«¿crees que Álvaro tendrá dientes de repuesto?» dijo Lucía en voz baja, sarcástica ante la invasión nocturna de la cuñada

Una intrusión tan odiosa rompió su silencio sagrado.
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Lucía Ramírez, por supuesto, no pensaba encargarse de aquello. Le puso a la hermana de su marido una bolsa en la mano y le indicó, con una calma forzada, que había una lavandería justo en el edificio de al lado. Paula Serrano se encogió de hombros, como si la cosa no fuera con ella, y se sentó a la mesa.

—Qué bien vivís aquí —soltó Paula, con la boca llena de embutido—. La reforma os ha quedado de revista, y los muebles tampoco parecen baratos. ¿De dónde sacáis tanto lujo?

—¿Perdona? —Lucía creyó, por un instante, que había oído mal.

—Que de dónde habéis sacado el dinero —repitió Paula sin rubor—. Diego siempre se queja de que no tiene un duro. Y, aun así, vivís en pleno centro, en un piso enorme y arreglado como si fuerais marqueses.

A Lucía empezó a hervirle la sangre. Sin embargo, se obligó a contenerse. Entre los parientes de Diego había personas bastante decentes, y Paula, con esa lengua suya, era capaz de inventarse cualquier barbaridad y hacerla circular como si fuera verdad.

—Hay un sitio secreto… —dijo Lucía en voz baja.

Los invitados, picados por la curiosidad, incluso se inclinaron hacia ella. Lucía dejó pasar unos segundos, alargando la pausa, y luego pronunció despacio, con cada sílaba bien marcada:

—Se llama: tra-ba-jo.

—Nosotros también trabajamos, querida —respondió Paula, ofendida solo a medias—. Lo que pasa es que con un trabajo honrado no se gana tanto. Y a vosotros se os nota que os va demasiado bien. Eso significa que por algún lado algo rascáis. Compartid un poquito con la familia y nosotros no le contaremos nada a nadie.

Lucía dio un golpe seco con la taza sobre la mesa y se levantó.

—Hasta aquí he llegado, Diego. O llamas ahora mismo un taxi para tu hermana, o a partir de este minuto atiendes, sirves y entretienes tú solito a tus familiares. Yo me voy a dormir. Y como alguien se atreva a despertarme, llamo a la policía.

Durante un buen rato, desde el dormitorio, siguió oyendo murmullos apagados, pasos, puertas y ruidos en la cocina. Al final puso el despertador a las seis de la mañana y se quedó dormida.

Tal como Lucía había supuesto, Paula y sus “chicos” terminaron pasando la noche allí. Pero ella no tenía la menor intención de cruzarse otra vez con aquella tía desquiciada, de modo que se preparó en silencio y se marchó al trabajo antes de que nadie despertara. Diego la llamó y le escribió varias veces, aunque Lucía no contestó. Prefería saborear aquella paz, ese rato sin voces ni exigencias. Llegó a la oficina una hora y media antes de lo habitual; se sirvió un café y, con calma, empezó a revisar documentos pendientes.

Al salir, pasó por el supermercado. Desde el aparcamiento llamó a su marido.

—Diego, baja. Hay que subir la compra.

—¿Y tú sola no puedes llevarla? —preguntó él, bostezando.

—No —contestó Lucía, sintiendo de nuevo cómo se le tensaban los nervios—. Y da gracias a que no te he mandado a ti a comprar. Estoy organizando yo sola mi propio cumpleaños.

En realidad, quien sostenía económicamente aquella casa era ella. Durante los últimos años, a medida que había ido ascendiendo en su carrera, también habían aumentado sus ingresos. Gracias a ese dinero habían podido hacer una reforma moderna en el piso y comprar un buen coche. Diego, tiempo atrás, había sido un hombre con empuje, pero año tras año se volvía más pasivo. En vez de formarse, progresar o hacer deporte, prefería tumbarse delante del televisor a ver fútbol.

Él dejó las bolsas en el recibidor y regresó, sin más, a su sitio frente a la pantalla.

Cuando Lucía abrió la puerta de la cocina, se quedó helada.

Había platos sucios por todas partes. Restos de comida abandonados, paquetes abiertos de embutidos y quesos caros que ella pensaba servir en su celebración. En el tarro vacío de caviar rojo, comprado con antelación para la fiesta, flotaban colillas. El olor era insoportable.

—Pero será posible… —murmuró, incapaz de encontrar una palabra decente.

Las bebidas caras que había reservado para el cumpleaños estaban vacías o, peor aún, abiertas y medio echadas a perder.

—Lucía… —apareció Diego con expresión incómoda—. Ha pasado una cosa. Me han escrito mi hermano, Ignacio Álvarez, y el tío Salvador Campos. Dicen que no vendrán a tu cumpleaños.

—¿Por qué? —Lucía se quedó sinceramente afectada. Había calculado el menú para un número concreto de personas y, además, quería conocer mejor a esos familiares. La ciudad no era grande, y los Álvarez tenían una posición muy respetada.

—No lo sé… —balbuceó Diego, apartando la mirada.

Lucía lo observó con atención.

—Te conozco. Me estás ocultando algo. Venga, cuéntamelo todo.

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