«No pienso seguir manteniendo a esa vaga que vive a costa de los demás» dijo Carmen con serenidad casi helada y dejó su plato chocar contra el fregadero, sobresaltando a Luis

Es indignante soportar tanta pereza y desconsideración.
Historias

Laura Suárez apareció casi una hora después. Venía bostezando, desperezándose sin pudor, vestida con un pantaloncito corto de seda y un top ligero. Por pura costumbre se dirigió directamente hacia la cafetera, pero la encontró reluciente, seca, sin una sola gota preparada.

—¿Ay, se ha acabado el café? —soltó al aire, convencida de que Carmen Torres acudiría de inmediato a resolverle aquel “problema”.

Carmen, que en ese momento enjuagaba su propia taza, ni siquiera volvió la cabeza.

—No lo sé. Yo ya me he tomado el mío —respondió con la misma distancia con la que habría contestado a una desconocida en plena calle.

Laura se quedó rígida unos segundos. Luego resopló y cerró la puerta del frigorífico con un golpe teatral. Sacó un yogur, se lo comió de pie, metiendo la cuchara directamente en el envase, y después dejó el vasito sobre la encimera, con la cuchara dentro. Aquello fue el primer disparo de una guerra silenciosa. Carmen no reaccionó. Lavó lo suyo, secó el fregadero y se marchó a su habitación para prepararse antes de ir al trabajo. El envase de yogur quedó allí, pegajoso y pequeño, como un monumento doméstico a la mala educación ajena.

Así fueron pasando los días. El piso se transformó en un territorio partido por fronteras invisibles, pero perfectamente perceptibles. Carmen cocinaba la cena para dos. Compraba comida para dos. En la lavadora metía únicamente su ropa y la de Luis Blanco. El montón creciente de prendas de Laura en el cesto de la ropa sucia no le provocaba la menor preocupación. Limpiaba el salón, pero dejaba de manera evidente el rincón del sofá donde Laura acumulaba tazas usadas y envoltorios de chocolate. El baño se convirtió en el frente principal. Carmen dejaba el espejo y el lavabo impecables, brillando, pero ignoraba por completo los tubos abiertos, los tapones tirados y los cabellos que Laura iba dejando tras de sí.

Cuando Laura comprendió que su agresividad pasiva no surtía efecto, decidió pasar al ataque directo. Hablaba por teléfono a gritos, comentando con sus amigas que “algunas personas” perdían la cabeza por culpa de los celos y de lo vacía que tenían la vida. Empezó a llevar a casa amigos ruidosos precisamente cuando Carmen y Luis estaban allí, llenando el espacio tranquilo con carcajadas ajenas, voces estridentes y olores extraños. Ya ni siquiera dejaba los platos sucios en el fregadero: los colocaba sobre la mesa, justo al lado del sitio de Carmen.

Luis quedó atrapado entre dos fuegos. Quiso actuar como mediador, pero sus intentos resultaban torpes, débiles, casi infantiles.

—Carmen, ¿no podrías hacer un poco más de sopa? Me siento fatal delante de ella… —se atrevió a insinuar al tercer día, con un tono meloso que pretendía ser conciliador.

—Si tan mal te sientes, cocínala tú. Las cazuelas están donde siempre —contestó su esposa, fría, sin levantar la vista del libro.

Cuando intentaba hablar con su hermana, la conversación se convertía al instante en una escena de manipulación.

—Luisito, ¡yo veo cómo me mira! ¡Me odia! ¡Aquí solo estorbo! Si tú también piensas eso, hago la maleta ahora mismo y me voy a la estación.

Y él cedía. Siempre cedía. Empezó a lavar a escondidas los platos que Laura dejaba, aprovechando los momentos en que Carmen no lo veía. Pedía pizza para todos con tal de evitar aquellas cenas incómodas de dos contra una. Procuraba rellenar los silencios con chistes absurdos y anécdotas de la oficina, pero chocaba, por parte de su mujer, con un muro helado, y por parte de su hermana, con una media sonrisa descarada y despectiva. No solucionaba nada. Solo aplazaba lo inevitable, mientras el aire de la casa se volvía cada vez más irrespirable, más cargado de veneno. El reloj que Carmen había puesto en marcha seguía avanzando, y cada día su tictac parecía sonar con más fuerza.

Al sexto día, un sábado por la tarde, Luis hizo su último intento desesperado. Volvió a casa cargado con dos bolsas pesadas de un supermercado caro. Dentro traía filetes veteados, espárragos, una botella de vino: todo aquello que antes compraban para sus veladas íntimas, especiales, cuando querían regalarse una noche distinta. Era su bandera blanca, una ofrenda de paz torpe y tardía. Encontró a las dos mujeres en el salón: Carmen leía atrincherada detrás de un libro, y Laura se pintaba las uñas, dejando que el olor punzante del esmalte invadiera toda la habitación.

—Bueno… he pensado en algo —empezó Luis.

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