Natalia Duque miraba la pantalla sin lograr asimilarlo. Pilar Méndez había caído en la trampa que ella misma había tendido. Pero ¿cómo era posible que no supiera que aquellas cámaras también la estaban grabando a ella?
Como si Jorge Ibáñez hubiera leído exactamente lo que se le cruzaba por la cabeza, explicó en voz baja:
—No sabe desactivar la grabación. Y menos mal.
Natalia levantó la vista hacia él, todavía aturdida.
—Entonces… ¿por qué no dijiste nada?
Jorge se pasó la mano por la cara, cansado, y bajó la mirada.
—Porque necesitaba reunir pruebas. No quería que pasara como con lo de las pastillas.
Avanzó la grabación hasta el día siguiente. En la imagen, Natalia vio a Pilar sacar la carpeta de detrás de unos botes, sentarse a la mesa de la cocina y empezar a revisar los papeles. Después cogió el móvil y fotografió una página tras otra.
Más tarde hizo una llamada. Hablaba con entusiasmo, movía la mano con nerviosismo, apuntaba algo en un trozo de papel y, al terminar, se guardaba la nota en el bolsillo.
—Después de ver esto llamé a Rubén Suárez —dijo Jorge—. Al principio intentó negarlo todo, pero acabó soltándolo. Mi madre le había prometido algo así como: “Yo consigo que Jorge se divorcie, hacemos que el piso pase a mi nombre y luego te lo regalo”. Rubén le compró las dos cámaras para eso, para buscar algo con lo que hundirte a ti.
A Natalia se le heló la sangre. Sintió un escalofrío tan intenso que hasta le pareció que el pelo se le erizaba.
—Los documentos ya los había metido en su bolso —continuó Jorge—, pero sin mi firma no puede hacer nada con ellos. No los he tocado. Que siga creyendo que todo va según su plan.
Aquella misma noche, Jorge se sentó frente a su madre y puso las grabaciones desde la primera hasta la última. Pilar Méndez permaneció inmóvil, mirando la pantalla en silencio.
—El plan no estaba mal —dijo él con una sonrisa amarga—. Si hubieras sabido manejar la tecnología, incluso habría sido brillante. Pero no conseguiste apagar las cámaras, y ellas lo registraron todo.
Pilar alzó los ojos hacia su hijo, aunque enseguida volvió a bajarlos.
—Vete a casa de Rubén —ordenó Jorge con sequedad—. Pero antes devuélveme los papeles del piso.
Sin pronunciar una palabra, Pilar se levantó y trajo la carpeta robada.
—Y una cosa más —añadió él—. Pídele perdón a Natalia.
—¡Ja! Eso sí que no —resopló ella con desprecio.
A la mañana siguiente se marchó a vivir con Rubén. La carpeta volvió a su sitio, dentro del armario.
Natalia desmontó las dos cámaras y las tiró a la basura. Jorge no dijo nada para impedirlo. Desde entonces, lleva varios meses sin hablar ni con su madre ni con su hermano.
