Podía tratarse de una comprobación preliminar, de una evaluación automática asociada a alguna solicitud o incluso de un error del sistema. Aun así, me aconsejó que llamara al banco y pidiera explicaciones concretas.
Eso hice. Marqué el número de atención al cliente y esperé. La chica que me atendió tardó bastante en localizar la información; se oía cómo tecleaba, cómo me pedía que aguardara un momento, cómo volvía a quedarse en silencio. Al final, con una amabilidad impecable, me comunicó que cuatro meses atrás se había registrado una solicitud de crédito al consumo. A mi nombre. La petición había sido denegada porque faltaba documentación que acreditara mis ingresos. Pero la solicitud existía.
Yo no había pedido ningún préstamo.
Se me helaron las manos. No fue por la cantidad, porque tampoco era una cifra descomunal: unos dos mil euros. Lo que me asustó fue otra cosa. Alguien había utilizado mis datos personales. Mi DNI estaba siempre en casa, guardado en el cajón de la cómoda del dormitorio. Solo dos personas podían acceder a él: yo y Luis.
Aquella tarde regresé a casa como si nada. Alma estaba en su habitación, inclinada sobre los cuadernos. Luis ocupaba su sitio habitual en la cocina, comiendo trigo sarraceno recalentado con una hamburguesa mientras el televisor murmuraba las noticias de fondo.
—¿Qué tal la peluquería? —preguntó sin volverse.
—Bien. Me he teñido.
Asintió, sin apartar la vista de la pantalla. Yo puse el hervidor al fuego y me quedé mirando su nuca. Trece años de matrimonio. Conocía aquella nuca, aquellas orejas, esa forma suya de comer sin despegarse del televisor casi de memoria.
No le pregunté nada. Todavía no.
Al día siguiente fui en persona a la sucursal de aquel banco. Llevé mi DNI y pedí que revisaran los datos de la solicitud, porque habían utilizado mi identidad. Expliqué a la empleada que era posible que alguien hubiera intentado tramitar un crédito sin mi consentimiento. Al principio no quiso enseñarme gran cosa, pero cuando insistí en que podía tratarse de un uso indebido de datos personales, terminó consultando el expediente.
La solicitud se había enviado por internet. Como teléfono de contacto figuraba un número que no era el mío. No lo reconocí. Sin embargo, la dirección, los datos del DNI y mi lugar de trabajo estaban correctos. Todo coincidía. Todo era exacto.
Esa información no se encuentra por ahí al alcance de cualquiera. Mi puesto, mi antigüedad, mis ingresos… Solo podía saberlo alguien que hubiera visto mi certificado de ingresos. Yo había pedido uno ocho meses antes, cuando estuvimos valorando refinanciar el préstamo del coche de Luis. Aquel documento se había quedado en casa, en el mismo cajón de la cómoda.
Esa noche, cuando Alma se durmió, abrí el cajón. El DNI seguía allí. El certificado no.
No sentí pánico. Fue distinto. Como si la vida de siempre se hubiera desplazado unos centímetros y yo acabara de notar el desnivel bajo los pies.
Saqué fotos del contenido del cajón. No sabía muy bien para qué, pero Teresa me había dicho que registrara todo lo que me pareciera extraño. Le hice caso.
Al tercer día se me ocurrió comprobar el número de teléfono que aparecía en la solicitud bancaria. No llamé. Solo lo escribí en el buscador. Nada. Luego lo introduje en una aplicación de mensajería. La imagen de perfil era un círculo rosa, sin rostro. El nombre era corto: Marti.
Marta Santos. La mujer que iba a ver a Lucía cada tres semanas. La que vivía en la calle del Río. La misma a la que su marido, según ella, regalaba bonos de spa.
Y la que había solicitado un crédito usando mi nombre. O, como mínimo, la que utilizaba el teléfono incluido en aquella solicitud. Para mí, eso ya era suficiente para dejar de buscar excusas.
No llamé a Luis. Llamé a Teresa.
—Teresa, ya no son sospechas. Tengo datos. ¿Qué hago ahora?
Me escuchó sin interrumpirme. Luego habló con esa calma suya que, en aquel momento, fue lo único firme a lo que pude agarrarme.
—Carmen, la solicitud fue rechazada y el dinero no llegó a concederse. En términos formales, no hay perjuicio económico consumado. Pero intentar pedir un préstamo con datos ajenos es fraude. Tiene derecho a presentar una denuncia ante la policía. La cuestión es si quiere hacerlo ya o si prefiere hablar primero con su marido.
Me tomé veinticuatro horas para pensarlo.
Alma fue al colegio, Luis salió hacia el trabajo, yo preparé la cena, revisé deberes, lavé el uniforme, llamé a mi madre. Todo siguió su curso, como una jornada cualquiera. Desde fuera no había pasado nada. Por dentro, en cambio, algo se había roto de manera irreversible.
No pensaba en Marta. Pensaba en el certificado. En que Luis había sacado de casa mi justificante de ingresos y se lo había entregado a otra mujer. A una mujer que después intentó conseguir un préstamo a mi nombre.
El problema ya no era la infidelidad. Era que él había permitido que una extraña entrara en mis papeles, en mis datos y en mi vida.
Al cuarto día llegué a casa antes de lo habitual. Alma seguía en clase. Luis estaba en el trabajo. Tenía una hora por delante.
No revolví sus cajones ni abrí sus armarios. Me senté ante el portátil común, el que siempre dejábamos sobre la mesa de la cocina. Luis, por descuido o por costumbre, había dejado abiertas la cuenta de correo y las notificaciones bancarias. Escribí «Marta» en el buscador.
No apareció ningún correo. Pero en la bandeja había avisos del banco. Durante el último mes se habían hecho tres transferencias al número que coincidía con el de la solicitud. Ciento cincuenta euros cada una. En total, cuatrocientos cincuenta euros.
Cuatrocientos cincuenta euros. La misma cantidad que él me pasaba cada mes para comida y gastos de la casa.
Hice capturas de pantalla. Me las envié a mi correo. Cerré el portátil.
Me sorprendió descubrir que no me temblaban las manos. Bebí un vaso de agua y llamé a Teresa por tercera vez.
—Teresa, estoy preparada para hablar con mi marido. Pero antes necesito saber una cosa: ¿qué puedo perder si él decide adelantarse?
Ella me respondió de forma ordenada, precisa, sin adornos y sin emoción.
Empezó por la vivienda: era un bien adquirido dentro del matrimonio.
