Dependía de varios matices: de cómo estuviera inscrita, de las circunstancias concretas y de lo que pudiera acreditarse. En un divorcio, por regla general, se repartiría a medias, aunque el juez también podía tener en cuenta el interés de la niña. Si Luis pretendía venderla o donarla, necesitaba mi consentimiento firmado ante notario. Sin él, la operación podría impugnarse después. Aun así, Teresa me aconsejó no confiarme.
—Presente una solicitud en el Registro para que no se practique ninguna inscripción sin su presencia o sin su consentimiento expreso. Es un trámite gratuito. No es una maniobra de guerra, Carmen; es simplemente un papel que puede ahorrarle muchos problemas.
Luego pasamos al coche. Estaba a nombre de Luis, pero se había comprado durante el matrimonio, así que también formaba parte de los bienes comunes. La diferencia era que un vehículo se podía vender con mucha más facilidad: para transferirlo no siempre se exigía la firma del otro cónyuge, aunque más adelante se pudiera reclamar. Teresa me pidió que dejara constancia de todo: marca, modelo, año, kilometraje y valor aproximado.
La casa de campo pertenecía a Susana. No entraba en el reparto. No era asunto mío.
Después vinieron los alimentos para Alma. Si la situación terminaba en divorcio, para una hija lo habitual era tomar como referencia una cuarta parte de los ingresos oficiales, salvo que hubiera un acuerdo distinto o una resolución judicial. El sueldo declarado de Luis rondaba los mil doscientos euros. Pero las transferencias a Marta no salían de la cuenta donde cobraba la nómina, sino de otra. Eso significaba que tenía ahorros, o ingresos adicionales, o dinero del que yo no había sabido nada.
Lo fui apuntando todo en el móvil.
Al quinto día presenté la solicitud en el Registro. Hasta ese momento jamás se me habría ocurrido que acabaría haciendo cola con el DNI en la mano mientras, por dentro, separaba mi vida en dos mitades: antes y después. Una sala cualquiera, una ventanilla cualquiera, una empleada que revisó los documentos sin levantar apenas la vista. Me explicó que la anotación quedaría tramitada en unos días hábiles. Firmé donde me indicó y salí a la calle con una sensación extraña, como si hubiera cerrado una puerta que durante años ni siquiera había visto.
Al sexto día hablé con Luis.
Alma estaba en el cumpleaños de una amiga. Luis llegó del trabajo, se cambió de ropa y se sentó a cenar como siempre. Yo le puse delante un plato de estofado y ocupé la silla de enfrente.
—Luis, ¿quién es Marta Santos?
Él dejó de masticar, aunque no al instante. Primero terminó el bocado. Luego apoyó el tenedor en el plato.
—¿Cómo lo sabes?
No preguntó “¿quién es esa?”. Tampoco dijo “¿qué Marta?”. Dijo: “¿Cómo lo sabes?”.
—Me preocupa más otra cosa —respondí—. Le entregaste mi certificado de ingresos. Ella intentó pedir un préstamo usando mis datos. Eso se llama fraude. ¿Eres consciente?
Se quedó pálido. De verdad. No de una forma teatral, sino como se pone blanco alguien que comprende de golpe que la conversación no va a girar alrededor de sentimientos heridos.
—Carmen, no es como crees. Ella no quería…
—Me da igual lo que quisiera ella. Estoy hablando de lo que hiciste tú. Cogiste mis documentos. Se los diste a una persona ajena. Esa persona solicitó financiación en mi nombre. Además, le mandas dinero todos los meses. La misma cantidad que me das para la casa. Esto no es solo una infidelidad, Luis. O mejor dicho: no es únicamente eso. Es bastante peor.
No contestó. Al cabo de un rato murmuró:
—El préstamo no se aprobó. Al final no pasó nada.
—Sí pasó. Mis datos quedaron en manos de alguien que no debía tenerlos. La consulta ya figura en mi historial crediticio. Y si lo hubieran concedido, la deuda habría caído sobre mí. ¿De verdad entiendes lo que has hecho?
Lo entendía. Se le notaba en la mirada.
—No pensé que llegara tan lejos —dijo en voz baja—. Ella me dijo que lo necesitaba por poco tiempo. Solo para salir del paso.
Me levanté de la mesa.
—Luis, no voy a gritar. Tampoco voy a romper platos. Te voy a decir lo que va a ocurrir ahora. Mañana vienes conmigo a ver a una abogada. Nos sentamos y revisamos todo: el piso, el coche, el dinero y Alma. Si no vienes, presentaré una denuncia por intento de fraude. Tengo el informe del banco, el número de teléfono y capturas de las transferencias. No es un ataque de nervios ni una amenaza vacía. Es, simplemente, lo que haré.
No discutió.
Al día siguiente fuimos juntos al despacho de Teresa. Luis se sentó en el borde de la silla, con la vista clavada en el suelo, mientras la abogada colocaba los papeles sobre la mesa.
Teresa no le dio sermones. Solo hizo preguntas.
—Luis, estas transferencias a este número, ¿desde qué cuenta se hicieron?
—Desde una cuenta de ahorro.
—¿Esa cuenta está a su nombre?
—Sí.
—¿Carmen sabía que existía?
—No.
—¿Cuánto queda ahora?
Luis tardó unos segundos en responder.
—Unos mil doscientos euros.
—¿Y cuánto había antes?
Esta vez el silencio fue más largo.
—Alrededor de cuatro mil.
Cuatro mil euros. Una cuenta de ahorro de la que yo no sabía nada. Dinero que él había ido guardando —o que habíamos ido guardando los dos, sin que yo lo supiera— y que se escapaba hacia una dirección que ya no podía quitarme de la cabeza.
Teresa giró el rostro hacia mí.
—Carmen, ¿quiere divorciarse?
Miré a Luis. Trece años. Alma. La casa. Todo lo que, según yo, habíamos construido juntos.
—Antes quiero que todo quede claro —dije—. Todas las cuentas. Todas las transferencias. Todas las deudas y compromisos. Después decidiré.
Teresa asintió despacio.
—Entonces empezaremos por un acuerdo notarial —dijo, y se volvió de nuevo hacia Luis.
