Tenía el móvil en la mano y fingía deslizar noticias con el pulgar; en realidad, se escudaba tras la pantalla para no mostrar lo incómodo que estaba. Había imaginado dos desenlaces posibles: que Carla Serrano se resignara, aceptando por fin que su pequeña rebelión no tenía futuro, o que perdiera los nervios, metiera sus cosas en una maleta y se marchara dando un portazo. Para cualquiera de esas dos escenas se sentía preparado.
Lo que no había previsto fue lo que ocurrió a continuación.
Carla salió del dormitorio. Ya no llevaba ropa de estar por casa. Se había puesto unos vaqueros oscuros, un jersey de cachemira y llevaba el pelo recogido con una pulcritud casi severa. No cargaba ningún bolso, ninguna caja, ningún abrigo sobre el brazo. Solo arrastraba tras de sí dos maletas. Dos maletas grandes, de ruedas, de cuero, cerradas con cuidado, que avanzaban con un roce suave sobre el suelo laminado.
—Vaya, vaya… Parece que alguien por fin ha decidido mudarse —soltó Julia Sanz, torciendo la boca con burla antes de beber un sorbo de café—. ¿Qué pasa? ¿Tu papá no ha conseguido convencerte para que te quedes?
Pablo levantó la vista del teléfono. En su cara apareció una expresión extraña, mezcla de alivio y de culpa. Así que era eso. Había llegado el momento final. Ahora vendrían los reproches, quizá las lágrimas, tal vez una frase dramática antes de cerrar la puerta. Después, todo volvería a acomodarse en su sitio. Estaba listo para soportarlo.
Carla detuvo las maletas justo junto a la entrada. Los miró a los dos con una calma fría, casi analítica, como si los estuviera viendo por primera vez y necesitara evaluar quiénes eran de verdad.
—No son mis cosas —dijo en voz baja.
No había temblor en su tono. Tampoco rabia. Ni siquiera una sombra de teatralidad.
—Son las tuyas, Pablo.
Pablo parpadeó. Despacio, dejó el móvil sobre la mesa. La sonrisa de Julia se borró de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz. Ambos miraron las maletas, luego a Carla, y después otra vez las maletas, incapaces de hacer encajar aquellas palabras con lo que tenían delante.
—¿Cómo dices? —preguntó él, desconcertado, convencido por un instante de haber entendido mal.
—Te di una semana para elegir —continuó Carla con la misma serenidad, una serenidad tan lisa que resultaba inquietante—. Y anoche, durante la cena, elegiste. Escogiste a tu hermana. Estás en tu derecho. Crees que hay que protegerla, que hay que comprenderla, que no puede quedarse sola. Ya no pienso discutir eso contigo. Así que hazte cargo de ella.
Guardó una breve pausa. No fue una pausa teatral, sino exacta, suficiente para que cada palabra se asentara en el aire denso y adormecido de la mañana.
—Pero, a partir de ahora, lo haréis juntos. Y en otro sitio. Yo no puedo echar a Julia de aquí por mi cuenta; no me corresponde, es tu familia. Pero tú eres mi marido. Y si no eres capaz de vivir sin tu hermana, entonces viviréis los dos bajo el mismo techo.
Se acercó a la puerta y la abrió. Una corriente fresca del rellano entró en la vivienda y cortó el olor a café recién hecho.
—¿Tú… tú me estás echando a mí? —logró decir Pablo al fin.
No sonó enfadado. Sonó perdido. Como si la realidad acabara de moverse unos centímetros y él no supiera dónde apoyar los pies. Todavía no conseguía creerlo. Él era el hombre de la casa. El que decidía. El que ponía orden.
Carla ni siquiera alzó la voz.
—No se me ha olvidado nada importante. Ahí tienes tus camisas para el trabajo, el portátil, los cargadores, la ropa de deporte y lo básico para los primeros días. Mis padres aportaron para la entrada de este piso más de lo que tú ganaste en tres años de matrimonio. Así que quien se queda soy yo.
Lo miró directamente a los ojos. En aquella mirada no había odio, tampoco resentimiento. Solo una constatación helada, definitiva, como una firma al pie de un documento.
—Tú ya decidiste a quién querías mantener. Puedes empezar ahora.
Julia seguía inmóvil con la taza entre los dedos. Su mundo, ese en el que ella era la princesa frágil y caprichosa protegida por su hermano, se desmoronó en cuestión de segundos. Miró a Pablo, luego las maletas, después a Carla, buscando una rendija por la que escapar de aquella escena. Pero no la encontró. En su rostro apareció un miedo auténtico, limpio, imposible de fingir.
No había ganado el piso.
Lo único que había conseguido era un hermano sin casa que, desde ese momento, probablemente acabaría viviendo donde viviera ella.
—Julia, ayuda a tu hermano —dijo Carla en voz baja.
No los empujó. No gritó. No hizo una escena. Permaneció junto a la puerta abierta, sosteniéndola con una cortesía impecable, como quien acompaña hasta la salida a unos invitados que ya han prolongado demasiado su visita.
Y esa educación distante resultó mucho más terrible que cualquier estallido de furia. Carla acababa de borrarlos de su vida con la misma calma con la que se cierra un libro aburrido después de leer la última página.
