—¡Pues tráelas tú! ¡Tengo las manos mojadas!
Me sequé las manos húmedas en los vaqueros, entré en la casa, saqué las toallas del cajón y las llevé a la veranda.
Los hombres ya se habían instalado alrededor de la mesa. Antonio Castro iba llenando vasos pequeños con aguardiente. Miguel Aguado estaba sentado a su lado y se reía de alguna ocurrencia que yo no había alcanzado a oír.
—Y entonces le digo: esa chatarra hay que mandarla directa al desguace —proclamaba Antonio a voz en cuello, agitando una brocheta como si fuera un bastón de mando—. Hoy en día los tíos espabilados se están pasando a los coches chinos. Yo también estoy pensando en quitarme el mío de encima y comprar algo decente.
El tío Rafael Flores, un hombre flaco con camisa de cuadros, soltó una risita seca.
—Antonio, ¿y tú ya has ganado para comprarte un chino? Si tu tienda de recambios cerró en primavera.
Antonio no se dio por aludido lo más mínimo.
—Eso son baches pasajeros, tío Rafael. Los negocios son así: hoy no entra nada y mañana te sobra. Miguel sabe de lo que hablo.
Le dio unas palmadas a mi marido en el hombro. Miguel asintió, aunque enseguida apartó la mirada.
Me quedé parada junto a la mesa. Un mes antes, Miguel le había enviado a Antonio mil euros por transferencia. “Para que mi hermano levante el negocio”, me dijo entonces. Era dinero de mi cuenta de autónoma, una cantidad que yo le había pasado a Miguel para pagar los gastos de nuestra vivienda.
Dejé las toallas delante de la tía Mónica.
—Ay, Laurita —Mónica me sujetó de la muñeca—. ¿Y esa cara tan pálida? ¿Sigues trabajando sin parar? Nuestra mujer de negocios.
En la forma en que dijo “mujer de negocios” había tanta condescendencia que parecía que me imaginaba vendiendo pipas en una estación.
—Trabajo, tía Mónica —respondí, soltándome con cuidado.
—Antonio dice que ya estás enterrada en dinero —intervino Pilar Ortega, entrando con una fuente enorme llena de pepinos—. Y que ni ves a la familia. Vienes una vez al mes, dejas la compra como si fuera limosna y te quedas mirando el móvil. En lugar de estar aquí con nosotros de corazón.
Me quedé inmóvil. Por dentro se me hizo un frío limpio, casi sereno.
—Pilar Ortega, yo no “dejo” la compra. La compro. Con mi dinero —dije sin levantar la voz.
Mi suegra apretó los labios. Antonio golpeó la mesa con el vaso.
—Laura, ya estamos otra vez —se quejó, torciendo el gesto—. ¿Por qué lo conviertes todo en dinero? Nosotros te hablamos de cariño, de familia, de calor humano, y tú nos sales con recibos. Siempre actúas como si nuestras tradiciones te importaran un bledo.
Miré a Miguel. Mi marido estaba entregado al estudio minucioso del dibujo del hule.
—Sí, Antonio. Me importan un bledo —lo dije bajo, pero alrededor de la mesa se hizo un silencio más denso.
Antonio se echó hacia atrás en la silla de plástico. Me observó con una expresión extraña, una mezcla de agravio y de absoluta convicción de estar en lo cierto.
—Yo soy el hermano mayor —dijo de pronto, sin chulería, casi con calma—. Nuestro padre murió cuando Miguel tenía diez años. A mí me tocaba ser el que mandara. El que reuniera a todos. Pero mi negocio se vino abajo. Y a ti te empezó a ir bien. Ahora vienes aquí y nos miras como si fuéramos parientes pobres. Yo solo quiero sentirme dueño de algo, aunque sea aquí, en la casa de mi madre. ¿Lo entiendes o no?
Era verdad. Una verdad simple, torcida, muy humana. Él necesitaba un lugar donde seguir siendo el principal. Y se había construido ese lugar a costa de mí.
No supe qué contestar. Porque, en el fondo, yo también me había quitado a todos de encima pagando. Me resultaba más fácil encargar la compra desde una aplicación, mandar dinero para arreglar el tejado y evitar así sus quejas, sus reproches y aquellas conversaciones interminables, vacías, sobre quién le había dicho qué a quién diez años atrás. Fui yo quien les dio permiso para servirse de mi dinero.
No dije nada. Me di la vuelta y regresé a la cocina. Allí me esperaba un cubo lleno de patatas sin pelar.
Parte 3. Confesiones junto al fregadero
Una hora después terminé de limpiar las patatas, las puse a cocer en el hornillo de gas y empecé a cortar el queso. Mi queso. El camembert estaba perfecto: corteza blanca y aterciopelada, interior cremoso, casi líquido.
La tía Mónica entró en la cocina. Buscaba sal.
—Está en la estantería, en el bote amarillo —le indiqué mientras iba colocando las porciones de queso sobre una tabla de madera.
Mónica cogió el bote y se quedó mirando la tabla.
—Te queda bonito, Laura. Y seguro que está riquísimo. —Dudó un momento, cambiando el peso de un pie al otro—. Oye… a Antonio no le pases ni una. Se le ha ido completamente de las manos.
Levanté la vista. Mónica casi siempre callaba o le daba la razón a Pilar Ortega.
