Detuve el coche junto a la valla torcida de la parcela, en una urbanización de casas de campo. La portezuela del jardín estaba abierta de par en par. Junto a la barbacoa de ladrillo, Antonio Castro daba vueltas a las brochetas sin apartar la vista de las brasas.
—Vaya lo que tardáis en llegar, valencianos —soltó, sin siquiera girarse.
Mi marido, Miguel Aguado, fue el primero en bajar. Se desperezó, hizo crujir el cuello y se acercó a saludar a su hermano. Yo, mientras tanto, abrí el maletero. Dentro había cuatro bolsas pesadas del supermercado: aguja de cerdo a unos cinco euros el kilo, verduras frescas, carbón y tres cajas de mis quesos: camembert, gouda y stracciatella. Los elaboraba yo misma; era mi negocio, pequeño, casi diminuto, pero constante.
—Miguel, hermano, echa una mano con las bolsas —dijo Antonio desde la barbacoa.
Miguel obedeció y cogió una. Naturalmente, eligió la más ligera, la que llevaba pan y hierbas. Yo no dije nada. Levanté las otras dos, cargadas de carne y queso, y las asas de plástico se me clavaron de inmediato en los dedos hasta dejármelos blancos.

Solo entonces Antonio se volvió. Llevaba puesto un delantal salpicado de grasa, el mismo que yo le había regalado a mi suegra el pasado Día de la Mujer.
—Laura, deja las llaves del coche encima de la mesa —indicó, señalando la veranda con las pinzas de la carne—. Luego moveré el mío y también apartaré el tuyo, que lo has plantado en mitad del paso.
Miré el llavero en mi mano. A Antonio le encantaba ponerse al volante de mi coche. El suyo, un turismo extranjero ya viejo, pedía taller desde hacía tiempo; el mío, en cambio, estaba recién comprado. Pasé junto a la barbacoa y dejé las llaves sobre la mesa de madera, al lado de la entrada.
De la cocina de verano salió mi suegra, Pilar Ortega, secándose las manos con un paño.
—¡Ay, por fin! —exclamó, juntando las palmas—. Laura, ¿has traído tus quesos? La tía Mónica no ha parado de pedirlos.
—Sí, Pilar, los he traído —respondí, dejando las bolsas sobre un banco.
—¿Y por qué tan poco? —Antonio metió la nariz en una de las bolsas—. Con esto no llega para veinte personas. Viene toda la familia: el tío Rafael desde Albacete, Mónica con su marido, los sobrinos… Hoy se celebra en grande.
—Son tres kilos —contesté con voz neutra—. Es suficiente.
—Te estás volviendo tacaña —se burló Antonio—. Si los haces tú. Podías haber traído una caja entera. Al fin y al cabo, somos familia.
Lo dijo con ligereza, incluso sonriendo. Saqué de una bolsa el recipiente con la carne marinada, pero Antonio me lo arrebató de las manos.
—Ah, el adobo te ha quedado decente —dictaminó después de olerlo—. Vas aprendiendo. Anda, ve a la cocina, que mamá está cortando verduras. Ayúdala. Miguel y yo nos ocuparemos de las cosas de hombres.
Las “cosas de hombres” consistían en beber cerveza en vasos de plástico y mirar las brasas.
Entré en la cocina de verano. Olía a cebolla frita y a hule viejo. Sobre la mesa se amontonaban tomates y pepinos todavía sin lavar.
—Laura, coge un cuchillo y corta en trozos grandes —ordenó Pilar—. Vamos, rápido, que los invitados llegan en una hora. También hay que pelar patatas. El cubo está ahí.
Señaló un cubo de plástico junto al lavabo. Diez litros llenos de patatas cubiertas de tierra.
—Pilar, habíamos quedado en que cada uno traería algo —dije mientras tomaba el cuchillo.
Mi suegra dejó escapar un suspiro tan dramático como si le hubiera pedido descargar un camión entero.
—Laura. Nosotros somos los anfitriones. La casa es mía. Antonio se encarga de la carne. Tú solo has comprado unas cosas y estás cortando un poco. ¿Tanto cuesta hacer algo por la familia?
Miré por la ventana. Antonio seguía junto a la barbacoa, asando la carne que yo había comprado y marinado. Sobre el carbón que yo había llevado. En una casa de campo cuyo tejado nuevo también había pagado yo.
Aparté la vista y empecé a cortar tomates.
Segunda parte. La llegada de los invitados
Hacia las dos de la tarde comenzaron a aparecer coches uno tras otro. Viejos SEAT, berlinas coreanas de segunda mano. La puerta del jardín no dejaba de golpear al abrirse y cerrarse.
Veintidós personas en total. Tías, tíos, primos lejanos, sobrinos. La familia de Miguel se reunía así todos los veranos. Lo llamaban “tradición familiar”. La tradición, en realidad, consistía en llegar, sentarse a una mesa enorme, comer, beber y comentar lo carísima que se había puesto la vida.
Yo estaba junto al fregadero, lavando la verdura. Del grifo salía un hilo finísimo de agua, tan fría que dolían los huesos.
—¡Laura! ¿Dónde están las toallas limpias? —gritó desde la veranda la tía Mónica.
—En el cajón de arriba de la cómoda —respondí en voz alta.
