—Acepté que tu hermana viviera con nosotros mientras estudiaba, pero eso terminó hace ya seis meses. Así que va siendo hora de que recoja sus cosas y se marche. No pienso seguir manteniendo a esa aprovechada que no da un palo al agua.
La voz de Carla Serrano sonó tranquila, casi plana, sin una sola vibración de rabia. Sin embargo, el modo en que dejó su plato en el fregadero, justo al lado de los cacharros grasientos de Julia Sanz, llenos de restos de salsa, decía mucho más que cualquier grito. Pablo Iglesias se sobresaltó al oír el golpe seco de la porcelana contra el metal y levantó despacio la vista de la cena. Durante días había fingido no notar la tensión que crecía entre ellos, pero aquel sonido atravesó de lleno la cómoda coraza de indiferencia en la que se había refugiado.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó, con evidente esfuerzo por separarse de su apetitoso filete.
En su tono no había preocupación ni verdadero interés. Solo un cansancio irritado, como si volvieran a molestarlo con una tontería sin importancia.
—¿Cómo que qué pasa? —Carla se volvió hacia él, apoyó la cadera en la encimera y cruzó los brazos—. ¿De verdad te parece que todo está bien, Pablo? Tu hermana, la recién graduada, ha cenado, ha dejado toda su porquería como si esto fuera un restaurante y después se ha largado al club.

Acabo de sacar del baño un montón de toallas empapadas y de limpiar un charco donde además había restregado su maquillaje. Y ahora, por lo visto, también tengo que fregar sus platos, porque mañana por la mañana “su alteza” no querrá tomarse el café al lado de un fregadero sucio. ¿Te parece normal?
Pablo tragó el bocado, dejó el tenedor sobre la mesa y soltó un suspiro hondo, teatral, casi de mártir. Aquella conversación le resultaba incómoda. Él solo deseaba calma, paz, un poco de silencio doméstico después de la jornada laboral. No tenía ninguna intención de ponerse en medio de una disputa entre mujeres ni de hacer de juez.
—No empieces otra vez, Carla. Ella también lo está intentando. Está buscando trabajo. Está encontrándose a sí misma. Lo está pasando mal; necesita tiempo para adaptarse a la vida adulta.
Las palabras eran tan previsibles, tan gastadas, que a Carla ya ni siquiera la hirieron. Se limitó a soltar una risa breve, seca, sin rastro de humor. Era la risa de alguien que ha escuchado el mismo disco cien veces y conoce de memoria hasta el último arañazo.
—La que lo está pasando mal soy yo, Pablo. A mí me cuesta volver todos los días a una casa que parece una mezcla entre un hostal barato y un salón de belleza. Yo limpio, cocino y lavo por los tres, mientras tu hermana “se busca a sí misma” en discotecas y centros comerciales. No está buscando trabajo. Ni siquiera se molesta en fingir que lo hace. Vive de nosotros sin el menor pudor y se aprovecha de tu falta de carácter.
—¡Eso ya es pasarse! —alz\u00f3 la voz, apretando los labios con gesto ofendido—. ¡Es mi hermana! ¡No puedo ponerla en la calle así como así!
—Yo sí puedo —respondió Carla de inmediato.
Su serenidad resultaba inquietante. No gritaba, no montaba una escena; estaba dictando sentencia.
—Tiene una semana. Siete días para encontrar otro sitio donde seguir con su “búsqueda”: un piso, una habitación, la casa de una amiga, lo que sea. Si dentro de siete días sigue aquí, me iré yo. Ya he visto un lugar. Y entonces podrás decidir a cuál de las dos quieres seguir manteniendo: a ella o a mí.
La mañana posterior a aquel ultimátum no comenzó con una discusión, sino con silencio. Un silencio espeso, pegajoso, que se extendía por todo el piso y hacía que hasta el aire pareciera más pesado. Carla, como siempre, se levantó a las siete. Preparó café para dos tazas, tostó dos rebanadas de pan y dejó en la mesa un plato con tortilla: una sola ración.
Cuando Pablo entró en la cocina, arrugado por el sueño y con el humor sombrío, su desayuno ya lo esperaba en la mesa. Se sentó sin decir palabra, evitando mirar a su esposa a los ojos. Había confiado en que, durante la noche, Carla se calmara; que todo aquello no hubiera sido más que una explosión emocional, una amenaza nacida del cansancio. Pero el orden impecable de la mesa, puesta con una precisión fría para solo dos personas, le arrebató la última esperanza.
