«Mira, ahora que lo pienso, una clienta fija mía me pidió un tono parecido. Santos. Una mujer guapísima, muy arreglada. Se nota que se cuida» dijo Lucía, y yo dejé de deslizar el dedo por la pantalla y alcé la vista hacia ella en el espejo

La situación resultó inquietante y profundamente injusta.
Historias

Me apunté a aquel salón casi por casualidad. Mi peluquera de siempre se había ido de vacaciones, y las raíces ya se notaban tanto que esperar otras dos semanas me parecía imposible. Una amiga me envió un número y añadió:

—Ve con Lucía. Cobra razonable y trabaja muy bien.

Lucía resultó ser una mujer de unos cuarenta y cinco años, habladora, de dedos veloces y con la costumbre de comentar cualquier cosa que se le pasara por la cabeza. Mientras preparaba el tinte, yo miraba el móvil y la escuchaba a medias. Lo de siempre: una clienta que se había pasado con el color, otra que quería rubio aunque le favorecía más el castaño, otra que se empeñaba en aclararse demasiado.

Entonces, de pronto, Lucía dijo:

—Mira, ahora que lo pienso, una clienta fija mía me pidió un tono parecido. Santos. Una mujer guapísima, muy arreglada. Se nota que se cuida.

Santos era el apellido de mi marido. Y también el mío desde que me casé.

Ni siquiera me estremecí. Creo que tampoco se me alteró la cara. Solo dejé de deslizar el dedo por la pantalla y levanté la vista hacia Lucía en el espejo.

—¿Santos? —pregunté, intentando que mi voz sonara tranquila.

—Sí, Marta Santos. ¿La conoces?

Marta. No Carmen. Así que no era yo.

Yo me llamo Carmen Santos. Mi marido, Luis Santos. En nuestra familia no existe ninguna Marta: ni hermana, ni prima, ni tía lejana, ni compañera de trabajo con ese apellido. Y Santos, en nuestra ciudad, no era precisamente un apellido que se oyera en cada esquina.

—No —respondí—. Es solo que el apellido me resulta familiar. ¿Hace mucho que viene?

Como suele ocurrir con las peluqueras conversadoras, Lucía empezó a hacer memoria en voz alta. Dijo que Marta era clienta desde hacía bastante, casi dos años. A veces iba los viernes o los sábados para peinarse antes de salir. En alguna charla sin importancia había mencionado la Calle del Río y un bono de spa que le había regalado su marido.

La Calle del Río. Luis y yo vivíamos en la Avenida de la Constitución.

Permanecí sentada en aquella silla otros cuarenta minutos. Lucía me retocaba las raíces, pero yo miraba el espejo sin pensar en mi pelo.

Dos años. Si Marta Santos llevaba allí dos años, significaba que no usaba ese apellido desde ayer. Usaba el apellido de mi marido.

Cuando Lucía terminó, pagué, dejé propina y salí a la calle. Era octubre y hacía fresco. Me senté en un banco junto a una farmacia y no llamé a Luis.

Llamé a Paloma.

Paloma trabajaba en contabilidad y siempre sabía a quién había que acudir cuando una no entendía por dónde empezar.

—Paloma, necesito un abogado. No para divorciarme. De momento, solo para hablar.

No me pidió explicaciones. Tres minutos después me mandó un contacto.

No volví a casa enseguida. Entré en una cafetería, pedí un té y abrí el móvil. Empecé a pensar qué podía comprobar sin montar un escándalo y sin preguntarle nada a mi marido. Lo primero fue entrar en la sede electrónica de la administración.

Nuestro piso lo compramos estando casados, aunque estaba inscrito a nombre de Luis. La hipoteca la terminamos de pagar dos años atrás, y yo también había figurado como codeudora. Después de liquidarla no hicimos ningún trámite: ni reparto de participaciones, ni acuerdos nuevos, ni cambios registrales. En los papeles, la vivienda era suya. Según la ley, era de los dos. Pero yo sabía lo fácil que puede volverse ajeno ese “nuestro” si una deja de mirar.

El coche también estaba a nombre de Luis. La casa de campo, al de su madre, Susana. Yo tenía mi propia tarjeta de nómina y él la suya. No compartíamos cuenta bancaria. Cada mes Luis me transfería una cantidad fija para la compra y los gastos de la casa. Lo demás, lo que él gastaba, nunca lo controlé. Jamás revisé sus extractos. Confiaba en él.

En aquel instante, la palabra “confiaba” sonó dentro de mi cabeza como si perteneciera a la vida de otra persona.

Al día siguiente llamé a la abogada. Teresa me escuchó sin interrumpirme. Luego me hizo tres preguntas que a mí ni se me habrían ocurrido.

—Carmen, ¿tienen hijos?

—Una hija. Alma. Tiene once años.

—El piso se compró dentro del matrimonio, la hipoteca ya está pagada y no se han asignado cuotas, ¿correcto?

—Sí.

—¿Sabe si su marido ha firmado durante el último año poderes notariales, préstamos, avales o garantías? ¿Ha habido transferencias importantes?

No lo sabía. En realidad, no sabía nada de sus finanzas, aparte de la cantidad que me ingresaba cada mes. Y esa cifra no había variado ni una sola vez en cuatro años.

Teresa me indicó que hiciera tres cosas.

La primera: pedir una nota simple del piso en el Registro de la Propiedad. Solo para confirmar que la vivienda seguía como debía y que no había cargas. Podía solicitarse por internet o en una oficina de atención ciudadana.

La segunda: revisar si aparecía a mi nombre algún aval, préstamo u obligación financiera de la que no tuviera noticia. Eso se veía consultando mi historial crediticio.

La tercera: no precipitarme. No gritar. No acusar. No irme de casa. Mientras no tuviera hechos, lo único que había era un apellido pronunciado por una peluquera. No era una prueba. Era una señal.

Le hice caso.

Ese mismo día pedí la nota simple. También solicité mi informe crediticio a través de la plataforma oficial. Las dos respuestas llegaron en menos de veinticuatro horas.

El piso seguía allí. Sin cargas. Sin donaciones, sin ventas, sin hipotecas nuevas, sin embargos. Solté el aire. Pero el alivio me duró poco.

Porque en mi historial crediticio apareció una consulta. Un banco había revisado mis datos cuatro meses antes. Yo jamás había pedido nada en esa entidad.

Teresa me explicó que una consulta de ese tipo no tenía por qué significar siempre lo que parecía.

Vivencia