El teniente siguió hojeando los documentos con aquella parsimonia burocrática hasta que dejé sobre la mesa mi carta decisiva.
La víspera había llamado a Sara, una antigua compañera de universidad que trabajaba en el Departamento de Vivienda. Nos vimos en una cafetería ruidosa junto a la estación, frente a dos americanos amargos, y allí Sara me abrió una consulta interna de la base de datos. Lo que apareció en la pantalla me arrancó la primera sonrisa en toda una semana.
Alejandro, que oficialmente figuraba como desempleado, había solicitado una ayuda autonómica dentro del programa de “Familia joven”: una compensación destinada al alquiler de vivienda. Para cobrarla, era imprescindible presentar un contrato de uso de una vivienda con al menos dieciocho metros cuadrados por persona. Y aquel iluminado había adjuntado precisamente mi contrato falsificado.
Eso ya dejaba de ser una pelea doméstica. Entraba en otro terreno: fraude en la obtención de prestaciones públicas. Meter la mano en dinero del Estado. Y la justicia rara vez mira hacia otro lado cuando se trata de fondos presupuestarios.
Sara me confirmó que la orden de concesión a favor de Alejandro ya estaba firmada. El primer pago, de unos 1.200 €, debía entrar en su tarjeta ese mismo viernes.
—Muy bien, familia —murmuré al salir del edificio del Departamento, mientras el viento húmedo me golpeaba la cara—. Ahora vamos a jugar con mis reglas.
El viernes por la noche abrí la puerta de mi piso con mi propia llave. Esta vez el pestillo no estaba echado: esperaban comida a domicilio.
Detrás de mí venían tres personas. El capitán Torres, agente de zona, con el gesto sombrío; una inspectora de Extranjería con uniforme azul, y una representante del Departamento de Vivienda que llevaba bajo el brazo una pesada carpeta de cuero.
Desde la cocina llegaban la risa chillona de Laura y el tintineo de los platos. Estaban de celebración. Sobre la mesa había una caja de pizza abierta y una botella de vino semidulce. Alejandro ocupaba mi sillón como si fuera suyo, con las piernas apoyadas en una silla cercana.
—¡Uy, llegó Clarita! —Laura levantó las manos con teatralidad, aunque se tensó en cuanto vio los uniformes. El queso que colgaba de su porción de pizza quedó suspendido en una hebra sucia.
—¿Don Alejandro Marín? —El capitán Torres avanzó un paso, llenando con su presencia la entrada de la cocina—. Capitán Torres, agente de zona. Su documentación.
—¿Cuál es el problema? —Alejandro intentó incorporarse, pero las rodillas le temblaron de forma evidente—. Estamos empadronados aquí, todo es legal…
—Estaban empadronados —lo corrigió la funcionaria de Extranjería, llevándose la mano a la carpeta.
