—Podríamos mimarnos un poco, ¿no? —anunció con un entusiasmo demasiado brillante para resultar sincero, mientras iba colocando las bolsas sobre la mesa de la cocina—. Hagamos una cena como es debido, los tres. Nos sentamos, comemos tranquilos y hablamos.
Carmen Torres alzó la vista por encima del libro sin decir palabra. Lo comprendió al instante. Aquello no era una reconciliación: era el montaje previo de un juicio en el que ella ocuparía el banquillo, ablandada antes de la sentencia con carne cara y vino. Laura Suárez, en cambio, se animó de inmediato. Para ella, aquello era una oportunidad; mejor aún, un escenario.
—Ay, Luis, qué detalle tan bonito —canturreó, lanzándole a Carmen una mirada fugaz, cargada de triunfo—. Hacía siglos que no nos sentábamos así, en familia.
La cena transcurrió bajo una calma espesa, casi irrespirable. Luis no paraba quieto: servía vino, cortaba los filetes, retiraba platos, intentaba soltar alguna broma. Pero sus chistes caían en el silencio y se hacían añicos contra los rostros cerrados de las dos mujeres. Al final, incapaz de soportar más aquella tensión, carraspeó y se decidió.
—Chicas, ¿por qué estamos así? Somos familia. Tenemos que encontrar una manera de convivir. Carmen, Laura… busquemos un punto medio.
Laura dejó el tenedor en el plato como si acabaran de herirla. Su expresión se volvió trágica. Era su momento.
—¡Yo no sé qué hay que negociar, Luis! Desde el primer día te lo dije: le estorbo. Soy una molestia para ella, una piedra en el zapato. Lo único que quiere es tenerte para ella sola, que no exista nadie más en tu vida. Yo soy tu hermana, tu sangre, y ella… ella simplemente quiere echarme de aquí.
Hablaba alto, con un dramatismo estudiado, dirigida a su único espectador: su hermano. Carmen ni siquiera giró la cabeza hacia ella. Se limpió despacio los labios con la servilleta y, solo entonces, miró a su marido. Su voz salió baja, serena, pero en aquel silencio muerto de la cocina sonó más fuerte que cualquier grito.
—Luis, no tengo nada que hablar con ella. Esta conversación es entre tú y yo. Tú me pediste paciencia. Me pediste que le diera tiempo. Ha pasado medio año. En estos seis meses ha ido a cuatro entrevistas de trabajo y llegó tarde a dos. No ha limpiado nada fuera de su habitación ni una sola vez. No ha traído a casa ni una barra de pan. El mes pasado, de tu tarjeta, la que le diste para “pequeños gastos”, salieron ciento cincuenta euros en taxis y cafeterías. Y no voy a entrar en el secador roto ni en la alfombrilla del baño empapada de perfumes y cremas. Eso son hechos. Lo demás es ruido.
Cada frase caía como un clavo, hundido con precisión en el ataúd de las frágiles esperanzas de paz que Luis había construido. Carmen no insultaba, no exageraba, no levantaba la voz. Enumeraba. Y aquella verdad fría, exacta, imposible de rebatir, le resultó a Luis mucho más temible que cualquier ataque de histeria. Miró a su hermana: tenía el rostro deformado por el agravio. Miró a su esposa: permanecía tranquila, cerrada, impenetrable. Estaba atrapado.
Y eligió. Eligió como eligen los débiles, buscando siempre el camino con menos resistencia. Era más fácil ceder ante la manipulación de Laura que mirar de frente lo evidente.
—Pero ¿por qué tienes que ser tan… tan dura? —consiguió decir, con un reproche que apenas disimulaba—. ¿De verdad no podías tratarla de una manera un poco más… humana? Ayudarla, comprenderla. Ya ves que lo está pasando mal. ¿Por qué no quieres ceder ni un centímetro? Has convertido nuestra casa en un campo de batalla…
Eso era exactamente lo que Carmen necesitaba oír. No solo había defendido a su hermana: la había culpado a ella. En ese instante entendió que aquella semana de margen no había servido para nada. La decisión ya estaba tomada, y no por ella.
El domingo amaneció envuelto en una quietud engañosa. Era el séptimo día, el último. Laura, segura de una victoria completa e indiscutible, se entretuvo en el baño mucho más de lo habitual y luego apareció en la cocina tarareando una melodía de discoteca, como si acabaran de entregarle oficialmente las llaves del reino. Se movía con el aire satisfecho de quien ya se sabe dueña del territorio. Luis estaba sentado a la mesa.
