome de cerca.
Cuando la puerta de la recámara se cerró detrás de nosotros, mi esposo me miró con absoluta indiferencia y dijo:
—No me importa cómo te veas. Este matrimonio nos conviene a los dos. Vive como quieras, pero no te metas en mis asuntos.
Luego salió al balcón y me dejó sola.
Me acerqué despacio al espejo.
El corazón me golpeaba con tanta fuerza que las manos empezaron a temblarme.
Con extremo cuidado solté la primera capa de tela.
Después la segunda.
Luego la tercera.
Pasaron cerca de diez minutos antes de que el último pedazo blanco cayera al piso.
Levanté la cabeza lentamente y me enfrenté al reflejo.
Y entonces…
El impacto fue tan grande que las piernas me fallaron.
Pero no porque hubiera visto una deformidad.
Desde el espejo me observaba una joven hermosa, con la piel perfectamente lisa, ojos profundos y facciones delicadas, equilibradas, casi imposibles.
Me quedé mirándome durante un largo rato, incapaz de comprender lo que estaba pasando.
—Esto no puede ser… —susurré.
Durante toda mi vida me habían repetido lo mismo:
