—¡Pues ve por ellas! ¡Yo tengo las manos empapadas!
Me sequé las manos en el pantalón de mezclilla, entré a la casa, abrí la cómoda, saqué las toallas limpias y volví con ellas a la terraza.
Los hombres ya ocupaban sus lugares alrededor de la mesa. Rafael Romero estaba sirviendo tequila en caballitos. Alejandro Mejía, sentado a su lado, soltaba carcajadas por alguna ocurrencia que yo no había alcanzado a escuchar.
—Y yo le dije: “esa carcacha ya debería irse directo al yonke” —proclamaba Rafael a todo volumen, agitando un alambre para asar como si fuera micrófono—. Ahorita la banda que sabe se está cambiando a los carros chinos. Yo también estoy pensando vender el mío y comprarme algo más decente.
El tío Manuel Contreras, un hombre flaco, de hombros caídos y camisa de cuadros, soltó una risita seca.
—Rafael, ¿y ya juntaste para ese carro chino? Si tu refaccionaria cerró desde la primavera.
A Rafael no se le movió ni una pestaña.
—Son baches, tío Manuel. Así es el negocio. Un día no hay nada y al otro ya estás levantado. Alejandro sabe de eso, ¿verdad?
Le dio unas palmadas a mi esposo en el hombro. Alejandro asintió apenas y bajó la mirada.
Me quedé parada junto a la mesa. Un mes antes, Alejandro le había transferido a Rafael dieciocho mil pesos por SPEI. “Para que mi hermano vuelva a arrancar”, me explicó entonces. Ese dinero había salido de la cuenta de mi negocio; yo se lo había pasado a Alejandro para pagar los servicios de nuestro departamento.
Dejé las toallas frente a la tía Juana.
—Ay, Carolina —Juana Herrera me tomó de la muñeca—. ¿Y esa cara tan pálida? Seguro sigues trabajando sin parar, ¿no? Nuestra empresaria.
En la palabra “empresaria” venía escondida tanta condescendencia que parecía que mi negocio consistía en vender pepitas afuera de la central camionera.
—Trabajo, tía Juana —respondí, zafándome con cuidado.
—Pues Rafael dice que ya ni sabes dónde meter tanto dinero —intervino Josefina Mejía, entrando con una charola enorme llena de pepinos rebanados—. Ya ni ves a la familia. Vienes una vez al mes, dejas la despensa como si fuera limosna y luego te clavas en el celular. En lugar de convivir de corazón con nosotros.
Me quedé inmóvil. Por dentro sentí un frío limpio, casi tranquilo.
—Josefina, yo no “dejo” la despensa. La compro. Con mi dinero —dije sin levantar la voz.
Mi suegra apretó los labios. Rafael golpeó la mesa con el caballito.
—Carolina, ya vas a empezar —dijo, haciendo una mueca—. Siempre llevas todo al dinero. Nosotros hablamos de cariño, de familia, de calor humano, y tú sales con recibos y cuentas. Te comportas como si nuestras tradiciones te valieran madre.
Miré a Alejandro. Mi marido parecía muy ocupado examinando los dibujos del mantel de plástico.
—Sí, Rafael. Me valen —lo dije bajo, pero alrededor de la mesa el ruido se apagó.
Rafael se recargó en el respaldo de la silla de plástico. Me observó con una expresión rara, a medio camino entre el agravio y una seguridad absoluta de estar en lo correcto.
—Yo soy el hermano mayor —dijo de pronto, ya sin alardear, casi sereno—. Mi papá se murió cuando Alejandro tenía diez años. A mí me tocó ser el que mandara, el que reuniera a todos. Pero mi negocio se fue al suelo. Y a ti te empezó a ir bien. Entonces llegas aquí y nos miras como si fuéramos parientes pobres. Yo quiero sentir, al menos en la casa de mi madre, que sigo siendo el hombre de la familia. ¿Lo entiendes o no?
Era verdad. Una verdad torcida, sencilla, dolorosamente humana. Rafael necesitaba un sitio donde sentirse jefe. Y había decidido fabricarse ese lugar a costa mía.
No supe qué contestarle. También era cierto que yo había intentado comprar mi distancia. Me resultaba más fácil pagar la despensa desde una aplicación, transferir dinero para arreglar el techo, cubrir cualquier gasto, con tal de no escuchar quejas ni sentarme a participar en esas conversaciones eternas y sin sentido sobre quién le dijo qué a quién hacía diez años. Yo misma les había entregado permiso para disponer de mi dinero.
No dije nada. Regresé a la cocina. En el piso me esperaba una cubeta llena de papas sin pelar.
Parte 3. Confesiones junto al fregadero
Una hora después terminé de pelar las papas, las puse a cocerse en la estufa de gas y empecé a cortar queso. Mi queso. El camembert estaba perfecto: corteza blanca y aterciopelada, centro suave, casi líquido.
La tía Juana entró a la cocina buscando sal.
—Está en la repisa, en el frasco amarillo —le indiqué mientras acomodaba las rebanadas de queso sobre una tabla de madera.
Juana tomó el frasco y luego se quedó viendo la tabla.
—Te queda bonito, Carolina. Y se ve rico —dijo. Dudó un momento, cambiando el peso de un pie al otro—. Oye… a Rafael no le aflojes. Ya se le subió demasiado.
Levanté la cabeza. Juana, que siempre callaba o le daba la razón a Josefina Mejía, jamás hablaba así.
