El silencio que siguió tuvo peso propio.
Luis no se puso colorado, no saltó de la cama ni negó de inmediato. Se limitó a bajar la mirada, y ese gesto dijo bastante más que cualquier confesión.
—¿Quién te lo ha contado?
—Eso ahora da igual.
—No es… no es como tú crees.
—Perfecto —respondió Carmen, con una calma que no le tembló—. Entonces dime cómo es.
Pero él no supo explicarlo. Habló durante un buen rato: de una etapa difícil, de que no había sido nada importante, de que ella siempre estaba ocupada, siempre agotada. Carmen lo escuchaba y pensaba en lo raro que era el ser humano: incluso cuando debía hablar del daño que había causado, encontraba la manera de hablar de sí mismo.
—Se llama Lucía Castro —acabó diciendo él, como si pronunciar el nombre modificara algo—. La conocí por unos amigos comunes. No pasó nada. Bueno… casi nada.
Casi. Ahí estaba la palabra que lo resumía todo.
—Entiendo —dijo Carmen.
Al otro lado de la pared, Isabel Morales soltó una carcajada por algo que daban en la televisión. Fue una risa sonora, satisfecha. Y en aquel sonido hubo algo que hizo que Carmen se quedara inmóvil. ¿Y si su suegra lo sabía? Siempre había estado demasiado tranquila. Demasiado segura de sí misma. Aquella conversación sobre instalarse allí, el ultimátum de Luis… ¿no encajaba todo con demasiada precisión?
Carmen se levantó.
—¿Adónde vas? —preguntó él.
—Vuelvo enseguida.
Salió al salón. Isabel levantó los ojos de la pantalla y, durante una fracción de segundo, algo afilado cruzó su mirada. No era sorpresa. Era espera.
—Isabel —dijo Carmen—. ¿Usted sabía lo de Lucía?
La mujer parpadeó. Luego se encogió de hombros con una ligereza excesiva, demasiado rápida para ser natural.
—No sé de qué me hablas.
A Carmen se le aceleró el pulso, pero no por miedo, sino porque acababa de comprender. En aquel “no sé” había justamente lo que no debía haber: indiferencia donde tendría que haber aparecido asombro.
Regresó al dormitorio, cerró la puerta y se sentó en la silla junto a la ventana. Detrás del cristal, la tarde se estaba apagando; la ciudad pasaba poco a poco de la luz al negro, y en los edificios de enfrente empezaban a encenderse ventanas. Vidas ajenas, luces ajenas.
Luis seguía en el borde de la cama.
—Ella lo sabía —dijo Carmen. No fue una pregunta, sino una afirmación.
—Carmen…
—Luis, solo te voy a pedir una cosa. Dime la verdad. Por una vez en tu vida, simplemente la verdad.
Él estuvo largo rato mirando sus propias manos. Después habló sin alzar la cabeza.
—Fue ella quien nos presentó. En febrero. Me dijo que Lucía era una buena chica, que con ella todo sería más fácil.
Carmen asintió despacio.
—Más fácil que conmigo.
—Yo no he dicho eso.
—Pero lo pensaste.
Él no contestó. Y ambos sabían que el silencio también era una respuesta.
Así que esa era la historia vista desde dentro. Isabel Morales, que jamás había aceptado a su nuera, que durante cinco años había caminado por aquella casa como si estuviera pisando territorio enemigo, sencillamente había buscado un recambio. Sin prisa, con método, sonriendo. Le presentó a su hijo una “buena chica”, lo empujó un poco, esperó. Y luego apareció con sus tarros, sus bolsas y su aire de dueña para rematar la faena.
El ultimátum de la noche anterior no había sido un arrebato. Era el último acto de una obra que Carmen ni siquiera sabía que estaba presenciando.
A la mañana siguiente se levantó temprano. Mientras los demás dormían, preparó café, lo bebió de pie junto a la cocina y escribió tres mensajes: uno al abogado, otro al trabajo y otro a Paula Suárez. Después se vistió, cogió el bolso y salió.
A las siete, la ciudad parecía otra: callada, todavía medio dormida, con olor a asfalto húmedo y a pan recién hecho que salía de la panadería de la esquina. Carmen caminó hasta el pequeño jardín de la calle del Parque y se sentó en un banco. Cerca de allí, un anciano paseaba a un teckel que olfateaba cada arbusto con seriedad profesional, concentrado en su tarea. Carmen lo observó y pensó que tal vez había que vivir así: avanzar y hacer lo que correspondía. Sin discursos innecesarios.
Llamó a Rafael Ortega a las ocho y media.
—Empezamos —le dijo.
—¿Está segura?
—Completamente.
Luis encontró los papeles el viernes por la tarde. El sobre estaba sobre la mesa de la cocina, sujeto con el salero. Lo abrió, leyó, volvió a leer. Luego salió al pasillo con las hojas en la mano.
—¿Qué es esto?
—La notificación de inicio del procedimiento de divorcio —contestó Carmen—. Está todo explicado ahí. Léelo con atención.
—¿No podías avisarme antes?
—¿Tú me avisaste antes de soltarme tu ultimátum?
Isabel apareció desde el salón con la bata puesta y un vaso de té en la mano. Miró el documento que sostenía su hijo, luego a Carmen. Y por primera vez en cinco años no encontró nada que decir.
—Isabel —se dirigió a ella Carmen—, le pido que recoja sus cosas. Hoy.
—Esta es la casa de mi hijo —empezó la suegra.
—No. Es mi piso. Está a mi nombre en las escrituras. Su hijo lo sabe perfectamente.
—¡Luisito! —Isabel se volvió hacia él con aquella expresión que siempre le había funcionado: madre ofendida, víctima de una injusticia, exigiendo apoyo. Pero Luis permanecía quieto, mirando los papeles. Parecía que solo entonces estaba leyendo de verdad lo que ponían: cifras, términos legales, sellos. No había bienes gananciales que repartir; la vivienda era propiedad privativa de Carmen, adquirida antes del matrimonio, y no entraba en ninguna división.
—Ella no puede echarnos —dijo Isabel, ya con la voz más baja.
