La herida y la furia que antes le hervían por dentro se habían convertido en una lucidez helada. Silvia Flores todavía no sabía cómo terminaría aquella noche, pero una cosa la tenía clara: no volvería a tragarse las palabras.
Mónica Gómez cruzó una mirada rápida con su madre. En el rostro de la cuñada pasó una sombra de cálculo; era evidente que ya estaba midiendo el terreno, buscando la forma de reconducir la escena para que acabara favoreciéndola.
—Bueno —dijo al fin, apretando los dientes—. Vale, nos hemos pasado. Perdona.
La disculpa sonó tan hueca, tan fingida, que incluso Diego Morales hizo una mueca de incomodidad.
Silvia miró el reloj. Apenas eran las siete y poco de la tarde, pero a ella le daba la impresión de haber atravesado un día entero. Al día siguiente tendría que ir al banco y pedir que le explicaran con detalle cada cláusula de su hipoteca.
Y, además, debía averiguar si Diego estaba dispuesto por fin a colocarse en algún lado o si pensaba seguir atrapado entre dos fuegos, temiendo molestar a su madre y evitando defender a su propia mujer.
Se desató el delantal con movimientos tranquilos y lo colgó cuidadosamente en el gancho junto a la cocina.
—Subo un momento —anunció en voz baja—. Mientras tanto, decidid vosotros quién no cuenta aquí para nada.
Después salió de la cocina sin volver la vista atrás.
Silvia subió al dormitorio y cerró la puerta, aunque no del todo. Dejó una rendija, como hacía siempre que quería oír lo que sucedía en la casa. Era una costumbre antigua, de cuando vivía con su hermano menor y tenía que estar pendiente de que no cometiera alguna tontería.
Desde abajo le llegaron voces apagadas, pero lo bastante claras.
—Mamá, tenemos que hacer algo —decía Mónica Gómez—. Si de verdad deja de pagar su mitad, el banco empezará a llamar, y luego acabarán quitándoles el piso por las deudas. Diego no puede asumir él solo una cuota así.
—Ya lo sé, ya lo sé —respondió Pilar Morales, con una irritación en la voz que no lograba ocultar del todo el cálculo—. Pero gritarle no ha sido precisamente la idea más inteligente, hija.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Quedarme callada? ¡Si se comporta como si esto fuera suyo!
—Es que, según los papeles, también lo es —se atrevió a intervenir alguien de la familia, aunque se calló de inmediato al notar la mirada de Pilar Morales.
Silvia se sentó en el borde de la cama y siguió escuchando.
—Oye —la voz de Mónica bajó de tono y adquirió un matiz conspirador—, ¿y si lo hacemos de otra manera? No con broncas, sino por el lado de la preocupación.
—¿Qué quieres decir?
—Mira. Mañana vengo, le pido perdón como es debido, con educación. Traigo algo, no sé, unas flores, una tarta. Le digo que me pasé, que estaba agotada por el trabajo, que los nervios me pudieron y todo eso. Y luego, como quien no quiere la cosa, saco el tema de firmar algún documento. Algo tipo seguro vinculado a la hipoteca. Ya sabes, por si a uno de los dos le pasa algo y el banco no se queda sin cobrar. Y en ese papel metemos tu nombre como cotitular del préstamo, sin darle importancia.
Pilar Morales guardó silencio unos segundos, seguramente dándole vueltas a la propuesta.
—¿Y ella no se dará cuenta de lo que está firmando?
—¿Quién va a ponerse a revisar nada si se presenta bien? Buscaré alguna plantilla por internet, la imprimo y digo que es un trámite del banco. Diego firmará sin mirar, porque nunca se mete en estas cosas. Y Silvia, si ve que su marido está de acuerdo, también firmará para evitar otra discusión.
Silvia apretó entre los dedos el borde de la colcha. Así que era eso. No un asalto frontal, sino una maniobra por detrás: mediante una firma, mediante la confianza, mediante el cansancio de vivir en conflicto permanente.
—¿Y de qué nos sirve a nosotras eso de ser cotitular del préstamo? —preguntó Pilar—. ¿Qué más me da quién aparezca ahí?
—Mamá, piensa un poco —Mónica parecía disfrutar mientras explicaba su plan—. Si yo figuro como cotitular, puedo empezar a reclamar derechos sobre esta vivienda. No de inmediato, claro. Pero si ellos se separan —y se separarán, te lo garantizo; después de una bronca así es cuestión de tiempo—, entonces ya no se repartiría entre dos, sino entre tres. Y yo podría insistir en quedarme a vivir aquí, porque también estaría vinculada al pago.
—¿Y Silvia?
—Silvia que se vaya donde quiera —soltó la cuñada, y esta vez su rabia sonó sin disimulo—. Estoy harta de que esa advenediza mande en esta casa. Es grande, cómoda, está al lado del metro. Diego nunca debió liarse con ella.
Abajo se oyó el golpe seco de una puerta de armario. Alguien, quizá, buscaba un postre sin entender que allí, a pocos metros, se estaba trazando un plan capaz de destrozar una familia ajena.
—¿Y qué dirá Diego si se entera? —preguntó Pilar Morales con cautela.
—¿Y por qué tendría que enterarse? Le diremos que es un seguro exigido por el banco, obligatorio para todos los que tienen hipoteca. Él no entra en esos asuntos, ya lo sabes. Si se lo dices con seguridad, se lo cree.
Silvia notó que los dedos se le quedaban fríos. Sacó el móvil y, procurando no hacer ruido, abrió la grabadora. Pulsó el botón rojo y dejó el teléfono sobre el alféizar, lo más cerca posible de la rendija de la puerta.
—Está bien —dijo Pilar después de una pausa—. Pero habrá que hacerlo con mucho cuidado. Como sospeche lo más mínimo, se nos cae todo.
—No va a sospechar —aseguró Mónica—. Ya te lo he dicho: lo presentaré como una muestra de preocupación. Le diré que quiero ayudar, que me importa su futuro. Ella, en el fondo, es buena, aunque tenga carácter. Se lo tragará.
Silvia sonrió para sus adentros, con una mezcla amarga de alivio y tristeza. De modo que no había imaginado nada. No era casualidad que durante los últimos meses hubiese percibido aquella falsedad. No eran manías suyas las preguntas repentinas de Mónica sobre documentos, ni las conversaciones de Pilar Morales acerca de la “propiedad común”.
Se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Fuera empezaba a caer la noche, y en el edificio de enfrente se encendían poco a poco las primeras luces.
