«¡Estoy harto!» gritó Luis Herrera al lanzar el móvil contra el sofá

Una relación tóxica e insoportable que desgasta.
Historias

Su expresión tenía algo raro, casi ajeno, como si Carmen estuviera mirando a un hombre al que apenas conocía. Entonces Luis Herrera dijo aquello que ella no esperaba oír:

—Decide ahora mismo: o mi madre, o me marcho y me llevo todo.

El silencio duró poco. Tres segundos, quizá menos.

—De acuerdo —respondió Carmen—. Llévatelo.

Luis no pareció entenderla al instante. Incluso ladeó un poco la cabeza, igual que un perro cuando oye un sonido extraño.

—¿Qué?

—He dicho que te lo lleves. Vete. —Carmen dejó la taza dentro del fregadero, le dio la espalda y añadió con una calma limpia, sin levantar la voz—: Eso sí, recuérdale a tu abogado que el piso está a mi nombre. Lo compré antes de casarnos. Él lo sabe.

Al otro lado de la pared, el televisor seguía murmurando. Isabel Morales soltó una carcajada por alguna broma del programa.

Luis permaneció en medio de la cocina, mirando a su esposa como si acabara de verla por primera vez.

Aquella noche se fue a dormir al salón. No dio portazos, no gritó, no montó una escena; y esa ausencia de ruido resultó más inquietante que cualquier discusión. Carmen se quedó tumbada en la oscuridad, con los ojos fijos en el techo. En algún punto de la calle pasó un coche, y una franja de luz recorrió la pared antes de desvanecerse.

No lloró. Era extraño: había esperado las lágrimas, incluso se había preparado para ellas como quien se prepara para algo inevitable. Pero dentro de ella no había llanto. Tampoco vacío. Había silencio. Un silencio denso, sereno, parecido al que llega después de una enfermedad larga, cuando por fin baja la fiebre.

A la mañana siguiente, Isabel Morales desayunó como si no hubiera ocurrido nada. Untaba mantequilla en una tostada, sorbía el té y revisaba algo en el móvil. Luis estaba sentado a su lado, con la cara descompuesta, sin dormir, los ojos enrojecidos. No miró a Carmen ni una sola vez.

—Hoy voy al centro —anunció su madre—. Luisito, ¿me llevas?

—Mamá, tengo que ir al trabajo.

—¿Y qué? Te pilla de camino.

Luis asintió. Carmen se sirvió un café, cogió el bolso y salió de casa sin despedirse.

En el trabajo consiguió concentrarse. Eso sí sabía hacerlo. La clínica, las habitaciones, los tratamientos, los pacientes. Allí todo tenía un orden: había un problema y había una manera de resolverlo. No como en casa.

Durante la pausa del mediodía llamó a Paula Suárez, una amiga a la que conocía desde la universidad.

—Me dijo que se llevaría todo —le resumió Carmen—. Y yo le contesté que adelante.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Paula.

—Completamente.

—¿Y ahora qué?

—No lo sé. Pero el piso es mío. Eso es lo importante.

Paula guardó silencio unos segundos más. Luego habló con cautela:

—Carmen, llevo tiempo queriendo contarte una cosa. Pero no te enfades conmigo.

Carmen sintió que algo se desplazaba en su interior: esa clase de presentimiento que rara vez se equivoca.

—Dime.

—Vi a Luis en marzo. Por la zona de Atocha. Iba con una mujer. Estaban sentados en una cafetería y él le tenía cogida la mano. No quise decírtelo porque pensé que quizá era una compañera, que tal vez no significaba nada… Pero después de lo que acabas de contarme…

Carmen tardó en responder.

—¿Cómo era ella?

—Joven. Unos veintiocho años, quizá. Rubia, con el pelo largo. Se reía mucho.

Carmen le dio las gracias, se despidió y guardó el teléfono en el bolsillo. Después salió al pasillo y se quedó junto a una ventana. En el patio de la clínica crecían tres abedules, blancos, rectos, tranquilos. Los observó hasta que la respiración volvió a acompasársele.

Así que era eso.

No tuvo prisa por volver a casa. Al terminar el turno pasó por un despacho de asesoría jurídica en la calle de Alcalá: una oficina pequeña en un segundo piso, puerta de cristal, olor a papel y café. Rafael Ortega, el abogado con el que ya había tratado cuando compró el piso, la recibió sin cita previa.

Carmen le expuso los hechos de forma breve, sin adornos. Él la escuchó tomando notas.

—La vivienda es suya, eso no admite discusión —dijo al cabo—. Fue adquirida antes del matrimonio y está inscrita a su nombre. ¿Hubo inversiones comunes en el inmueble después?

—No. La reforma la pagué yo, antes de casarme.

—Bien. Segunda cuestión: si sospecha que ha habido una infidelidad, ¿eso es relevante para usted en el divorcio?

—Moralmente, sí. ¿Legalmente?

—El juzgado no suele darle demasiado peso. Pero, si existen pruebas, conviene documentarlo todo.

Cuando Carmen salió a la calle todavía había luz. Hacía calor y la gente regresaba del trabajo. Un atardecer cualquiera de junio, una ciudad cualquiera siguiendo su ritmo. Solo que, dentro de ella, algo se había dado la vuelta y había encajado en otro sitio: dolía, pero era exacto.

En casa, Isabel Morales veía una serie tapada con la manta de Carmen. Luis preparaba algo en la cocina, una imagen poco habitual, porque casi nunca cocinaba.

—He hecho pasta —dijo él sin girarse—. ¿Quieres?

—No, gracias.

Carmen pasó al dormitorio y se cambió de ropa. Al otro lado de la pared, su suegra comentaba la serie en voz alta, como si alguien le estuviera contestando: «Pero qué tonta», «¿Y ahora para qué?», «Ah, claro, ya decía yo».

Luis apareció en la puerta.

—Carmen. Tenemos que hablar.

—Estoy de acuerdo.

Él entró y cerró la puerta con cuidado. Se sentó en el borde de la cama; no a su lado, sino justo en la esquina, como un invitado que no sabe si tiene permiso para quedarse.

—Ayer me pasé —empezó.

—Lo sé.

—Mi madre me presiona, ya lo entiendes. Ella siempre ha sido así. Yo no quería…

—Luis. —Carmen lo miró de frente—. ¿Estuviste en marzo por Atocha, en una cafetería?

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