¡No para esto te eduqué!
Después volvió a girarse hacia Natalia Marín, y en sus ojos pareció prenderse un chisporroteo de rabia.
—Pues que te quede claro de una vez. No vas a recibir ni un euro. Paula Ramírez se queda a vivir aquí. Y si se te ocurre echarla, aténgase a las consecuencias. Te vas a arrepentir de haber unido tu vida a nuestra familia.
La amenaza de Isabel Carrasco quedó suspendida en el salón, espesa y venenosa, como un gas salido de un pantano. La pronunció con la seguridad de una soberana que dicta su voluntad ante súbditos torpes. En su rostro se instaló una expresión triunfal: acababa de poner en su sitio a una arribista insolente. Esperaba lágrimas, súplicas, rendición. Álvaro Molina parecía haberse encogido; de pronto daba la impresión de ser más bajo, más pequeño. Miraba alternativamente a su madre y a su esposa, con la cara pálida y desgraciada de quien acaba de ser azotado en público. Paula Ramírez, que hasta entonces casi se había fundido con las paredes, alzó los hombros hasta esconder el cuello.
Pero Natalia Marín no lloró. Tampoco levantó la voz. En lugar de eso, ocurrió algo extraño. En su cara, hasta ese instante convertida en una máscara fría e impenetrable, apareció una sombra de alivio. Como si llevara mucho tiempo resolviendo un problema complicado y, por fin, hubiese encontrado la única respuesta correcta, limpia, elegante. Una sonrisa mínima le rozó la comisura de los labios; no era una sonrisa alegre, sino afilada, casi depredadora, como la de un cirujano que ya ha localizado el tumor y sabe exactamente por dónde debe cortar.
Recorrió con la mirada a los tres, despacio. Primero observó a su suegra, en cuyos ojos ardía la llama arrogante del mando. Luego se detuvo en Paula Ramírez, una figura muda y asustada, una marioneta en manos de su madre. Por último, sus ojos se clavaron en Álvaro Molina. Lo miró durante varios segundos, con una atención nueva, como si acabara de verlo por primera vez. Ya no como a su marido, sino como a un objeto ajeno, fuera de lugar, dentro de su propia casa. No vio a un hombre, ni a un compañero. Vio un eslabón débil, una puerta abierta para los caprichos de otros, un hijo eterno incapaz de convertirse en esposo. Y en ese instante tomó la decisión.
—Tiene razón, Isabel Carrasco —dijo de pronto, con una suavidad inesperada.
La suegra irguió la espalda, victoriosa. Álvaro Molina miró a su mujer con una chispa de esperanza. ¿Acaso… había cedido?
Natalia Marín se acercó a la mesa y tomó la hoja del contrato. La sostuvo con ambas manos, como si fuese algo valioso. Después, ante los ojos atónitos de aquella familia, la rasgó lentamente en dos, con un crujido seco y cortante. Luego volvió a romperla. Y otra vez más. No lo hacía impulsada por la ira; destruía el documento con método, con una calma helada, hasta convertirlo en un puñado de trozos pequeños, casi iguales, arrancados con cuidado. No fue un arrebato, sino un ritual calculado. Cuando terminó, abrió la mano, y los pedazos de papel cayeron sin ruido dentro de la elegante papelera de ratán situada junto a su escritorio.
—No habrá contrato —continuó con la misma voz serena y uniforme. Miró a Isabel Carrasco, que permanecía paralizada—. No habrá cuentas. Y no habrá ningún pago.
—Por fin. Parece que al final lo has entendido —siseó la suegra, con una sonrisa de triunfo.
Natalia Marín no le respondió. Su mirada se deslizó hacia Paula Ramírez.
—Paula no va a vivir aquí. Ni un solo día.
El rostro de Isabel Carrasco empezó a cambiar lentamente. La sonrisa se le descolgó de los labios; el color volvió a subirle por las mejillas, pero ya no era el rubor de una indignación segura de sí misma, sino el de una confusión torpe, desorientada.
Entonces Natalia asestó el último golpe, el definitivo. Volvió a mirar directamente a su marido.
—Y tú tampoco, Álvaro Molina.
Las palabras cayeron en el silencio como piedras en un pozo profundo. Álvaro se quedó rígido, con la boca apenas entreabierta, pero de ella no salió sonido alguno. Parecía que le hubieran arrancado el aire de los pulmones con un solo gesto.
—Veo que no me has oído bien —repitió Natalia, sosteniéndole la mirada con una calma implacable—. He dicho que tú ya no vives aquí. Te doy exactamente una hora para recoger tus cosas. Puedes llevarte todo lo que hayas comprado tú. Después coges a tu hermana y os vais los dos a casa de tu madre. Tiene un piso grande. Allí os sentiréis muy cómodos.
Se hizo un silencio absoluto, ensordecedor. Isabel Carrasco miraba a su nuera como si se hubiera transformado en un monstruo delante de sus ojos. Había llegado con la intención de instalar a su hija en aquel piso, y el resultado era que su propio hijo acababa de ser expulsado. Su estrategia “genial” se había convertido en una catástrofe.
—Tú… tú no puedes hacer eso… —logró murmurar por fin Álvaro Molina, como si intentara agarrarse al aire.
—Sí puedo. Este piso es mío —respondió Natalia Marín sin titubear—. El tiempo empieza ahora. Si dentro de una hora seguís cualquiera de vosotros en mi casa, llamaré a un servicio para que cambien la cerradura. Tus cosas te estarán esperando en bolsas, en el rellano.
Se dio la vuelta y, sin concederles ni una mirada más, caminó tranquilamente hacia su dormitorio. No dio un portazo. Solo cerró la puerta con suavidad a su espalda, dejándolos a los tres en el salón: desconcertados, humillados, aplastados. Convertidos, de forma definitiva e irreversible, en extraños dentro de aquella casa.
El escándalo había terminado.
La familia, también.
