—… que hoy voy a mimaros un poco —anunció con una alegría demasiado alta, casi teatral, mientras iba sacando las compras y las colocaba sobre la mesa de la cocina—. Hagamos una cena familiar en condiciones. Nos sentamos, comemos tranquilos y hablamos como personas civilizadas.
Carla Serrano levantó la vista por encima del libro sin decir una palabra. Lo comprendió al instante. Aquello no era una reconciliación: era la antesala de un juicio, y ella ocupaba el lugar de la acusada, a la que pretendían ablandar con comida exquisita antes de leerle la sentencia. Julia Sanz, en cambio, se animó de inmediato. Para ella aquello era una oportunidad. Un escenario.
—Ay, Pablito, qué mono eres —canturreó, lanzándole a Carla una mirada fugaz, cargada de triunfo—. Hacía siglos que no nos sentábamos así, los tres juntos.
La cena transcurrió bajo un silencio espeso, incómodo. Pablo iba y venía, servía vino, cortaba el filete, intentaba colar alguna broma. Pero sus ocurrencias caían en el vacío y se estrellaban contra los rostros cerrados de las dos mujeres. Al final, incapaz de soportar más aquella tensión, carraspeó y se decidió.
—Chicas, ¿por qué estamos comportándonos así? Somos familia, ¿no? De alguna manera tendremos que ponernos de acuerdo. Carla, Julia… busquemos un punto medio.
Julia dejó el tenedor sobre el plato al instante y adoptó una expresión dolorida, casi trágica. Esa era su escena y estaba lista para interpretarla.
—¡Yo no entiendo qué hay que negociar, Pablo! Si te lo dije desde el primer día: yo le estorbo. Soy una piedra en su zapato. Lo único que quiere es tenerte para ella sola, que no exista nadie más en tu vida. Yo soy tu hermana, tu sangre, y ella… ella simplemente quiere echarme de aquí como si fuera una intrusa.
Hablaba en voz alta, con dramatismo calculado, dirigida a su único público: su hermano. Carla ni siquiera giró la cabeza hacia ella. Se limpió despacio los labios con la servilleta y, solo entonces, miró a su marido. Su voz salió baja, pero en el silencio muerto de la cocina sonó con más fuerza que cualquier grito.
—Pablo, no voy a discutir nada con ella. Esta conversación es entre tú y yo. Tú me pediste que esperara, que le diera tiempo. Ha pasado medio año. En estos seis meses ha ido a cuatro entrevistas de trabajo, y llegó tarde a dos. No ha limpiado nada fuera de su habitación ni una sola vez. No ha comprado para la casa ni una barra de pan. El mes pasado, de la tarjeta que le dejaste para “pequeños gastos”, salieron ciento cincuenta euros en taxis y cafeterías. Y no voy a entrar en lo del secador roto ni en la alfombrilla del baño empapada con sus perfumes. Eso son hechos. Lo demás son palabras vacías.
Cada frase fue como un clavo hundiéndose, uno tras otro, en el ataúd de las frágiles esperanzas de reconciliación de Pablo. Carla no insultaba, no levantaba la voz, no dramatizaba: enumeraba datos. Y aquella verdad fría, ordenada e imposible de negar le resultó a él mucho más aterradora que cualquier ataque de histeria. Miró a su hermana, que tenía el rostro deformado por la ofensa. Miró a su mujer, serena, firme, impenetrable. Estaba atrapado.
Y eligió. Eligió como eligen los débiles, buscando siempre el camino que exige menos valor. Era más sencillo ceder ante la manipulación de su hermana que enfrentarse a la realidad.
—¿Pero por qué tienes que ser tan… tan dura? —consiguió decir al fin, con un tono de reproche que ni siquiera intentó disimular—. ¿De verdad no podías tratarla de una forma un poco más… humana? Ayudarla, entenderla. Ves perfectamente que lo está pasando mal. ¿Por qué no quieres ceder ni un poco? Has convertido nuestra casa en un campo de batalla.
Esa era exactamente la frase que Carla necesitaba oír. No solo había defendido a su hermana. La estaba culpando a ella. En ese mismo instante comprendió que aquella semana de margen no había servido para nada. La decisión, en realidad, ya estaba tomada por él desde antes.
El domingo amaneció con una calma engañosa. Era el séptimo día, el último. Julia, convencida de su victoria total e indiscutible, se permitió una larga sesión en el baño, chapoteando sin prisa, y después apareció en la cocina tarareando una melodía de discoteca. Se movía como quien por fin ha recibido oficialmente las llaves del territorio conquistado. Pablo estaba sentado a la mesa.
