«¡Estoy harto!» gritó Luis Herrera al lanzar el móvil contra el sofá

Una relación tóxica e insoportable que desgasta.
Historias

—Sí puede —respondió Luis. Su voz sonó extraña: ni enfadada ni rota. Casi vacía.

Isabel se marchó aquella misma noche. Pidió un taxi, recogió las bolsas con las que había llegado y, de paso, añadió otras dos. Antes de salir, se quedó un instante en el umbral.

—Te vas a arrepentir.

—Puede ser —aceptó Carmen.

No lo dijo con ironía. De verdad contemplaba esa posibilidad. Sabía que habría momentos difíciles, noches en las que quizá le entrarían ganas de llamar y decir: «Vuelve». Sabía que, al principio, el silencio de la casa podía pesarle demasiado. No se engañaba.

Pero también sabía otra cosa.

Luis siguió viviendo allí una semana más. Apenas se dirigían la palabra. Cada uno se refugiaba en una habitación distinta y, en la cocina, se cedían el paso con una cortesía casi absurda. Aquello se parecía a un hotel caro en el que dos desconocidos se hubieran quedado atrapados por la cancelación de un viaje. El sábado siguiente, él hizo la maleta.

—Me iré unos días con mi madre —dijo.

—Está bien.

—Carmen. —Se detuvo en la entrada—. Yo no quería que acabáramos así.

Ella lo miró. Miró a aquel hombre al que, en otro tiempo, había elegido. No era una mala persona. Eso habría sido más sencillo. Solo era débil. Débil desde tan hondo y desde hacía tanto tiempo que ya ni siquiera era capaz de notarlo.

—Lo sé, Luis —contestó ella—. No querías. Simplemente ocurrió.

La puerta se cerró.

Paula llegó una hora después, con una pizza y sin hacer preguntas innecesarias. Se sentaron en la cocina, comieron y hablaron de cualquier cosa: del trabajo, de la nueva temporada de una serie, de que por fin habían puesto bancos decentes en el parque de la calle Mayor. Una conversación normal entre dos mujeres adultas un viernes por la noche.

—¿Cómo estás? —preguntó Paula al final.

Carmen lo pensó unos segundos.

—Bien. De verdad, bien.

—¿No te asusta quedarte sola?

—Sí —admitió—. Pero es otro miedo. No el de antes.

Paula asintió y no insistió. Sabía cuándo callar, y Carmen la quería también por eso.

Cuando su amiga se fue, Carmen recorrió la vivienda despacio. Encendió las luces de todas las habitaciones, solo porque le apetecía verlas iluminadas. Retiró de la mesa unas tazas ajenas que Isabel había dejado olvidadas en el aparador. Volvió a colocar sus botes en la despensa, exactamente en el sitio donde siempre habían estado.

Gestos pequeños. Nada heroico.

Y, sin embargo, era su casa, sus estanterías, su orden. A las once de la noche, en aquella calma escogida por ella misma, todo eso le pareció enormemente importante.

No sabía qué vendría después. El juzgado, los papeles, más conversaciones. Tal vez Luis regresara, no a ella, sino con reclamaciones, con un abogado, con frases nuevas aprendidas de otros. Tal vez Isabel Morales aún se sacara algo de la manga; no era de las que renunciaban sin pronunciar la última palabra.

Pero todo eso, aquella noche, pertenecía al día siguiente.

Carmen apagó la luz principal, dejó encendida solo la lámpara de pie junto al sofá, cogió el libro que llevaba tres meses sin conseguir terminar y lo abrió, por fin, por la página adecuada.

Al otro lado de la ventana, la ciudad murmuraba. Suave, conocida, igual que siempre.

Y ella leyó.

El juicio se celebró en septiembre. Fue breve, sin escenas, casi rutinario. Rafael Ortega había tenido razón: el piso quedó en manos de Carmen sin demasiada discusión. La documentación estaba impecable y la compra no dejaba sombras. Luis acudió con un abogado, pero no había nada que repartir, salvo unos pocos bienes comunes que, después de cinco años, cabían en un solo montacargas.

Isabel Morales no apareció en la sala. A Carmen ni siquiera le sorprendió.

Al salir de la vista, se quedó un momento en los escalones y levantó la cara hacia el sol de otoño. Septiembre había llegado templado, inesperadamente amable, como si al verano le costara marcharse del todo. Cerca de allí, las primeras hojas caídas crujían bajo los pasos de la gente.

Luis la alcanzó junto a la verja.

—Carmen.

Ella se volvió.

Parecía distinto al de aquel verano. Quizá había adelgazado, o quizá era su rostro el que había cambiado. Se veía más definido, como una fotografía que por fin hubiera encontrado el enfoque.

—Quería decirte algo. —Guardó silencio un instante—. Tenías razón. En todo.

Carmen lo observó y pensó que, cinco años atrás, esas palabras la habrían sacudido por completo. Las había esperado, las había buscado, incluso había imaginado situaciones en las que él, al fin, se las diría. Ahora habían llegado, y dentro de ella no pasó nada. Solo silencio.

—Lo sé —respondió.

No fue crueldad. Fue sinceridad.

Se separaron allí mismo, cada uno hacia un lado: ella rumbo al metro, él hacia el aparcamiento. Mientras caminaba, Carmen pensó que quizá aquello era el final. No uno solemne ni hermoso, sin música ni grandes frases. Solo dos personas tomando caminos distintos.

Por la noche llamó a su madre. Hacía mucho que lo aplazaba. Hablaron durante un buen rato, de todo y de nada. Su madre se rió contando una tontería sobre la gata de una vecina, y Carmen también se rio, ligera, sin tener que esforzarse.

Después de colgar, se acercó a la ventana. En el patio estaban encendidas las farolas, y el caballito de muelle seguía en su sitio, igual de rojizo, igual de desconchado.

Carmen lo miró y sonrió.

Al final, resistía.

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