Julia Sanz apareció en la cocina una hora más tarde, bostezando y estirándose, vestida con un short de seda y un top ligero. Por pura costumbre se dirigió hacia la cafetera, pero la encontró limpia, vacía, como si nadie hubiera tenido intención de usarla para ella.
—¿Ay, se ha terminado el café? —soltó al aire, confiando en que Carla Serrano corriera de inmediato a solucionar aquel “drama”.
Carla, que en ese momento enjuagaba su propia taza, ni siquiera volvió la cabeza.
—No lo sé. Yo ya me he tomado el mío —respondió con una indiferencia tan seca como si le hablara una desconocida en plena calle.
Julia se quedó inmóvil unos segundos. Luego resopló y cerró la puerta de la nevera con un golpe teatral. Sacó un yogur, lo comió de pie, directamente del envase y con cuchara, y al terminar dejó el vasito sobre la encimera, con la cuchara dentro. Aquello fue el primer disparo de la guerra. Carla fingió no advertirlo. Lavó lo suyo, pasó un paño por el fregadero y después se marchó a su habitación para prepararse antes de ir al trabajo. El vaso pegajoso quedó allí, como un pequeño monumento viscoso a la mala educación ajena.
Así fueron transcurriendo los días. El piso se transformó en un territorio partido en dos por fronteras invisibles, pero perfectamente perceptibles. Carla cocinaba la cena para dos. Compraba comida para dos. En la lavadora metía únicamente su ropa y la de Pablo Iglesias. La montaña creciente de prendas de Julia en el cesto de la colada no le provocaba la menor reacción. Limpiaba el salón, pero dejaba sin tocar, de manera ostensible, el rincón del sofá donde Julia acumulaba tazas, envoltorios de chocolate y restos de su presencia. El baño se convirtió en el campo de batalla principal. Carla dejaba relucientes el espejo y el lavabo, pero pasaba por alto, con deliberada exactitud, los tubos abiertos, los tapones sueltos y los cabellos que Julia dejaba detrás de sí.
Cuando Julia comprendió que la agresividad pasiva no producía el efecto esperado, decidió atacar de frente. Empezó a hablar por teléfono a todo volumen, comentando con sus amigas que “algunas personas” perdían la cabeza por los celos y por la vaciedad de sus propias vidas. Invitaba a casa a conocidos ruidosos justo cuando Carla y Pablo estaban allí, llenando aquel espacio antes tranquilo de risas extrañas, perfumes baratos y olores ajenos. Ya ni siquiera dejaba los platos sucios en el fregadero: los colocaba directamente sobre la mesa, junto al sitio de Carla.
Pablo quedó atrapado entre dos fuegos. Quiso hacer de mediador, pero sus intentos resultaban débiles, torpes, casi infantiles.
—Carla, ¿no podrías preparar un poco más de sopa? Me siento fatal por ella… —se atrevió a decir al tercer día, con una voz cuidadosamente aduladora.
—Si te sientes fatal, cocina tú. Las cacerolas están donde siempre —contestó su mujer, fría, sin levantar la vista del libro.
Cuando trató de hablar con su hermana, la conversación se convertía al instante en chantaje emocional.
—Pablito, ¡yo veo cómo me mira! ¡Me odia! ¡Aquí solo estorbo! Si tú también piensas eso, ahora mismo hago la maleta y me voy a la estación.
Y él cedía. Empezó a lavar a escondidas lo que Julia ensuciaba, siempre que Carla no lo viera. Pedía pizza para todos con tal de evitar aquellas cenas incómodas en las que solo había dos platos servidos. Intentaba rellenar los silencios con bromas absurdas y anécdotas del trabajo, pero por parte de su esposa se encontraba con una pared de hielo, y por parte de su hermana con una media sonrisa insolente y despectiva. No arreglaba nada. Solo aplazaba lo inevitable, volviendo la atmósfera del hogar cada vez más venenosa, más irrespirable. La cuenta atrás que Carla había puesto en marcha seguía avanzando, y con cada jornada su tictac parecía sonar más fuerte.
El sexto día, un sábado por la tarde, Pablo hizo su último intento desesperado. Regresó a casa cargado con dos bolsas pesadas de un supermercado caro. Dentro traía filetes marmoleados, espárragos, una botella de vino; todo aquello que antes compraban para sus noches íntimas, especiales, cuando aún existía entre ellos una complicidad sencilla. Era su bandera blanca, una ofrenda de paz torpe y tardía. Encontró a las dos mujeres en el salón: Carla permanecía atrincherada detrás de un libro, y Julia se pintaba las uñas mientras el olor acre del esmalte impregnaba la habitación.
Pablo dejó las bolsas sobre la mesa con una sonrisa forzada, respiró hondo y se aferró a su última idea como a una tabla de salvación.
