«Carolina, deja las llaves de tu nave en la mesa» ordenó Rafael, apuntando con las pinzas del asador

Es injusto y humillante vivir así.
Historias

Detuve el coche junto a la cerca vencida del terreno familiar, en aquel fraccionamiento campestre de casas de fin de semana. La puerta metálica estaba abierta de par en par. Junto al asador de ladrillo, Rafael Romero giraba las brochetas sin despegar la vista de las brasas.

—Se tardaron bastante, tapatíos —soltó, sin siquiera voltearnos a ver.

Mi esposo, Alejandro Mejía, fue el primero en bajarse. Se estiró, hizo tronar el cuello y caminó hacia su hermano para saludarlo. Yo abrí la cajuela. Adentro venían cuatro bolsas pesadas del súper. Aguja de cerdo a unos noventa y cinco pesos el kilo, verduras frescas, carbón y tres cajas de mis quesos: camembert, gouda y stracciatella. Los preparaba yo misma; era mi negocio, chiquito, sí, pero constante.

—Ale, carnal, ayúdale con las bolsas —dijo Rafael.

Alejandro obedeció y tomó una sola. La más liviana, la que traía pan y hierbas. Yo, sin decir nada, cargué dos bolsas enormes con carne y queso. Las asas de plástico se me clavaron en los dedos hasta dejármelos blancos.

Por fin Rafael se giró. Llevaba puesto un mandil salpicado de grasa, el mismo que yo le había regalado a mi suegra el Día de las Madres pasado.

—Carolina, deja las llaves de tu nave en la mesa —me indicó, apuntando con las pinzas del asador hacia la terraza—. Más tarde voy a mover la mía y también acomodo la tuya, porque quedó estorbando media entrada.

Miré el llavero en mi mano. A Rafael le encantaba manejar mi coche. Su carro viejo llevaba meses pidiendo taller, mientras que el mío estaba prácticamente nuevo. Pasé junto al asador y dejé las llaves sobre la mesa de madera, cerca de la entrada de la casa.

De la cocinita exterior salió mi suegra, Josefina Mejía, secándose las manos con un trapo.

—¡Ay, por fin llegaron! —exclamó, levantando los brazos—. Carolinita, ¿sí trajiste de tus quesos? Es que la tía Juana me estuvo insiste e insiste.

—Sí los traje, doña Josefina —respondí, dejando las bolsas sobre una banca.

—¿Y por qué tan poquito? —Rafael metió la nariz en una de las bolsas—. Con esto no alcanza para veinte personas. Viene toda la familia: el tío Manuel Contreras de Tonalá, Juana con su marido, los sobrinos. Hoy se arma en grande.

—Son tres kilos —contesté con calma—. Es suficiente.

—Qué agarrada —se burló Rafael—. Si tú los haces. Bien pudiste traer una caja completa. Al fin que somos familia.

Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, con una sonrisa ligera. Saqué de una bolsa el recipiente donde venía la carne marinada. Rafael me lo arrebató de las manos.

—Ah, te quedó decente el adobo —opinó después de olerlo—. Vas aprendiendo. Ve a la cocina, mi mamá está cortando verduras. Échanle la mano. Ale y yo nos quedamos aquí con las cosas de hombres.

Las “cosas de hombres” consistían en tomar cerveza en vasos de plástico y quedarse mirando el carbón.

Entré a la cocina de afuera. Olía a cebolla frita y a mantel de hule viejo. Sobre la mesa había una montaña de jitomates y pepinos sin lavar.

—Carolina, agarra un cuchillo y córtalos en pedazos grandes —ordenó Josefina Mejía—. Ándale, apúrate, los invitados llegan en una hora. También falta pelar las papas. La cubeta está allá.

Señaló un bote de plástico junto al lavadero. Diez litros de papas cubiertas de tierra.

—Doña Josefina, habíamos quedado en que cada quien iba a traer algo —dije mientras tomaba el cuchillo.

Mi suegra suspiró con tanto dramatismo que parecía que yo le hubiera pedido descargar un tráiler.

—Carolina. Nosotros somos los anfitriones. La casa es mía. Rafael está asando la carne. Tú nada más compraste unas cositas y estás picando verdura. ¿De verdad se te hace tan difícil ayudar a la familia?

Miré por la ventana. Rafael seguía junto al asador. Estaba cocinando la carne que yo había comprado y marinado. Con el carbón que yo había llevado. En una casa de campo cuya nueva techumbre también había pagado yo.

Aparté la vista y empecé a cortar jitomates.

Parte 2. La llegada de los invitados

Los coches comenzaron a aparecer cerca de las dos de la tarde. Llegaban autos viejos, sedanes coreanos usados, camionetas ya muy caminadas. La reja no dejaba de azotarse.

Veintidós personas. Tías, tíos, primos lejanos, sobrinos. La familia de Alejandro se reunía así todos los veranos. Le llamaban “tradición familiar”. La tradición, en realidad, consistía en que ellos llegaban, se sentaban alrededor de la mesa grande, comían, bebían y comentaban lo caro que estaba todo.

Yo permanecía junto al fregadero, lavando el cilantro y las lechugas. Del lavamanos salía apenas un chorrito de agua, tan fría que calaba hasta los huesos.

—¡Carolina! ¿Dónde están las toallas limpias? —gritó desde la terraza la tía Juana.

—En el cajón de arriba de la cómoda —le respondí a gritos.

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