Un hogar del que ni siquiera su propia abuela pudiera echarlo.
Pilar Rubio se desplomó sobre el taburete como si le hubieran cortado las fuerzas. Toda aquella furia combativa que la sostenía hacía apenas unos segundos se evaporó de golpe. Frente a ellos ya no había una dueña autoritaria, sino una anciana asustada.
—No puede ser… —murmuró—. Javier… él no se habría atrevido… Yo… ¡yo denunciaré esto! ¡Y también a ese notario!
—El notario que certificó el testamento murió hace tres años —respondió Andrea con una serenidad casi cruel—. Pero en su despacho conservan el archivo. Allí está la copia. Puede solicitar acceso a la documentación si quiere.
Andrea sabía perfectamente de qué hablaba. Javier Galán, su difunto suegro, había sido mucho más previsor de lo que todos creían. Un año antes de morir, cuando Pilar Rubio estaba en la casa de verano, él la llamó aparte para hablar. Le confesó su soledad, la tiranía de su esposa y el miedo que tenía a que aquella mujer terminara “devorando” a su nuera.
—Tú eres una muchacha buena, Andrea, tranquila —le había dicho entonces, tosiendo—. Carlos no es mal chico, pero vive sometido. Su madre lo ha aplastado por completo. Me preocupáis. Cuando haya un nieto, será distinto. Entonces tendrás una razón para resistir.
Una semana después la invitó a “dar un paseo” y la llevó al despacho de un viejo amigo suyo, notario. En aquella oficina silenciosa, con olor a papel antiguo y lacre, quedó redactado el testamento.
—Pero guarda silencio, hija —le advirtió al despedirse, poniéndole la carpeta en las manos—. No digas nada hasta que no quede otro remedio. Tú sabrás cuándo llegue el momento. Pilar no debe enterarse. Te despedazaría viva.
Y ahora ese momento había llegado.
—¡Te denunciaré! —jadeó Pilar Rubio, y el odio volvió a encenderse en sus ojos—. ¡Eres una estafadora! ¡Lo engañaste, lo manipulaste!
—Cálmese —dijo Andrea—. Ha sufrido un infarto. No le conviene alterarse.
La advertencia, pronunciada con su propia voz, tuvo sobre la suegra un efecto inmediato. Pilar cerró la boca y empezó a respirar con dificultad.
Carlos permanecía en mitad de la cocina, perdido. El mundo que hasta entonces le había parecido claro y familiar se estaba desmoronando: una madre firme, aunque “siempre con razón”; una esposa callada y obediente. De pronto descubría que todo era mentira. Su madre no era la dueña omnipotente de la casa, sino una mujer codiciosa y cruel. Su esposa no era una oveja dócil, sino una persona con dignidad y con un arma secreta entre las manos. Y su padre… su padre lo había visto todo y lo había comprendido todo.
—Mañana iré a un abogado —dijo él con voz apagada—. Vamos a impugnarlo.
—Como queráis —Andrea se encogió de hombros—. Solo tened presente una cosa: el testamento incluye otra cláusula. Si usted o su madre intentan llevarlo a juicio, aparecerá un testigo.
—¿Qué testigo? —Carlos levantó la cabeza de golpe.
—El primo de Javier Galán. Aitor Martínez. Vive en Gijón.
Al oír aquel nombre, Pilar Rubio se estremeció. En sus ojos apareció un miedo verdadero.
—¿Aitor? —siseó—. ¿Y qué pinta aquí ese… delincuente?
—No es delincuente, es geólogo —la corrigió Andrea—. Y era el mejor amigo de su marido. Javier Galán le envió una copia del testamento y una carta en la que explicaba todo con detalle. Le pidió que declarara si llegaba a ser necesario. Que hablara de cómo eran las relaciones dentro de esta familia. Creo que tendrá bastante que contar.
Pilar palideció aún más. Aitor Martínez, a quien Carlos de niño llamaba tío Aitor, era recto como un tronco de roble. Había sido el único que jamás temió a Pilar y siempre le decía las verdades a la cara. La última vez que estuvo en aquella casa fue diez años atrás, durante el aniversario de Javier, y provocó un escándalo monumental al acusarla de haber convertido a su marido en un hombre sin voluntad. Desde entonces, su nombre quedó prohibido bajo aquel techo.
Andrea levantó el teléfono.
—Tengo su número. ¿Quiere que lo llame?
Ese fue el golpe definitivo. Pilar Rubio entendió que había perdido. Se puso en pie despacio, apoyándose en la mesa.
—Os odio —escupió, mirando a Andrea—. Os odio a todos.
Después se arrastró hasta su habitación, encorvada, con pasos torpes y pesados. Ya no parecía la temida soberana de la casa, sino un animal vencido.
Carlos se quedó donde estaba, mirando al vacío.
—¿Por qué lo hiciste, Andrea? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué callaste durante años?
—¿Acaso tenía elección? —contestó ella, mirándolo con una sonrisa amarga.
