«¡Lárgate de aquí, esta no es tu casa!», chilló mi suegra. Lo que no podía imaginar era que mi nombre figuraba en el testamento…
En la cocina cayó un silencio espeso, pesado, casi tangible, como una niebla cerrada que lo cubriera todo. El trigo sarraceno y las albóndigas que Carlos Ramírez había dejado sobre la mesa se fueron enfriando despacio, convertidos en una imagen muda de aquella cena familiar hecha pedazos… y quizá también de la vida que hasta entonces habían conocido.
—¿Qué… qué has dicho? —fue Pilar Rubio quien reaccionó primero.
Su voz, normalmente afilada como una sierra, sonó de pronto ronca, apagada. Miraba a Andrea Flores como si, delante de sus ojos, le hubiera salido una segunda cabeza.
Carlos también se quedó con la boca entreabierta, inmóvil, con el tenedor suspendido a medio camino. La sorpresa de su rostro fue cambiando poco a poco: primero desconcierto, después incredulidad y, finalmente, una irritación cada vez más evidente.

—Andrea, deja ya este numerito —masculló—. ¿Qué testamento ni qué tonterías? No tiene ninguna gracia.
—No estoy bromeando —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una calma que no parecía de este mundo.
Por dentro, todo se le había encogido hasta volverse un nudo helado, pero no permitió que se le notara. Había esperado demasiado tiempo aquel instante.
—Estoy diciendo la verdad. Tu padre, Javier Galán, que en paz descanse, dejó un testamento. Y en ese documento consta que, tras su fallecimiento, el piso pasaba a ser mío.
Pilar Rubio soltó un sonido extraño, a medio camino entre una risa nerviosa y un suspiro ahogado.
—Pero ¿tú estás mal de la cabeza, muchacha? —gritó, recuperando de golpe su tono de combate—. ¿Qué testamento? ¡Javier murió hace siete años! La vivienda era del matrimonio y, al morir él, yo quedé como única propietaria. ¡Tengo los papeles!
—Usted tiene los documentos de propiedad expedidos conforme a la ley como cónyuge superviviente —explicó Andrea despacio, casi como si recitara una lección aprendida de memoria—. Yo tengo un testamento. Y la última voluntad del fallecido tiene prioridad.
—¡Mientes! —aulló la suegra, con manchas rojas encendiéndosele en la cara.
Avanzó hacia Andrea agitando los puños.
—¡Mientes, zorra! ¡Has falsificado ese papel y ahora quieres chantajearnos! ¿Pretendes quitarnos el piso?
—Mamá, tranquilízate —intervino Carlos, levantándose bruscamente de la mesa.
Se colocó entre su esposa y su madre, como si temiera que la discusión acabara en golpes.
—Andrea, enséñame ese… documento.
Ella asintió en silencio. Salió de la cocina y regresó al cabo de un minuto con una vieja carpeta de cartón. De su interior sacó una hoja doblada en cuatro, amarillenta por el paso del tiempo, y se la tendió a Carlos.
Él la tomó con cautela, como si no fuera papel, sino una serpiente viva. La desplegó. Sus ojos recorrieron con rapidez las líneas mecanografiadas. Al final de la página destacaban la firma enérgica de su padre y un sello azul.
Pilar Rubio le arrancó el documento de las manos. Sus dedos largos, semejantes a garras, temblaban.
—«Yo, Javier Galán, en pleno uso de mis facultades mentales y con memoria clara…» —leyó entre dientes, casi en voz alta.
La voz se le quebró.
—«…lego todos mis bienes, se encuentren donde se encuentren y consistan en lo que consistan, en particular el piso de dos habitaciones situado en el número… a Andrea Flores…»
No pudo seguir. El papel se le escapó de las manos y descendió suavemente hasta el suelo.
—¡Es falso! —bramó.
En aquel grito no había solo rabia: también se oía un miedo primitivo, animal.
—¡Es una falsificación! ¡Mi Javier jamás habría hecho algo así! ¡Él me quería!
—Los quería —dijo Andrea en voz baja—. Pero no estaba ciego. Veía perfectamente cómo trataba usted a los demás. Y deseaba muchísimo tener un nieto. Además, el testamento incluye una condición.
Carlos se agachó y recogió la hoja.
—¿Qué condición? —preguntó con la garganta seca.
—Sigue leyendo —indicó Andrea con un leve gesto—. «…con la condición de que el derecho de propiedad le sea transmitido únicamente si da a luz un hijo de mi hijo, Carlos Ramírez».
Carlos bajó la mano en la que sostenía el testamento. Miró el vientre redondeado de su mujer y luego el rostro desencajado de su madre. En su cabeza, las piezas empezaron a encajar lentamente, y lo que aparecía ante él resultaba terrible.
Su padre, aquel hombre callado y de pocas palabras, al que su madre había aplastado durante toda la vida, había tomado una decisión enorme a sus espaldas. ¿Por qué? La respuesta era evidente, pero la mente de Carlos se resistía a aceptarla.
—Lo hizo… lo hizo para protegerte —susurró, mirando a Andrea—. De ella.
—Lo hizo para proteger el futuro de su familia —lo corrigió Andrea con suavidad—. Para que su nieto tuviera un techo propio.
