«¿crees que Álvaro tendrá dientes de repuesto?» dijo Lucía en voz baja, sarcástica ante la invasión nocturna de la cuñada

Una intrusión tan odiosa rompió su silencio sagrado.
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El timbre sonó justo cuando Lucía Ramírez estaba en el baño, preparándose para acostarse. Diego Duque, su marido, llevaba ya un buen rato roncando en el sofá. Ella se sobresaltó un poco, pero aun así fue hasta la puerta.

—¡Abra! ¡Veo perfectamente que alguien tapa la mirilla! —tronó al otro lado la voz de Paula Serrano.

La hermana de Diego jamás había sabido comportarse con discreción. Su figura voluminosa y aquella energía desbordada la hacían destacar en cualquier sitio.

—Hola… —murmuró Lucía, abriendo con desconcierto. Tenía la cara cubierta con una mascarilla para piel sensible y el pelo lleno de rulos.

—¡Hola, amiga! Menos mal que seguís despiertos. Estábamos dando una vuelta por aquí cerca y se nos ha escapado el último metro. Así que nos quedamos en vuestra casa —anunció Paula, apartando a Lucía como si fuera un mueble.

Detrás de ella se colaron Álvaro Navarro, su marido, y el hijo de ambos, Mateo Navarro.

—¿Y mi hermanito dónde está? ¡Diego! ¿Qué haces ahí tirado? ¡Arriba, que ha venido tu hermana! —gritó Paula, soltando una carcajada.

Aquel ruido, entre bramido de hipopótamo e hipo de elefante, hizo que a Lucía le temblara un párpado. Comprendió al instante que su noche tranquila acababa de quedar arruinada.

—¡Lucía! ¿Por qué te has quedado plantada? Vamos, pon algo en la mesa. Tus queridos parientes llegan hambrientos.

Lucía lanzó a su marido una mirada más que elocuente, pero Diego se limitó a encogerse de hombros.

—Pasad todos al salón, vemos un poco la tele. Lucía nos preparará una cenita ligera. ¡Chicos, vamos a ver el fútbol!

Ella miró, todavía aturdida, primero a Diego y luego a Mateo, de siete años, que se había subido con las zapatillas puestas a su sillón favorito. Mientras tanto, el enclenque de Álvaro suspiró con aire soñador:

—Con el fútbol vendrían bien unas patatas fritas. Oye, Paula, ¿tú crees que Lucía tendrá algo para acompañarlas?

—Y tú, Diego —dijo Lucía en voz baja—, ¿crees que Álvaro tendrá dientes de repuesto?

Álvaro se atragantó con su propia saliva, y Paula volvió a reírse.

—¡Qué ocurrencias tienes, amiga! Bueno, enséñame tu palacio, que te echo una mano.

—Sí, claro. En cuanto Mateo limpie mi sillón.

—¡Vaya granuja! Mateo Navarro, al entrar en una casa hay que quitarse los zapatos.

Sin despegar los ojos del teléfono, el niño se sacudió las zapatillas al suelo y, con gesto muy serio, se metió un dedo en la nariz.

Lucía hizo una mueca y condujo a su cuñada hacia el baño.

—Aquí tienes un trapo. Que limpie el sillón. Después ya habrá visita guiada.

—Madre mía… Qué hospitalidad tan desbordante… —masculló Paula, metiéndole el trapo a su hijo en la mano.

El niño asintió, aunque no hizo el menor intento de acercarse al sillón.

Lucía pensaba quitárselos de encima con unos bocadillos y, acto seguido, pedirles un taxi para enviarlos a su casa. Estaba cortando embutido cuando oyó un chapoteo extraño. Al girarse, vio a Paula metiendo un cucharón en la olla de sopa y comiendo directamente de allí. Paula sonrió sin acordarse de tragar, y el caldo le resbaló por la barbilla hasta empaparle la blusa.

Sin avergonzarse ni un poco, Paula se limpió la cara con el borde de la prenda, se la quitó y se la tendió a Lucía.

—Lávamela, por favor. ¡Tienes una lavadora estupenda! La nuestra está viejísima; yo con una así solo puedo soñar…

Lucía abrió la boca para contestar, pero todo sucedía con tanta rapidez que no lograba reaccionar. Con aquella ropa sucia en las manos, estaba a punto de protestar cuando Mateo apareció en la cocina.

—Necesito ir al baño. ¿Tenéis allí un enchufe?

—No… —respondió Lucía, perdida—. ¿Y para qué lo quieres?

—¡Álvaro! —rugió Paula—. ¡Mateo tiene que ir al baño!

Durante los diez minutos siguientes, todos corrieron por el piso buscando un alargador. Mateo tenía problemas de estómago: iba al baño pocas veces, se quedaba muchísimo rato y siempre lo hacía con el móvil en la mano. El problema era que ahora la batería se le estaba agotando.

Una vez garantizado el suministro eléctrico del niño, los adultos regresaron a la cocina. Quedaba pendiente la cuestión de lavar aquella blusa.

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