—Cuenta, y yo te corto un poco de salmón para que lo tomes viendo el partido.
Diego carraspeó, incómodo.
—El tío Salvador Campos dejó caer que Paula había llamado… Que les había contado no sé qué de nosotros. Según ella, aquí no nos hacía demasiada ilusión recibir a nadie y los invitábamos solo por compromiso.
—Ya veo —respondió Lucía Ramírez, quedándose pensativa.
—¿Qué es lo que ves? ¿Entonces me vas a cortar el salmón?
—Claro que sí, cariño. Solo que… creo que me porté de forma poco educada con tu hermana. Me da vergüenza. Por favor, invítalos a venir esta semana. Nos sentamos un rato, hablamos y yo le pido disculpas.
—Vale, por supuesto. Los llamaré. Con la familia conviene llevarse bien.
—Eso mismo. Gracias, cielo…
A Lucía le ardían las ganas de restregarle a su marido la cara contra aquel desastre, llamar después a Paula y soltarle todo lo que pensaba. Sin embargo, en ese preciso instante comprendió cuál era el camino correcto.
Sin levantar la voz y sin montar ninguna escena, ordenó la casa y salió a comprar más productos selectos. El sábado celebraba su cumpleaños y había reservado unas mesas en el café que estaba en el mismo edificio. No esperaba demasiada gente, pero quería que todo saliera impecable. El problema era que, por culpa de las habladurías de Paula Serrano, los parientes de Diego empezaban a rechazar la invitación. Y Lucía tenía un interés sincero en acercarse a los Álvarez.
Al día siguiente, al volver del trabajo, se encontró con el caos nada más abrir la puerta.
Mateo Navarro corría por el piso de un lado a otro, naturalmente, sin quitarse los zapatos.
—¡Hola, amiga! ¡Nos llamaste y aquí estamos! —Paula apareció en el recibidor como si estuviera en su propia casa. Llevaba puesta la bata favorita de Lucía y una toalla enrollada en la cabeza—. Nos cortaron el agua, así que pensamos darnos un baño en vuestro jacuzzi.
—Que aproveche el baño —saludó la dueña del piso, con una sonrisa tensa y haciendo un esfuerzo enorme por no estallar.
Durante toda la velada tuvo que atenderlos como si fueran invitados de honor. Se disculpó por su comportamiento anterior, invitó a Paula y a su familia al cumpleaños y le pidió que hiciera llegar también la invitación a los Álvarez y al tío Salvador Campos. Mientras tanto, como quien no quiere la cosa, fue mencionando las bebidas caras que había comprado y los manjares que pensaba servir. Se acostó temprano. A la mañana siguiente, fiel a su costumbre, salió pronto hacia la oficina. Allí preparó café, se acomodó en su sillón, abrió una aplicación especial en el teléfono y sonrió satisfecha. La mitad del plan ya estaba en marcha. Solo faltaba esperar la fiesta.
A pesar de las intrigas que Paula había tejido, el día del cumpleaños acudieron todos los familiares. La música en directo resultaba agradable, la comida estaba deliciosa y el ambiente era ligero, casi festivo. El presentador profesional conseguía arrancar sonrisas y aplausos a los invitados. La única que no podía permanecer quieta era Paula. Necesitaba concursos vulgares con botellas y lápices, y en varias ocasiones intentó arrebatar el micrófono.
Junto a la barra de cócteles, Ignacio Álvarez se acercó a Lucía.
—Gracias por una velada tan bonita. Verá, en la administración siempre hay asuntos pendientes, y además Paula insistía en que no viniéramos. Luego supimos que usted nos esperaba de verdad… Le aseguro que no me arrepiento en absoluto de haber aplazado mis compromisos. Me alegra que podamos tratarnos más de cerca, y desde ya quedan invitados a nuestra casa.
—Muchísimas gracias. El sentimiento es mutuo. Por favor, pasen a la mesa; enseguida servirán el plato caliente.
Mientras tanto, Paula y Álvaro Navarro discutían a gritos con el DJ, exigiendo que en “aquel tugurio” se organizara karaoke. Varios invitados y parientes los miraban de reojo, aunque nadie se animaba a llamarles la atención. Para colmo, Paula había bebido tanto que terminó empujando a un camarero y volcó una mesa llena de copas. Cuando llegó el momento de felicitar a la cumpleañera, salió prácticamente en ropa interior e intentó ejecutar algo parecido a una danza oriental del vientre.
—¡Ya os entretengo yo, visto que la homenajeada ha sido tan tacaña que no contrató animación! —gritó, sacudiendo sus carnes y provocándole a Lucía una oleada de náuseas.
Los demás soportaban el espectáculo en silencio. Probablemente porque, al fin y al cabo, era familia.
A Lucía, en cambio, aquella conducta le venía de maravilla. No podía perdonar a su cuñada.
